“Así nos lo dijeron: El Chapo, tenía grupos dedicados a captar a estos chicos huérfanos, porque él sabía, él sabe mejor que el estado que esos chicos eran los más débiles, los más susceptibles, yo no intento justificarlos, pero cuando un chico dice: ‘Me mataron a mi papá, me mataron a mi mamá, me mataron a mi hermano, a mí qué más me da la vida de los otros, si me arrancaron la vida de los míos de la forma en la que me la arrancaron, ¿por qué me voy a preocupar de la vida del vecino?’. No es que un razonamiento así sea justificable, y quizá ni siquiera es del todo consciente en los chicos, pero sí hay esa desesperanza, esa pérdida, que no se confronta con nada,  que no hubo una política del estado para acoger a ese chico. Cualquier chico que ha estado en esta circunstancia debió haber recibido justicia.

 

Y lo tenemos que repetir, no vamos a salir de esta situación del país mientras cada una de estas víctimas no tenga justicia, no tenga verdad, y no tenga reparación del daño”: doctora Elena Azaola. 

 

 

Testimonios de adolescentes en situación de internamiento

               

“Nos torturaron los policías federales que nos detuvieron. Nos dieron toques, me pusieron una bolsa en la cara y me golpearon. Yo ya no escucho con un oído. Nos tuvieron todo un día golpeando en las oficinas de los federales. Me trataron como si fuera una cosa, una materia que se desecha…”.

 

“A mi hermano lo mataron y me sentí muy agüitado, ahí fue que agarré las drogas…Un día vino un chavo y junto con otros vecinos nos comenzamos a drogar, nos salimos a la calle y no supimos lo que hicimos hasta que nos agarraron por robo de vehículo”.

 

“Me atraparon en un vehículo que era robado. Me topé a los guachos de frente y me regresé pero ellos me siguieron y me encontraron las pistolas y las drogas que traía. Empecé a trabajar desde los dieciséis años con una persona y al principio sólo me tocaba monitorear pero mataron a mi jefe (papá) y me uní a otro grupo donde ya me dieron pistola y me tocaba andar de pistolero”.

 

“Yo era sicario, brazo armado, segundo del mando y encargado de los sicarios. Mandaba y levantaba a la gente que me pedían que levantara”.

 

“A mí también me tocaba llevar drogas, armas o dinero en una moto o en un carro. Yo desde los doce años comencé a trabajar con este grupo”.

 

“A los 15 años me uní a trabajar a la delincuencia organizada. Recibí entrenamiento en McAllen, Texas, mi jefe era un norteamericano que vive en Virginia. Yo era el encargado de controlar a los sicarios y a los halcones”.

 

(Algunas de las respuestas ofrecidas por los 278 jóvenes entrevistados por la doctora Elena Azaola y su equipo).   

                                                                             

 

Corazón partido

 

¿Qué te han hecho a ti, pobre niño?: Goethe.

 

La violencia crónica. En donde se necesitaba una caricia, llegó un golpe.  Las montañas de silencio.  Camina las calles solo, con sus zapatos agujereado. Caminan y caminan las calles, sin brújula y sin rumbo sus zapatos y su corazón agujereados. ¿Hacia dónde mira ese niño al que nadie mira? ¿Cómo se remienda eso, un corazón? ¿A quién le interesa hacerse cargo? ¿De dónde viene él? ¿De dónde sus padres? ¿Cómo se construyen cadenas generacionales de exclusión y de violencia?

 

¿Qué te hemos hecho a ti, pobre niño?

 

¿Qué te decimos –al no decirte nada- cuando amanece, cuando cae la tarde, cuando termina el día?

 

Te decimos:

 

Mira la oscuridad. Mírala. Eso eres, eso te corresponde, de allí no te salvas. Es lo normal. Ni siquiera penumbra para ti. Ni siquiera. Mira la oscuridad, mírala. Porque es lo único que tenemos para ofrecerte. No importas. ¿Acaso te lo hemos dicho lo suficiente? Porque vamos a insistir en repetirlo: si estás solo, no importa, tu desamparo, no importa. ¿Te duele un dedo, el corazón, un orificio de bala en el cuerpo de un ser muy amado y muy tuyo? Tampoco importa. Acumula todas las hambres, todas y huye a como puedas del horror, hijo del abandono y de la calle. Hijo de las esquinas más sórdidas y del resistol.  

 

Mira, qué buena compañía, el resistol.

 

Arrópate en la miseria, en los cartones que recojas en los botes de basura.  Arrópate –por lo menos inténtalo- en lo que no tienen, no han tenido nada, como tú, construyan una banda deseosa de ser personas muy correctas y respetuosas de la ley.

 

A ver cómo le hacen. 

 

Porque si delinquen, entonces sí nos van a comenzar a importar.

 

Entonces, nosotros “la sociedad”, vamos a estar obligados a mirarlos: comienzan a existir, cuando son un problema. 

 

Sus infancias desertadas por todos podrían convertirse en un cuerno de chivo.

 

Una foto terrible en el periódico.

 

Seguimos sin cambiar las reglas, seguimos dejándolos solos, seguimos sin tenerles ternura.

 

Pero miren si comienzan a existir: les tenemos miedo.

 

Seminario sobre violencia en México

 

La doctora Elena Azaola ofreció una conferencia en el Colegio de México en la mesa “Fábricas de sicarios”, parte del Seminario que coordina el doctor Sergio Aguayo. Las palabras de los jóvenes que cito, son respuestas a las entrevistas que Azaola y su equipo hicieron a 278 adolescentes privados de su libertad en los estados de Coahuila, Sinaloa, Morelos e Hidalgo. Elena Azaola, es licenciada y maestra en Antropología Social por la universidad Iberoamericana,  doctora en Antropología Social por el  Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología social, en donde trabaja desde 1977. Se ha dedicado al estudio de la criminalidad, la violencia, el maltrato, la explotación infantil, la policía y las instituciones carcelarias, la criminalidad en mujeres y jóvenes.

 

Escuché la conferencia en El Colmex y después la transcribí gracias al video que subió Sergio Aguayo en su página,  hago estas aclaraciones, porque quisiera mantenerme lo más fiel posible a sus palabras, y no sólo eso. Quisiera ser también capaz de transmitir la profunda empatía con la cual la doctora se acerca a los “adolescentes en conflicto con la ley” y a sus circunstancias. Azaola es una académica, pero es también una luchadora por los derechos humanos. Su voz conmueve, porque si bien se sirve de todas las herramientas propias a la investigación, lo suyo no es la exposición –en frío- de los datos, como sucede tantas veces en los territorios de la academia.

 

Hay algo en ella, en su empatía por pensar a “los olvidados” de la tierra, que a una la obliga a escuchar. A escuchar distinto, a escuchar más fuerte. Cada una de las tablas con estadísticas que comparto con ustedes, son parte de su investigación.

 

“Las preguntas que originaron el estudio: ¿Quiénes son estos adolescentes que cometen hoy en día los delitos más graves que suceden en este país? ¿Cuáles son las circunstancias que los rodean a ellos y a la comisión de estos hechos? ¿Qué elementos están estos jóvenes recibiendo en las instituciones en dónde se encuentran privados de libertad?  ¿Los elementos que se les están ofreciendo son apropiados, son suficientes, son los adecuados para que ellos salgan adelante?”.

 

Azaola menciona que su perspectiva parte de “las teorías del control social”, lo que a mí, ignorante del término, me provocó un escalofrío por aquello de “control”, hasta que entendí buscando definiciones, que la palabra “control” en este sentido, es utilizada con un significado opuesto a “vigilar y castigar”. El “control social” sería lo contrario de “la coerción”, y apela, justamente, a las posibilidades de una sociedad de congregarse (y ofrecerle pertenencia a sus integrantes) a través de la construcción de ideales y objetivos comunes. La renuncia al egoísmo estéril, en aras de un bien común que termina, si se logra, ofreciendo a cada una/o el piso de bienestar indispensable.

 

“Las teorías del control social comparten la idea de que la mayor carga para efectuar el control social no la tienen las instituciones del estado, sino la tienen las instituciones informales: la familia, la escuela,  el trabajo, claro, luego se potencian, se complementan y a lo largo de la historia del individuo entra en juego la participación de las instituciones del estado, pero originalmente, lo que predispone a las conductas delictivas tiene  mucho más que ver con los primeros años de vida, con la socialización, con la manera en la que una persona es introducida a la sociedad”, Azaola.

 

Amor y desamor, pues, para traducir en el lenguaje más cotidiano. Con la protección, con los límites que permiten estructurarse, con ese mínimo de “incondicionalidad” del cual cada ser humano precisa para confiar en la vida.  Con el mínimo de respeto por la palabra de los niños, sus vivencias y sus emociones. Pensé en Winnicott, -el psicoanalista infantil- y su célebre frase con la que respondía a las madres angustiadas que preguntaban, ¿lo estoy haciendo bien? ¿soy una buena madre? Winnicott decía: Basta con ser “una madre lo suficientemente buena”. (“A good enough mother”).  La misma frase se podría aplicar al padre. ¿Qué sucede cuando no hay padre o madre? Una pensaría en lo indispensable de figuras tutelares “lo suficientemente buenas”.  ¿Y cuándo no hay figuras tutelares? ¿Y cuando sí hay una familia nuclear y hasta una familia extensa, pero la familia misma se halla inscrita en los registros del maltrato y la violencia? Una pensaría en instituciones y apoyos “lo suficientemente buenos”, previstos por el Estado.

 

 

“Los olvidados” de Buñuel.

 

La doctora Azaola explicó cómo la criminología “dio un vuelco”, cuando de la pregunta: ¿por qué una persona comete un delito? Evolucionó hacia otra pregunta: ¿por qué la mayoría de las personas no cometen delitos? ¿Qué nos contiene? ¿Qué nos lleva hacia ese trámite moral que nos impide atentar contra integridad de otra persona y/o de sus bienes?  “Para evitar la delincuencia, cuando ya se trata de la intervención del estado, es mucho más importante la certeza del castigo y no necesariamente lo que disuade son las mayores penas, incluso la pena de muerte.

 

Lo que verdaderamente y en el fondo es capaz de disuadir a una persona son los lazos de afecto que lo unen a una determinada comunidad, en la medida que tenemos un tejido denso, sólido de relaciones es mucho más difícil que se cometan delitos”. Lo que nos detiene, entonces, es la solidez, la certidumbre de los vínculos y nuestra pertenencia a los espacios de afecto y bienestar. Lo que podríamos traducir –también- como la idea que cada niña/o adolescente, va adquiriendo de sí misma/o y  de lo que le es concebible o no, a partir de un cierto ideal del yo que lo invita a sostenerse en los principios básicos de respeto a las/los otras/os y a sí misma/o. Oferta que la soledad, la falta de contención, convierten en una posibilidad “deseable”.

 

La investigación realiza un cruce entre las historias de vida de los jóvenes (de allí las entrevistas de una en uno) y “las oportunidades delictivas” que de manera creciente encuentran –como oferta- a su alrededor.

 

Primera tabla de la conferencia.

 

En números redondos del INEGI

 

  • 10 Millones de adolescentes de entre 14 y 28 años de edad en México.
  • 12 mil adolescentes fueron acusados en 2013 de cometer delitos. 7 mil de ellos cometieron delitos leves.

 

5000 se encuentran privados de su libertad porque cometieron delitos graves.

 

Este trabajo se refiere sólo a los 5 mil que cometieron delitos graves.

 

El estudio revela/constata algunas realidades durísimas: la distancia enorme entre los “objetivos” de los centros de internamiento para adolescentes, y la realidad que viven en ellos. La brutalidad de la mayoría de las detenciones de los adolescentes. La inutilidad del aumento de las penas, las condiciones de vida hacia adentro de las familias y en las escuelas, y la naturalización en ellas de la violencia. La incapacidad del estado de intervenir en la etapa de la prevención.

 

Más testimonios de los jóvenes

 

“Desde pequeño veía cosas robadas en mi casa. A los quince años entré a formar parte de la banda y la primera vez que lo hice me pareció muy normal. La banda la integrábamos seis miembro de mi familia; mi papá era el líder y robábamos puros equipos electrónicos para venderlos. Nos detuvieron porque asaltamos a un grupo musical y les quitamos sus aparatos electrónicos”.

 

“Me detuvieron porque yo reportaba lo que sucedía en las colonias. Yo era halcón… llamaba por teléfono y les decía si pasaba la policía o cómo estaba el movimiento”.

 

Las instituciones del Estado y su violencia frecuente y naturalizada:

 

“Al preguntarle a un chico de Morelos si la policía lo golpeó cuando lo detuvo, contestó: “eso es de ley, esa pregunta ni se pregunta”.

 

“Otro más también de Morelos, señaló que lo detuvieron militares y dijo: ‘me metieron una manguera en la boca y me echaron aceite de carro, después me llevaron a un terreno a golpearme. También cuando llegué al Ministerio Público me volvieron a golpear’”.

 

“Un chico de Saltillo, dijo: ‘me torturaron, me tablearon, me dieron batazos, me picaron con agujas, me colgaron de un techo medio día y me daban de golpes. Luego me tuvieron un mes en una casa de arraigo y me hicieron firmar bajo tortura y me dijeron que si no firmaba, iban a matar a mis papás’”.

 

Edad y escolaridad de los adolescentes entrevistados

 

  • 78% de los adolescentes privados de libertad tiene entre 16 y 18 años de edad
  • 8% tiene entre 14 y 15 años
  • 52% cursaron algún grado o terminaron la secundaria.
  • 30% apenas cursaron algunos grados de la primaria o lograron completarla
  • 17% Lograron cursar algún grado de  preparatoria o una carrera técnica.
  • 30% No le gustaba la escuela porque se aburría o no era interesante.
  • 21% dijo que no pudo continuar estudiando por problemas económicos.
  • 62% dijo que en su escuela los más grandes golpeaban a los más pequeños.

 

La deserción escolar “ante cualquier nimiedad” es una de las constantes entre este grupo de jóvenes. Llama la atención en el último punto, esa recurrencia de circunstancias violentas en las que el abuso de poder y el ánimo de someter al otro están presentes, como parte de la implacable lógica de la ley del más fuerte.  El niño/joven atrapado en una maquinaria trituradora de esperanzas.

 

La situación familiar de los adolescentes entrevistados

 

  • 47% abandonaron su casa por diferentes periodos debido, casi siempre, a la separación y/o violencia entre sus padres.
  • 62% dijo que sus padres se separaron.
  • 12% tuvieron que irse a vivir a la calle o solos pues no encontraron apoyo en otros familiares.
  • 22% por ciento nunca vivieron con su padre, ni tuvieron la oportunidad de conocerlo.
  • 49% dijeron tener medios hermanos.
  • 41% sufrió de manera constante algún tipo de maltrato durante su infancia.
  • 37% dijo que cuando era maltratado no había nadie que le brindara apoyo.
  • 14% señaló que no confía en nadie.
  • 43% señaló que algún o algunos miembros de su familia han estado en prisión.

 

La doctora Azaola señala que el abandono del padre ha provocado rencor y resentimiento en estos muchachos. Especifica que la separación de los padres no debe, ni puede utilizarse para estigmatizar a las familias, sino para cuestionar el vacío y el abandono que se crea –en tantos casos-  a partir de este hecho, cuando no hay otras personas para tomar el lugar de adultos tutelares.  ¿Y qué cuando no hay nadie. Nada, sino la calle? ¿Qué cuando el único grupo de pertenencia posible comienza con “la banda” y termina en el crimen organizado? Muchachos de quince, dieciséis años que declaran no confiar “en nadie”. ¿A que se aferran entonces? ¿Cómo construyen esperanza, futuro, vínculos de amor indispensables.

 

“Se salieron de su casa por violencia, ¿y qué encontraron en la calle violencia, y ¿qué  estaban entonces en condiciones de reproducir, sino violencia”, Azaola.

 

22% de los muchachos entrevistados nunca conocieron a su padre, ni vivieron con él. Pienso en aquella frase del psicoanalista Santiago Ramírez de hace ya cincuenta años: “México, el país del padre ausente”.

 

 “Los olvidados” de Buñuel.

 

El concepto de “muerte social”

 

En palabras de la doctora Azaola,“muerte social” es el concepto que vino a sustituir palabras como “marginación”, “exclusión”. ¿Qué es la “muerte social”?

 

“El concepto que se utiliza, para describir poblaciones como ésta. Ni papel ni lugar, vida de segunda clase. No se viven como ciudadanos, ni tampoco como sujetos de derecho, porque no han sido sujetos de derecho, nunca se han podido vivir de esa manera”. Y cuenta el lenguaje de los jóvenes, su comunicación no verbal, su impotencia y su rabia. Al mismo tiempo, esa manera de estar “habituados”  a las situaciones de injusticia: “Ellos tienen incorporados el maltrato, las faltas a la ley. Cuando se les preguntan ¿qué necesitas? La mayoría responde “echarle ganas”, como si no tuvieran derecho a esperar nada. “El concepto de muerte social dice mucho de las actitudes de estos jóvenes, cuando uno siente que no tiene un lugar en la sociedad, se lo quiere cobrar”.

 

Situación económica de los jóvenes entrevistados

 

  • 64% dijo que la situación económica de su familia era regular o mala.
  • 17% dijo que en su casa faltaba comida.
  • 94% de los adolescentes habían desempeñado varios trabajos: vendedores de dulces, flores o tacos; franeleros, lavaplatos, ayudantes de albañilería o herrería, etc.
  • 26% comenzaron a trabajar antes de cumplir los doce años.
  • 41% comenzaron a trabajar entre los 13 y 14.
  • 64% contribuían al gasto de su familia.
  • ¿Qué es entonces una infancia?

 

                “Yo trabajaba como sicario, yo trabajaba como halcón, yo trabajaba robando…”.

 

Delitos

 

  • 35% robo con violencia.
  • 22% homicidio.
  • 17% portación de arma prohibida.
  • 15% robo de vehículo.
  • 15% secuestro.
  • 10% delitos contra la salud.
  • 10% delincuencia organizada.

 

En algunos casos, la separación de con el padre o la madre se dio porque se fueron a trabajar a Estados Unidos. “Hay un porcentaje de jóvenes entre los entrevistados que comenzaron su carrera delictiva a partir de ser lo que en el sexenio anterior se llamaba ‘víctimas colaterales’, que a quién  le importaban. Muchos de ellos dijeron que se unieron a un grupo delictivo después de que les mataron a su padre, a su madre, a sus hermanos y no hubo nadie, nadie que los acogiera, que les diera justicia, que les diera un lugar, que les diera una explicación”, Azaola.

 

Cumplimiento de derechos

 

  • 76% dijo haber sido golpeado por la policía.
  • 41% refirieron maltrato por parte del Ministerio Público.
  • 62% señalaron que no les informaron del delito por el cual los acusaban.
  • 47% dijo que no les informaron del derecho a contar con un abogado.
  • 77% dijo que si les informaron de sus derechos al comparecer ante el juez.

 

De 278 entrevistas, 200 dan testimonio de torturas.

 

Su futuro

 

  • 68% dijo que le gustaría salir para apoyar a su familia y construir una familia propia, para tener una casa y un trabajo y/o para estudiar una profesión o desempeñar un oficio o poner su propio negocio.
  • 28% dijeron no tener sueños o aspiraciones, no confiar en nadie y no saber qué quieren ni cuál será su futuro.

 

“No me permito soñar. Yo vivo cada día, enfrento cada día”. El 45% de las/los muchachas/os piensa que saldrá del internamiento igual o peor que cuando entró. En resumen, que el centro de detención no le está ofreciendo las herramientas necesarias para formarse y estructurarse.

 

“Los adolescentes infractores no han ocupado un lugar prioritario dentro de las políticas de seguridad y de prevención…lo que requerirían es una educación, un tratamiento muy especializado, muy completo, y no es lo que están recibiendo. La mayor parte de los jóvenes están haciendo actividades nimias... ya estamos horrorizados de la realidad, pero no sigamos empapándonos en ese horror, sino un poco trazar hacia dónde construir la paz”, Azaola.

 

 

 

 “Los olvidados” de Buñuel.

 

¿Qué hemos hecho de ti, pobre niño?  

 

Cada vez que te decimos que no eres digno, que no “mereces”, que no perteneces a ningún lado.

 

Oh, no hay un abrazo para ti, todos los abrazos del mundo están ocupados.                  

 

“Estos muchachos no han terminado su proceso de maduración y son mucho más influenciables y susceptibles, no quiero decir que ellos no conozcan el bien y el mal, o no sean responsables de sus actos, por supuesto que lo saben y por supuesto que son responsables, pero lo que también es cierto es que a la edad que tienen estos chicos no alcanzan a comprender la dimensión y la trascendencia que esto va a tener en su vida como totalidad, esa es la razón por las cuales esos grupos matan, además, es mucho más fácil entrenar a uno de estos muchachos a que mate…si la familia falla, tienen que responder el estado y la sociedad civil”, Azaola.

               

@Marteresapriego 

 



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