Opinión

Gnosticismo y política

Tener expectativas desproporcionadas a los medios gubernamentales corre el riesgo de introducir narrativas gnósticas. | Francisco Porras

  • 30/12/2018
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En las últimas semanas me he convencido que es necesario desempolvar las obras de Eric Voegelin y volverles a dar una buena leída.

Cuando estudié por primera vez La Nueva Ciencia de la Política, me impresionó la claridad de este filósofo que argumentaba que el problema político central de algunas formas de modernidad no era necesariamente el poder, sino los presupuestos teológicos de éste. Al proponer una visión de la sociedad y del gobierno en la que lo que tradicionalmente había sido considerado escatológico, externo a la historia, se incorporaba a los objetivos a alcanzar por los Estados, algunos proyectos políticos degeneraron en verdaderas religiones políticas.

Los casos más extremos, el Estado soviético y el sistema totalitario nazi, ofrecían a los ciudadanos visiones del mundo completamente esféricas, sin fisuras, en las que todo tenía un lugar asignado. Todo era explicado desde visiones cerradas, coherentes y consistentes, en las que amigos y enemigos, historia, identidad y acción futura, eran presentados por los líderes como garante del cumplimiento de la misión del pueblo y / o del Estado-Nación. Las religiones políticas ofrecían una narrativa del pasado que justificaba las decisiones presentes, anunciando un futuro en el que se cumplirían las expectativas de calidad de vida, felicidad personal y armonía social fruto del esfuerzo del pueblo y sus líderes. Estos proyectos políticos eran verdaderas filosofías de la historia que justificaban programas de cambio social implementados con los instrumentos al alcance del Estado. Muy naturalmente, éstos se convirtieron en Estados totalitarios.

Gnosticismo

Un problema central de soviéticos y nazis era el presuponer que la salvación, personal y social, estaba al alcance de los sistemas políticos. Una vez que se implementara todo el programa contemplado se suponía que llegaría la solución de problemas tales como el desempleo, la pobreza y la criminalidad, y se aseguraría un lugar preeminente entre las demás naciones. Los esfuerzos para alcanzar tales fines adquirían, entonces, un carácter gnóstico: la salvación llegaba a través del conocimiento de la ideología y del partido. La salvación también requería la fuerza de voluntad, dispuesta al sacrificio personal y de los propios hijos, en pos del mundo futuro, en el cual se debía creer firmemente. Cualquier duda sobre éste implicaba dudas sobre los líderes presentes. El Estado y sus instrumentos adquirían un cierto carácter divino, con dioses mortales que, sin embargo, requerían culto.

Afortunadamente no estamos en tiempos de la segunda guerra mundial, ni de los nacionalismos rampantes de la primera mitad del siglo XX, pero lo cierto es que estamos presenciando -y muchas veces participando activamente- en el surgimiento de neo-nacionalismos y neo-populismos con narrativas que a veces nos recuerdan a las religiones políticas analizadas por Voegelin. También es cierto que, en general, parece que no hemos olvidado la enorme cantidad de recursos de todo tipo, dinero, expertise y tiempo, pero también de vidas humanas, que costó el establecimiento y desarrollo de nuestras instituciones democráticas. Éstas nunca fueron ni serán perfectas, pero su mejora no implica su destrucción para la creación -desde la nada- de nuevas instituciones. La respuesta fácil es excluir al diferente en lugar de tratar de encontrar caminos conjuntos de reforma, y esto lo sabemos muchos. Nuestro contexto, uno esperaría, no está particularmente cercano a las religiones políticas.

Política

Sin embargo, es particularmente inquietante que han aparecido narrativas que, cargadas de expectativas descomunales, ofrecen la solución de problemas complejos con medidas simples, casi simplistas. La inquietud se vuelve alarma cuando los referentes de la acción gubernamental usan categorías que no pertenecen al ámbito estatal sino a la sociedad civil o al fuero interno. El Estado no está aquí para resolver todos nuestros problemas, ni para hacernos felices. Está para mantener condiciones de bien común que permitan que los bienes privados y públicos se generen, se consoliden y crezcan. Tener expectativas desproporcionadas a los medios gubernamentales corre el riesgo de introducir narrativas gnósticas, que lo único que harán será dividirnos aún más.

La solución de siempre para lidiar con estos extremismos es pedir que la realidad sea la que arbitre. Y esto implica no pedirle peras al olmo; es decir, se requiere una aproximación diferenciada que sea capaz de identificar mejoras marginales. Éstas, aunque pequeñas, pueden hacer una gran diferencia en términos de calidad de vida. Reconocer esto permite ver las mejoras objetivas que se han alcanzado y, sin desanimarse, aceptar que siempre hay cosas que arreglar y mejorar. La realidad en el mundo de la política siempre es un semáforo con cosas en verde, amarillo y rojo. Los semáforos solo en verde son imposibles en este mundo. Por lo mismo, “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” es un principio que no solo se aplica a las relaciones Iglesias-Estado, sino también a la correcta ponderación de lo que puede hacer un gobierno.

Francisco Porras es Doctor en Política y Estudios Internacionales por la Universidad de Warwick (Reino Unido). Profesor-investigador del Instituto Mora. Sus publicaciones versan sobre cuestiones de la gobernanza contemporánea.

La necesidad de cooperar

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