Opinión

Feminicidio y orden social; el diagnóstico de AMLO

El diagnóstico del presidente de la república sobre la violencia feminicida es parcialmente cierto y parcialmente sesgado. | Teresa Incháustegui

  • 08/02/2019
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Hace unos días y raíz de la persistente violencia feminicida contra las mujeres y niñas en diversas entidades del país, el presidente de la república fue cuestionado en una de sus conferencias mañaneras acerca de estos acontecimientos, su diagnóstico fue que estos hechos lamentables y tristes dijo, son producto de “la desintegración familiar, el elevadísimo (sic) crecimiento del divorcio, la pérdida de valores, como saldos del neoliberalismo que han producido el feminicidio y los homicidios en general”. Este diagnóstico, sin dejar de transmitir una idea conservadora que mira al pasado como un tiempo en que estos hechos no sucedían, es parcialmente cierto y parcialmente sesgado.

El sesgo conservador viene de la idea de que en el pasado, la integración o solidez de la familia y los valores humanitarios, morales o religiosos imperantes, hacían inexistente este fenómeno. Lo cual no es así. No hay registro disponible de violencia feminicida en los anales de la estadística criminal o de la estadística de muertes en México antes de 1975, pero los datos que se pueden rescatar de “presuntos homicidios” como causa de muerte de mujeres en esos años, ubica la presencia de estos crímenes en tasas más o menos equivalentes a las actuales: entre 10 y 12% de todas las muertes violentas por presunto homicidio. Las figuras judiciales que cubrían (y en algunos estados del país todavía hoy día cubren) estos hechos que en su mayoría no implicaban penas corporales efectivas más allá de un año o dos, eran calificados como homicidios por emoción violenta, arrebato, obcecación u otro estado pasional, bajo el manto de la defensa del honor de la parte activa. Se invisibilizó por tanto el carácter discriminatorio y de género de estos delitos, destinados a castigar a las mujeres rebeldes, atrevidas, réprobas o liberales.

Ciertamente la doble moral con su punitividad penal y represión social y moral hacia las mujeres, mientras los hombres podían disfrutar liberalmente de sus exclusivas prerrogativas para el adulterio, el secuestro de mujeres (llamado estupro), el abandono familiar, el incesto y la violación, fue un muro de contención a las libertades y derechos que por décadas sujetó a las mujeres a ciertos lugares y prácticas sociales. Cierto también que las décadas de liberalismo en la sexualidad y de los movimientos de liberación femenina de la Segunda Ola (50-80) transformaron las bases culturales de las relaciones entre mujeres y hombres. Mientras que el neoliberalismo con su doctrina de liquidación del estado de bienestar (welfare state), obligó a que en las familias las mujeres tuvieran que salir masivamente a ganarse el pan para contribuir a la satisfacción de necesidades de salud, educación, vivienda, etc., mientras el estado privatizaba estos servicios dejándolos al arbitrio del mercado.

La moral del mercado antepuso el “hombre económico” individualista y calculador a los valores humanistas y solidarios del welferismo, dejando a viejos, jóvenes y niños no integrados a los circuitos del mercado en el desamparo más crudo. Desde esta perspectiva, el neoliberalismo rasgó el manto de protección a las familias y las orilló a que resolvieran solas sus carencias, el cuidado de sus miembros, sus costos de sobrevivencia, interiorizando los conflictos distributivos que el estado había asumido parcialmente durante el welferismo. Por eso hoy es cierto que en seno en las familias han explotado el conflicto y las violencias hacia los miembros más débiles. Si vemos desde esta luz los datos de muertes violentas de mujeres y violencia familiar y de pareja, encontramos que cada día hay más mujeres adultas mayores presuntamente asesinadas por sus familiares más cercanos para despojarlas de sus bienes o vivienda. Igualmente advertimos que en la necesidad de hacer ahorros para la sobrevivencia, varias familias emparentadas por vía consanguínea o civil, comparten vivienda dando lugar a conflictos violentos y lesiones entre ellos, sin descontar los homicidios y violaciones.

Además ha crecido la población femenina que busca y consigue autonomía económica y que orienta sus expectativas de vida y el goce de sus libertades, en la idea de auto gobierno de su deseo y de sus cuerpos, replanteando el tipo de relaciones de pareja o noviazgo y colocando a la parte masculina de la ecuación, ante un nuevo reto: vivir y construir sus relaciones con las mujeres en un marco de respeto, libertad y tareas compartidas.

Ese nuevo conflicto social incluyendo la crisis de cuidado son hoy sin duda un saldo social que debe ser abordado por el estado para resolver la crisis de valores y superar las violencias.

De silbatos, misoginia y acoso sexual

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