Opinión

Fotografía y memoria

El grito de independencia: una disputa política por los símbolos. | Alberto Del Castillo Troncoso

  • 06/10/2019
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La ceremonia del grito de independencia ocupa un lugar central en el espacio público, y su lectura y apropiación simbólica por los distintos sectores forma parte de los diversos proyectos de memoria que se disputan de manera permanente la historia del país.

El primer año de Andrés Manuel López Obrador y su anunciada “cuarta transformación” presentó algunos cambios y ajustes importantes en el ritual tradicional del grito, que lo reposicionaron y lo relanzaron en términos mediáticos, más que ningún otro acontecimiento anterior, incluido su primer informe de gobierno.

El mensaje central se construyó de manera clara y contundente en torno al concepto de austeridad republicana como la manera más sencilla y efectiva de distinguir al régimen actual de los gobiernos anteriores.

La plaza se llenó con cerca de 130 mil personas, que en esta ocasión no tuvieron que pasar por revisiones policíacas ni arcos de seguridad. La mayoría estaba compuesta por seguidores y simpatizantes del “Peje”, que tuvieron un papel más protagónico, lanzando una serie de gritos y consignas callejeras y hasta futboleras, como aquella de “Sí se pudo”, o la de “No están solos” y la de “Pre-si-den-te”, que en esta ocasión sí se pudieron escuchar nítidamente en el audio de la transmisión.

Con ello la multitud anónima pasó de tener una presencia escenográfica meramente decorativa a ocupar un papel protagónico que no había tenido desde hace mucho tiempo. Por un par de horas la plaza pública más importante del país se convirtió en un gigantesco mitin de apoyo a la figura misma del personaje y su liderazgo.

En el balcón principal quedó sólo la presencia del presidente portando en el pecho la banda de su investidura, y a un lado, sin hacer el menor contacto físico ni visual, ni siquiera en el momento de admirar juntos el espectáculo de los cohetes, -los dos a cuadro-, su esposa, Beatriz Gutiérrez Müller, como dos entes separados. Algún destacado analista político se refirió a este hecho como “la exaltación de una individualidad apenas conyugalmente acompañada”, una expresión que pretendió describir la solemnidad proyectada por el primer mandatario y su voluntad de representar de la manera más digna posible a la nación.

Quizá el contraste más notorio con esta voluntad escénica pueda referirse a aquella chusca ocasión a mediados de los noventa del siglo pasado, en la que Nilda Patricia Velasco, la esposa del Presidente Ernesto Zedillo, intentaba desesperada deshacer los pliegues de la bandera y quitarle las arrugas momentos antes del grito, ante a la mirada horrorizada de millones de espectadores.

Esta disposición de la pareja presidencial en el balcón principal, y en los otros dos la presencia de los secretarios de Defensa y la Marina y de Seguridad y los representantes de los poderes legislativo y judicial nos hablan de una muy cuidada atención y planeación en torno a la representación de la división de poderes que conforman la democracia.

Los invitados, una lista muy restringida de personas, que incluyó a los miembros del gabinete directo y ampliado y a los embajadores,  permaneció en el patio, donde se realizó un modesto ágape con antojitos mexicanos y aguas de horchata y de jamaica. Todo esto eliminó de manera simbólica la tradicional y odiosa división de los ricos “estirados” de arriba y el pueblo llano abajo, como quedó inmortalizado en la famosa fotografía de Héctor García titulada “Los dos gritos” realizada durante el sexenio alemanista, la cual representa de manera certera la época de oro del autoritarismo priísta.

Este grito incluyó 20 “vivas”, los cuales re-definieron los intereses del gobierno, y le permitieron subrayar lo que considera sus diferencias con respecto del viejo régimen, imprimiéndole un sello propio que incluyó de manera destacada a los “héroes anónimos” y a las comunidades indígenas.

La televisión pública presentó por primera vez un proyecto que incluyó la audiencia de unos 4 millones de personas, el cual omitió la frivolidad característica de años anteriores y dio prioridad al ejercicio reflexivo de la historia y los historiadores, entre los que se contó a los investigadores Lorenzo Meyer, Luis Fernando Granados, Martha Terán, Pedro Salmerón y Paco Ignacio Taibo II, los cuales aportaron una serie de trazos para la lectura del proceso de independencia como una gesta colectiva y una épica popular. Todos ellos se dieron vuelo dando una clase magistral a sus múltiples espectadores, explicando a detalle el proceso de la independencia, las trayectorias de los líderes y los contextos políticos, económicos y sociales de los acontecimientos, así como la participación de las comunidades indígenas y otros sectores sociales. Nunca una cátedra de académicos tuvo tanto éxito y tan enorme impacto y repercusión.

En este contexto, un par de fotografías circularon profusamente por las redes a manera de meme, y vale la pena detenerse en ellas, porque condensan de manera simbólica una parte importante de la batalla pública en torno a la memoria que se disputan los distintos sectores y que formará una pieza importante de sus respectivos imaginarios. En ella puede verse el enorme contraste de Andrés Manuel López Obrador y Beatriz Gutiérrez Müller  con el caso de Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera, mejor conocida por el público como “La gaviota” por su actuación en la famosa telenovela del 2007 titulada “Destilando amor”.

La comparación es una editorial en sí misma.

En la primera escena puede verse en un plano general que los hace aparecer un poco distantes al presidente López Obrador y su esposa caminando en solitario, -él con gesto adusto y muy serio- por un largo pasillo, dirigiéndose al balcón de palacio donde tendrá lugar la ceremonia. El fotógrafo se sitúa a la derecha y coloca a los dos personajes en un tercio de la imagen, con su punto de fuga a la derecha, en  zona áurea y con una aceptable profundidad de campo. Ningún objeto distrae la atención en torno al ejecutivo, que marcha de manera solemne hacia el encuentro con su pueblo portando orgulloso la banda presidencial. Su esposa camina ligeramente atrás, con un discreto vestido del diseñador mexicano Mussi color esmeralda con encaje color negro y sin mangas, lo que contribuye a centrar toda la atención en la figura de Andrés Manuel, que representa de manera solemne, como en ningún otro momento, a la patria misma. Se trata de una fotografía oficial, pensada desde el proyecto mismo del gobierno.

La austera imagen en cuestión se coteja con la frivolidad y parafernalia de años anteriores, presente en la otra fotografía, en la que puede observarse en un encuadre frontal una larga valla de invitados que aplauden entre los bastones dorados enlazados por los cordones rojos de terciopelo y vitorean el paso de Peña Nieto, que ofrece caballerosamente el brazo izquierdo a su esposa. Ella luce un elegante vestido de diseño del dominicano Oscar de la Renta, de talle drapeado en dos colores confeccionado en raso de seda y una falda recta terminada en godets, que brinda movimiento a la silueta, con un talle que presenta un escote profundo en V  y manga corta, que se complementa con una costosa gargantilla de joyería fina adornando su cuello.

La sonriente pareja camina gozosa por uno de los pasillos de palacio, mientras que los invitados lucen sus mejores prendas y registran el histórico episodio convertido en espectáculo con sus imprescindibles iphones, ante la mirada un poco más seria del Jefe del estado Mayor Presidencial, que rompe un poco con la atmósfera festiva de la escena y custodia discretamente la seguridad del mandatario. La foto fue tomada del Facebook de la Presidencia de la República, lo que subraya su valor oficial.

Fotografías de los presidentes Andrés Manuel López Obrador y Enrique Peña Nieto con sus esposas en las ceremonias del grito de la independencia correspondientes a los años 2019 y 2014. Consultada en redes sociales el 16 de septiembre del 2019.

Como parte de esta batalla pública, un sector de la oposición dio una interpretación distinta a las mismas imágenes, la cual circuló ampliamente en las redes sociales. En general, a la lectura de austeridad de la primera fotografía opuso el concepto de megalomanía y de centralización del poder: el hecho de que el presidente apareciera solo con su esposa fue interpretado como la pretensión de borrar a los demás actores y centrar la atención en sí mismo, para reafirmar su liderazgo y su comunión directa con el pueblo, prescindiendo de cualquier intermediario.

Al mismo tiempo, de acuerdo a esta visión, esta operación habría de resaltar también la enorme soledad del mandatario frente al pueblo. Uno de los personajes públicos que recogió esta versión y le dio una publicidad más amplia en distintos espacios fue el expresidente Vicente Fox, convertido por voluntad propia en el francotirador más visible de la Presidencia de AMLO.

No obstante lo anterior, otros sectores que se han opuesto de distintas maneras al presidente y han puesto su distancia frente a la 4T tuvieron en esta ocasión un inédito acercamiento con la estrategia presidencial, generando la idea de un consenso positivo en torno a la disposición ritual y mediática de esta ceremonia. En este ámbito vale la pena destacar el caso de algunos intelectuales y líderes de opinión, tradicionalmente críticos de López Obrador en la esfera pública, como Enrique Krauze y Denisse Dresser, e incluso opositores frontales como Diego Fernández de Ceballos. Todos ellos y muchos más valoraron la apuesta mediática del gobierno en este episodio como un acto “magistral”, con un horizonte de esperanza e incluso de reconciliación, generando una atmósfera de tregua en la creciente polarización de los últimos meses.

Por todo lo anterior podemos señalar que la ceremonia del grito le permitió al Presidente López Obrador re-colocar en el centro de la atención su concepto de gobierno de manera muy convincente y de vincular este tipo de ideas con un estilo personal de gobernar muy concreto. Así, el rito representó la didáctica puesta en escena de una pedagogía de la austeridad,  transmitida en cadena nacional a millones de espectadores.

En política la forma es fondo, decía don Jesús Reyes Heroles, que algo sabía sobre estos temas. El equipo de Andrés Manuel parece haber tomado nota puntualmente de los importantes ajustes que podía poner en escena en este teatro político de la historia, escenificado la noche del grito de la independencia, el episodio más importante y representativo para los mexicanos, muy por encima de otras fechas históricas como el 5 de mayo o el 20 de noviembre, un espacio de una gran densidad, en el que se diluye y se incrementa la porosidad de las fronteras entre lo sagrado y lo profano.

En un primer saldo de este episodio, este grito fue una victoria para López Obrador y la consolidación y el reposicionamiento de su proyecto a casi un año de su toma del poder. Las críticas erráticas de los expresidentes Calderón y Fox han sido fácilmente ridiculizadas y carecen hasta el momento de un mínimo consenso entre amplios sectores de la población. Peña Nieto por su parte, ha optado por un significativo silencio. Si estuvo bailando en otra fiesta, en esta ocasión ni nos enteramos.

Pese a todo, la polémica y el debate continuarán, la terca realidad seguirá mostrando cotidianamente nuestras enormes inequidades y desequilibrios, el desgaste del poder realizará su inevitable labor corrosiva y quizá la relación de fuerzas ya no resulte tan favorable para el presidente y su evidente popularidad actual en las próximas ceremonias patrias.

El deseo de muchos mexicanos es que la inteligencia visible en la cuidada puesta en escena de este primer grito de independencia continúe dando frutos, permita posibles y necesarios ajustes y rectificaciones y se aplique a otras esferas de la política, la economía y la cultura.

Pero, sobre todas las cosas, que esta voluntad explícita de planeación, que no ha dejado un ápice de espacio a la improvisación tenga una influencia más relevante en la reflexión sobre las políticas públicas de la cuarta transformación en los siguientes y definitivos cinco años y se convierta en uno de los sellos característicos del nuevo régimen.[1]

Alberto Del Castillo Troncoso

Investigador del Instituto de Investigaciones “Dr. José Ma. Luis Mora” de CONACYT y coordinador, junto con Rebeca Monroy, del seminario: “La mirada documental”, un espacio de convergencia de estudiantes, académicos y creadores en torno a la historia de la fotografía en América Latina.

Doctor en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y Doctor en Historia de México por El Colegio de México.

Pertenece al SNI y a la Academia Mexicana de las Ciencias.


[1] Agradezco los comentarios de Doña Lupita, una gran experta en temas de moda, quien me compartió su mirada sobre estos temas, lo mismo que a mis colegas Pedro Pablo Martínez, Rebeca Monroy y Ariel Arnal, certeros compañeros de ruta en estos terrenos pantanosos de lectura de las imágenes.

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