Opinión

¿Gente común?

El buen líder es un personaje con gran poder, por eso debe mostrarse como una persona especial, diferente a las demás. | José Antonio Sosa Plata

  • 17/11/2021
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El liderazgo político tiene una misión suprema: influir poderosamente sobre los demás, para conducir a sus seguidores hacia el logro de objetivos bien definidos, aunque no necesariamente cumpla con sus expectativas o les reditúe los beneficios que esperan. Por eso, el buen líder tiene que inspirar, motivar, persuadir y convencer a partir del cambio de opiniones, actitudes y comportamientos de quienes confían en él.

A los grandes líderes y lideresas los seguimos por su capacidad, conocimiento, inteligencia y, sobre todo, por la imagen de poder que emanan. Son seres excepcionales. Son personas que proyectan un ideal. A la gente común le gustaría tener sus cualidades, aunque sepa que eso no es sencillo o se trate de algo francamente imposible. Sin embargo, algunas veces —pero solo en ciertas ocasiones— nos gusta verlos cercanos, como si se tratara de uno más de nosotros.

Para construir la percepción de cercanía, las y los consultores políticos convencen a los personajes públicos a realizar ciertas actividades que haría casi cualquier persona común en su vida cotidiana: comer en lugares populares, como un mercado, comprar un refresco en una pequeña tienda, subirse a un transporte público o comerse "cualquier domingo" unos tacos de canasta con un trabajador ambulante.

Lee más: Sheinbaum camina en calles del primer cuadro: come tacos y participa en consulta. Expansión Política, 14 Noviembre 2021.

Cuando el buen líder lleva a cabo actividades triviales puede provocar empatía o simpatía. Primero, porque muestra un rostro sencillo, cercano y agradable. Segundo, porque es capaz de despertar empatía con sus seguidores, más aún cuando hay coincidencias en el origen socioeconómico (la cultura del esfuerzo). Y tercero, porque si actúa de tal o cual manera, puede comprender las necesidades de quienes representa.

Las acciones que se construyen desde esta perspectiva tienen el potencial de convertirse en símbolo o imagen aspiracional. Por eso pueden llegar a ser profundas y trascendentes. Sin embargo, se requiere un trabajo profesional, cuidadoso y detallado para que resulten creíbles. Si las representaciones son percibidas falsas, absurdas o improvisadas, serán contraproducentes. O peor aún, pueden terminar afectando seriamente su reputación.

Consulta: Vicente Ordóñez Roig. El ridículo como instrumento político. España: Universidad Complutense, 2015.

Los líderes populistas son propensos, por naturaleza, a crear un mayor número de actividades y entornos de sinergia emocional. Buscan establecer más relaciones directas y afectivas con personas significativas de la sociedad, ya sea por su condición de vulnerabilidad o desventaja, o porque estén relacionadas con el cumplimiento de algún objetivo político, aunque solo sean una representación ficticia.

Lo importante es que dichas representaciones sean vistas por millones de personas. En todos los casos, la expresión manifiesta de los "sentimientos" es más notoria y tratan de que las imágenes, el discurso y las narrativas estén compuestos por un lenguaje sencillo y comprensible para la mayoría. Además, siempre debe quedar claro que hay adversarios o enemigos y que el pasado ha sido, es y será el causante de todos los males del presente.

Te recomendamos: María Esperanza Casullo. "Líder, héroe y villano: los protagonistas del mito populista". Nueva Sociedad, 282, Julio-Agosto 2019.

En la teoría política, el liderazgo populista se analiza con mayor frecuencia y profundidad. Las características que tienen los líderes populistas se han potenciado en el nuevo ecosistema de comunicación, ya que éste facilita su expansión e influencia, al tiempo que incrementa los niveles de confianza y credibilidad que en ellos tienen sus representantes. Estamos, sin duda, frente a una fórmula de ganar-ganar.

Los líderes populistas dejaron de ser "redentores", "tlatoanis" y "seres iluminados" para convertirse, entre otras cosas, en influencers, sin que sean relevantes ya sus antecedentes personales o políticos, el partido que los postuló o su ideología. En el actual escenario, no es exagerado afirmar que el líder populista más efectivo es el que no lo parece. El protagonista principal de su historia no es el personaje, sino el pueblo que lo eligió. Y, por lo tanto, la comunicación entre uno y otro es más efectiva.

También puedes leer: Pelayo de las Heras. ¿Podría haber triunfado el populismo sin las redes sociales?, Ethic, Diciembre 2020.

La tendencia político-comunicacional es clara. Se trata de crear otro tipo de personajes, en los que el carisma y la cercanía con la gente sean dos de sus principales atributos. A los políticos tradicionales no se les cree desde hace muchos años. Para revertir la crisis de liderazgos, se tienen que rediseñar y ajustar las características de los nuevos personajes políticos. En México y el resto de los países democráticos es incesante la búsqueda de los perfiles de imagen que se adapten de mejor manera a sociedades mejor informadas, más críticas y escépticas. 

En las actuales circunstancias, muy pocos personajes han logrado posicionarse como los grandes personajes de la historia moderna. La popularidad de muchos de ellos está siendo efímera o severamente cuestionada. El caso del expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dejado varias interrogantes sobre los alcances que tiene este nuevo estilo de gobernar. Sin embargo, los sucesores tampoco están rindiendo las mejores cuentas y eso acentúa la dosis de incertidumbre que experimenta el mundo.

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Los líderes pretenden hoy parecerse un poco más a la gente común: en su forma de hablar, de comportarse y de interactuar con los demás. Sin embargo, este hecho se contrapone, en cierta medida, con la imagen aspiracional que deben representar frente a sociedades complejas que viven en situación de riesgo constante o de crisis. 

El buen líder debe ser congruente, cumplir con sus compromisos y dar los mejores resultados. Pero sobre todo y por encima de todo debe ser un personaje que proyecta un gran poder. Cierto es que a la gente común no se le atribuyen características de liderazgo, aunque hay infinidad de casos que demuestran lo contrario. Pero también lo es que el personaje de poder no puede ser considerado una persona común, aunque a veces y de manera excepcional tenga que mostrarse como tal.

Recomendación editorial: María Esperanza Casullo. ¿Por qué funciona el populismo? El discurso que sabe construir explicaciones convincentes de un mundo en crisis. Argentina: Siglo XXI Editores, 2019.

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