Opinión

¿Fatigados por la pandemia?

En los próximos meses sumaremos la fatiga política a la fatiga pandémica. ¿Qué resultará de esta inédita combinación?. | José Antonio Sosa Plata

  • 25/02/2021
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A un año de que se detectó el primer caso de covid-19 en nuestro país, está claro que la mayoría tenemos o hemos tenido algunos síntomas de fatiga pandémica. El término fue acuñado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero la enfermedad no se está atendiendo con eficacia debido a que la mayor prioridad en estos momentos es la vacunación masiva.

La fatiga pandémica es un trastorno provocado por el miedo a la enfermedad, que se traduce en un estado psicológico de desmotivación, ansiedad, tristeza, cansancio, desánimo, hartazgo, apatía, inseguridad, enojo, violencia o desesperanza provocado por el nuevo contexto que ha provocado el virus. Las y los especialistas lo atribuyen a los efectos que producen meses de incertidumbre y la modificación de los hábitos principales de nuestra vida cotidiana. 

La fatiga pandémica es, por lo tanto, un problema de salud mental de difícil solución para los gobiernos. Los costos y la logística que implica atender a millones de personas la convierten prácticamente en una misión imposible. Aunque muchos de los síntomas que padece la población se superarán con el tiempo y terapias relativamente sencillas, un número importante de casos requerirán atención personal especializada

Entérate: ¿Cansado del coronavirus? Así es la fatiga pandémica. Ciencia UNAM, 22 Enero 2021.

Vivir sin salud, sin dinero o con la pena de haber perdido a uno o más de los seres queridos es una carga emocional que no se puede llevar con la misma estabilidad, optimismo y esperanza que se tenía cuando la situación personal o familiar estaba bajo control. Obvio. Pero el esfuerzo de sobrevivencia requiere lidiar con mayor eficacia contra el estrés y poner en práctica la resiliencia, esto es, nuestra capacidad de anteponernos y superar las adversidades o perturbaciones que se presentan en nuestra vida cotidiana.

Quienes padecen de fatiga pandémica son más vulnerables al contagio, no solo del coronavirus sino de muchas enfermedades. De la misma manera, está demostrado también que la fatiga afecta las relaciones interpersonales y las actividades productivas de quienes tienen un trabajo que realizar. En Europa, se estima que ha afectado ya a 60% de la población. En Estados Unidos, a casi 70%. Los datos de nuestro país no se conocen con exactitud.

También puedes ver: ¿Cómo combatir la fatiga pandémica? RTVE, 16 febrero 2021.

La Secretaría de Salud no ha desatendido el problema. Todo lo contrario. Pero es evidente que está rebasada. Y que existen otras prioridades. Los ejemplos sobran. Si bien los lineamientos de respuesta y las acciones están bien claros para hacer frente a eventos críticos de cualquier orden, como los desastres y emergencias humanitarias, la pandemia del coronavirus ha requerido de planteamientos y propuestas específicas por la magnitud y persistencia de los daños que está provocando. 

Por fortuna, la vacunación ha comenzado. Esto le quitará presión a nuestras autoridades y reducirá el impacto de los problemas de salud mental en la población. Sin embargo, la sobrecarga informativa se mantiene como un arma de dos filos. Por un lado, porque es demasiada la información y el número de normas que debemos cumplir para no bajar la guardia en las medidas de prevención y llevar un orden en el proceso de vacunación. Por el otro, porque se ha demostrado que el exceso al que hemos llegado hace más grande —de manera multifactorial— la fatiga pandémica.

Consulta: Lineamientos de respuesta y de acción en salud mental y adicciones para el apoyo psicosocial durante la pandemia por COVID-19 en México. Gobierno de México, Secretaría de Salud, Mayo de 2020.

Pero eso no es todo. Desde diciembre pasado se ha sumado la sobrecarga informativa de tipo político que acompaña a las elecciones más grandes de nuestra historia. El número de spots que se difundirán es impactante. Se estima que serán más de 53 millones de promocionales para partidos, candidaturas independientes y las distintas autoridades electorales. Si a esta cifra le sumamos los miles de horas de información noticiosa que generarán los miles de candidatos y candidatas que estarán luchando por un puesto de elección popular, la sobrecarga que tendrá la población será abrumadora.

Asistimos, en consecuencia, a la conformación de un escenario inédito y preocupante en el que se combinará la fatiga pandémica con la fatiga política. ¿Qué resultará de esta riesgosa combinación? ¿Cuáles serán los efectos que tendrá en la intención del voto o en la popularidad de los liderazgos políticos más importantes del país? ¿Es posible o no que se incrementen los niveles de abstención? ¿Quiénes resultarán beneficiados con el comportamiento atípico de la gente que ha sido afectada por las diversas crisis que estamos viviendo?

Lee más: Falta de sueño limita respuesta inmune de la vacuna covid-19.

Por momentos, parece que no estamos comprendiendo bien lo que sucederá con el humor social de la población y, de manera particular, con las hiperaudiencias durante los próximos meses. El pragmatismo político se sigue imponiendo, sin tener claridad ni certeza sobre los impactos que se provocarán en los diferentes grupos de la sociedad. Debemos retomar los más elementales principios éticos para adaptarnos con éxito a la nueva normalidad.

La incertidumbre parece estar reduciendo la efectividad en muchos de los procesos de toma de decisiones más importantes. En las actuales circunstancias, tampoco se ha estudiado a fondo qué es lo que debe hacerse con las narrativas y mensajes de las campañas gubernamentales y electorales para hacerlas más efectivas. De lo que no hay duda es que si se mantienen las actuales inercias, los resultados finales dependerán más de la suerte que de las estrategias.

Lo más fácil sería pensar que “el pueblo es sabio y no se va a equivocar”. Sin embargo, la complejidad y adversidad de este primer año de pandemia obligan a realizar un cambio de fondo en la forma en que se comunican los líderes y las lideresas con la población. Los modelos tradicionales no están funcionando como se necesita para dar confianza y certidumbre. Por lo tanto, la creación de nuevos paradigmas y estrategias es obligada.     

Recomendación editorial: Rogelio Del Prado Flores. Ética de la comunicación. México, Editorial Gedisa, 2018.

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