Gana Hillary: cómo el Partido Demócrata construyó su mayoría

En noviembre de 2004, Bush Jr consiguió la reelección como presidente de los Estados Unidos al superar al candidato demócrata, John Kerry, por tres millones de papeletas (alrededor de 2.5 puntos porcentuales). Además, los republicanos incrementaron sus mayorías en ambas cámaras del Congreso, e infligieron derrotas dolorosas a los demócratas, como por ejemplo la sufrida por el hasta entonces líder de su bancada en el Senado, Tom Daschle, algo que no había ocurrido desde 1952. A pesar de las aventuras militares de Bush, la economía crecía a buen ritmo y las tasas de inflación y desempleo permanecían en cifras bajas, tras la mini recesión provocada al inicio de su mandato por el pinchazo de la burbuja digital.

 

Tras la derrota, los demócratas dedicaron los siguientes meses a pensar cómo recuperar la confianza de los votantes. La interpretación dominante era que Bush había conseguido crear una coalición imbatible de votantes ricos y de clase media (atraídos por los bajos impuestos y las inmensas oportunidades de enriquecimiento generadas por la burbuja financiera) y votantes pobres –atraídos estos últimos por el militarismo republicano, el acceso a créditos baratos y su rechazo a las políticas liberales a favor del aborto y el matrimonio entre homosexuales. Los demócratas estaban perdiendo a su base de trabajadores blancos sin estudios universitarios, para los que los aspectos “culturales” de repente tenían prioridad frente a las tradicionales divisiones sociales de clase. El sector centrista del partido recomendaba abandonar los temas culturales que alienaban a su base, mientras que el sector más izquierdista proponía distanciarse de las políticas de Bush (con respecto a Iraq o los recortes de impuestos) y ofrecer una agenda económica más orientada a los grupos desfavorecidos por el crecimiento.

 

Por suerte para los demócratas, este proceso de autocrítica no duró mucho: en la elección intermedia de 2006, el Partido Demócrata capturó la cámara de representantes por primera vez desde 1994 y equilibró el Senado. Más allá del habitual traspié de los presidentes en elecciones intermedias, el mal resultado republicano se vio reforzado por el desastre militar en Iraq y el amplio rechazo a la agenda oculta de Bush para privatizar la seguridad social. En las elecciones presidenciales de dos años después, el colapso republicado fue total, sin duda alentado por la crisis económica más pronunciada desde la crisis de 1929. Ni siquiera la nominación de un republicano atípico como John McCain pudo impedir que los demócratas ganaran tanto la presidencia como ambas cámaras del Congreso.

 

Un papel destacado en esta victoria tuvo, sin duda, la nominación del joven senador por Illinois, Barak Obama. Su mediática a la vez que emocionante campaña atrajo ciudadanos tanto desencantados con el sistema como golpeados por la crisis económica. Obama aprovechó su supermayoría para aprobar sus quizás dos principales contribuciones presidenciales: la salida de las tropas de Iraq y Obamacare. Pero en 2010 sufrió la derrota más abultada en elecciones intermedias desde 1938. Los republicanos retomaron la cámara de representantes e igualaron en el Senado. Muchos analistas predijeron que Obama perdería la reelección contra Romney, dada su caída en las tasas de aprobación presidencial y las malas señales económicas. Pero precisamente en la elección de presidencial de 2012 es donde se vislumbró la nueva coalición ganadora demócrata que permitió la fácil reelección de Obama, retomar el control del Senado y reducir la desventaja en la cámara.

 

¿En qué consistía esa nueva mayoría? En primer lugar, en la desactivación de los conflictos culturales, al asumir la mayor parte de la ciudadanía los argumentos liberales con respecto al aborto o los matrimonios entre personas del mismo sexo. En segundo lugar, en la activación de amplios grupos minoritarios como los latinos o los afroamericanos que en gran número habían permanecido al margen del juego electoral, y que se sintieron representados con la candidatura de Obama. Y finalmente, la creciente atracción del discurso redistributivo demócrata sobre las capas más educadas de la ciudadanía, dispuestas a pagar más impuestos para reducir la creciente desigualdad provocada por la burbuja financiera y su explosión.

 

La nueva mayoría demócrata articulada por Obama y que aupará a Hillary Clinton a la Presidencia, tiene una ventaja extraordinaria, pero a la vez también un riesgo. La ventaja es la demografía: el porcentaje de población no blanca con derecho a voto es cada vez mayor; además, la luna de miel entre los sectores más educados y los demócratas no parece que vaya a acabar pronto. Pero el riesgo es que la dependencia demócrata de votantes con bajos recursos a los que cuesta mucho movilizar para que vayan a votar anticipa derrotas dolorosas para los demócratas en elecciones donde el trofeo es menor, como las intermedias. Por ejemplo, a pesar de ser reelegido por cuatro puntos de ventaja en 2012, Obama perdió las intermedias de 2014 por seis puntos en una elección en la que votaron casi un 20 por ciento menos de ciudadanos.

 

El pronóstico, en resumen, es claro: tras décadas añorando el exitoso período de Roosevelt, el Partido Demócrata tiene la posibilidad de controlar la Presidencia durante tres períodos consecutivos. La victoria de Hillary Clinton parece fácil y también es posible que los demócratas controlen el Senado. Sin embargo, su ventana de oportunidad para aprobar legislación será tan corta como la que disfrutó Obama, si no más: Clinton enfrentará el riesgo de la elección intermedia y también el posible bloqueo de una cámara de representantes previsiblemente controlada por los republicanos. Pero si dejamos a un lado las especulaciones sobre qué tipo de políticas propondrá Hillary Clinton durante su Presidencia, la elección de un miembro de la Corte Suprema de Estados Unidos por un senado con mayoría demócrata supondrá un cambio cataclísmico en las decisiones del tercer poder, al dar la mayoría al sector liberal. Dado el reciente bloqueo entre la presidencia y el Congreso, una Corte liberal podría revocar la influencia de las grandes corporaciones sobre las campañas, lo que contribuiría a consolidar una hegemonía demócrata altamente impensable hace tan sólo una década.

 

@OpinionLSR



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