Opinión

Frankenstein: La desgracia humana

La ciencia pretende desarrollarse y controlarse hasta el punto de ser capaces de detener el curso de la naturaleza hacia la disolución.

  • 12/12/2015
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Cuando recién ingresé a la universidad a estudiar Ciencias de la Comunicación y Periodismo, una de las primeras novelas que debí leer y analizar fue de esas narraciones catalogadas de “terror”: Frankenstein o el moderno Prometeo.

 

Hasta esa fecha, yo como la mayoría de los lectores y no lectores, suponía que en este libro me toparía con uno de los monstruos más crueles y sanguinarios que nos ha dado la literatura… al final del relato me di cuenta que ésta no es una historia de terror.

 

La anécdota, que envuelve a esta excepcional novela, cuenta que un grupo de amigos[1] se encerraron un par de semanas en una villa en Ginebra, Suiza, para comentar crónicas sobre fantasmas junto al lago Leman. Debido al mal tiempo, lord Byron propuso que cada uno de los presentes escribiera un relato fantástico para ser expuesto al juicio de los demás; a Mary Shelley (1797-1851) no se le ocurría ninguna idea, nada que escribir.

 

Fue hasta una noche que recordó las conversaciones de su marido con Byron sobre la cuestión del momento: La naturaleza del principio vital, y la posibilidad de llegar a descubrir dicho principio y conferirlo a la materia inerte. Galvani aseguraba que los músculos de un cuerpo inerte, de un cuerpo sin vida, podían recobrar sus funciones si se les aplicaba descargas eléctricas. Se trataba de la posibilidad de infundir vida a la materia inerte.

 

Mary Shelley, comenzó a trabajar sobre las teorías de los científicos para escribir una obra que más que provocar el miedo en el lector, debía inducirle a la reflexión sobre la eterna pretensión humana a través de sus prácticas científicas de igualarse a Dios, por ejemplo, la de reanimar un cadáver.

 

La novela de Frankenstein (Londres, 1818)fue escrita por su autora en un claro estilo gótico tardío, y es considerada como un temprano ejemplo del género de terror; la distorsión que ha sufrido su personaje dentro de la cultura popular es el resultado de las primeras versiones cinematográficas de los Estudios Universal, sin embargo, la criatura creada por el doctor Víctor Frankenstein sólo esconde bondad e inteligencia.

 

La idea de la que partió Shelley es, la de un hombre que anhela el conocimiento y la sabiduría con la finalidad de “mejorar” la débil e imperfecta naturaleza del ser humano. Ese hombre es el doctor Víctor Frankenstein,[2] quien considera a los hombres como <> y lo único que podría compensar esa carencia es <>. Aquí es donde verdaderamente comienza el horror de la novela, el horror de nuestro mundo.

 

La búsqueda de ese conocimiento y perfección, ha puesto al hombre en una carrera de velocidad máxima y sin freno. La ciencia hoy día, pretende desarrollarse y controlarse hasta el punto de ser capaces de detener el curso de la naturaleza hacia la disolución; en Frankenstein se habla de la posibilidad de alcanzar este deseo, y ello, constituye el centro de su “horror”.

 

Es así como el científico y filósofo suizo, Frankenstein, inspirado en la filosofía ocultista, desea crear una criatura de apariencia humana y darle vida, ¿con qué finalidad?, ninguna otra que la de la vana satisfacción personal, que aun sabiendo que traerá desgracia a un pueblo entero, continúa con el proyecto hasta su término. <<Y, sin embargo, cuando mi obra estaba ya lista, mi sueño perdía todo atractivo y una repulsión invencible se apoderaba de mí>>.

 

Esta idea de la reanimación la encontramos en gran parte del terror moderno, por otra parte, “la tentativa de alterar el orden natural caótico en aras de una certidumbre lineal es algo que la sociedad moderna hace continuamente”; esta idea la mantengo desde esa primera lectura que tuve de Frankenstein en la Facultad. Nosotros, en la actualidad, “estamos decididos a forzar la naturaleza hasta en sus últimos reductos y lo hacemos con un ardor apasionado y una constancia inquebrantable; todo porque nuestros ojos permanecen insensibles a los encantos de ella, la naturaleza”.

 

Metafóricamente, al igual que el doctor Frankenstein, en nuestro diario vivir infundimos vida a objetos inertes a través de electricidad; los medios de comunicación, de transporte y la explotación de los recursos naturales del planeta no serían posibles sin la aplicación de algún tipo de energía, y todo esto tiene a la Tierra al borde de su destrucción.

 

La criatura creada por el doctor Víctor Frankenstein sólo es de apariencia grotesca, sin embargo el verdadero monstruo es su hacedor; los objetos y medios inventados por el hombre no son los que han sumido a nuestro género en una crisis constante, sino el hombre mismo que es el culpable de la desgracia humana.

 

Quizá fuera posible fabricar artificialmente las partes que componen el cuerpo de una criatura humana, ensamblarlas y dotarlas de vida, o mejor aún, a partir de nuestros códigos genéticos “crear” un ser con las características que nosotros deseemos.

 

Deberíamos de tener la capacidad de reconocer nuestras limitantes tal y como lo hizo en su momento Víctor Frankenstein diciendo: <<jamás creí que la amplitud y complejidad de mi proyecto fueran argumentos válidos para probar la imposibilidad de su consecución>>.

 

Al final de todo el discurso Frankenstein revalora sus ideales. <>.

 

Mientras continuemos con la fabricación de entornos antinaturales pasando por los intentos de retrasar la muerte, el envejecimiento o de elevarnos a niveles que no nos pertenecen, nuestra sociedad seguirá sumida en el “horror” que plantea Frankenstein.

 

Y ahora sí concluimos que esta novela no es de terror, mas bien es un estudio que <>.

 

 

[1] Los amigos allí reunidos eran lord Byron, El médico italiano Polidori, el poeta Percy Bysshe Shelley y Mary Shelley, su compañera.

[2] De él toma su título la novela. En realidad, la criatura creada por el doctor no se le asigna ningún tipo de nombre, mas que el de “monstruo”.