Opinión

Estrategias divergentes y conclusiones precipitadas sobre la pandemia

Segunda parte.

  • 02/08/2020
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En mi anterior articulo hablé de lo ingenuo que puede resultar el tratar de sacar conclusiones sobre la pandemia de coronavirus, más precisamente sobre el juicio que se pueda hacer a las respuestas de los diferentes países, cuando la emergencia sanitaria todavía no ha sido resulta en el mundo entero. Este argumento proviene del entendimiento de cómo funciona el estudio formal de la Historia en fenómenos globales de este tipo, el cual permite elaborar conclusiones más elaboradas tomando determinada distancia en el tiempo.

Casi tres meses después de mi primer artículo, aunque el saldo total de la pandemia sigue siendo borroso al momento de redactar este texto, el curso de los acontecimientos han arrojado nuevos hechos que pueden servir para tender un hilo de continuidad (en la medida de lo que permite un artículo de este tipo) y darnos una idea de los cambios que se pueden presentar sobre la percepción de un mismo fenómeno en el transcurso de unos cuantos meses.

A mediados de abril, cuando comencé a redactar el anterior artículo, había en el mundo aproximadamente 2 millones 200 mil personas infectadas de coronavirus y 120 mil muertes. Ahora, a mediados de julio, el mundo tiene cerca de 12 millones de infectados y más de 500 mil fallecimientos según las cifras de la OMS. Abordaba brevemente en ese entonces el caso de Japón, que había optado por realizar pocas pruebas en comparación con otros países y enfrentaba reclamos de algunos de sus expertos. El país oriental siguió con esa misma estrategia y al 25 de mayo anunció que levantaría el confinamiento de su población, lo que ocasionó un rebote que al día de hoy no han podido controlar.

Algo similar pasó con el caso de Suecia, que por esos momentos se mostraba como un país de alternativas por experimentar con una estrategia de pocas medidas de prevención y aislamiento. Desde entonces, desgraciadamente, Suecia comenzó a ver un mayor número de fallecimientos comparado con sus países vecinos, lo que llevó a que las autoridades suecas se cuestionaran fuertemente sus decisiones.

Pero no sólo hemos tenido un cambio en cuanto a la percepción de la respuesta de los países, también lo estamos haciendo en cuanto a las soluciones que se nos han presentado. Las demandas para aplicar pruebas pasivas como medida central contra el virus han venido a ser más cuestionadas. Las razones de esto parecen ser que incluso las propuestas que contemplaban más de 20 millones de pruebas diarias (para el caso de los E.U.) incluyen un grado de incertidumbre en la extinción del virus que no facilita la ejecución del requerido presupuesto de tamaño colosal. La información sigue sin mostrar una correlación clara entre el número de pruebas y la disminución en el contagio o las tasas de muertes. En todo caso, parece ser que en los países que ha disminuido los contagios y hacen muchas pruebas por habitante, hay más bien una combinación de otros factores.

En contraposición, ha surgido cada vez más la cuestión de si cada país no debería de tratar la emergencia de manera distinta considerando sus capacidades y sobre todo su cultura. Por ejemplo, también en semanas recientes ha habido una mayor atención a países como Nueva Zelanda, Taiwan y Vietnam, considerados como casos de éxito en el manejo de su epidemia. Se dice que la aplicación de muchas pruebas, el rastreo agresivo y el cierre de fronteras fueron sustanciales para aplanar sus curvas epidémicas y es muy probable que así sea. Sin embargo, quizás en el futuro habremos de tomar también en cuenta cuestiones como la negación a la tutela gubernamental de cada país, el miedo a la represión y la recurrencia a la mano dura, y la xenofobia a la hora de hacer un análisis más detallado del éxito en el aplanamiento de los contagios.

Quizás una conclusión que se podría anticipar sea que, a diferencia de lo que pensaban muchos, y cómo lo han mencionado algunos expertos, las fronteras definitivamente son inmunes a las epidemias, algo que se puede confirmar con el hecho de que ni siquiera los países considerados como casos de éxitos han podido eliminar los nuevos contagios diarios importados y sólo parecerían estar retardando la escalada de la curva.

Finalmente, creo que podríamos aplicar esta misma perspectiva para con México, pensar que un análisis más certero de la respuesta del gobierno requerirá no sólo esperar a la conclusión del inevitable esparcimiento de la enfermedad, sino incorporar también cuestiones como los problemas de salud de la población, la diversidad social, el hacinamiento, la posible resistencia a la que se hubiera enfrentado el gobierno de haber implementado el cierre de fronteras y la mano dura (piénsese también, por ejemplo, en lo que implica para la privacidad la estrategia de rastreo agresivo aplicada por algunos países).

Los acontecimientos recientes nos siguen dejando con una sensación de incertidumbre y con un creciente interés por cómo cada sociedad tiene capacidades para sobrellevar la pandemia. Si la cuestión sobre las particularidades culturales y sociales de cada país se posiciona como un aspecto relevante en el análisis, sólo nos toca esperar que en países como México la gente empiece a entender que la responsabilidad individual tiene un impacto en la salud colectiva.

Pero eso sólo nos lo dirá el futuro.

Paris Padilla

Autor del libro El sueño de una generación: una historia de negocios en torno a la construcción del primer ferrocarril en México, 1857-1876. Es especialista en Historia Económica por la UNAM y Maestro en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora. Es asesor político y de instituciones de gobierno y ha colaborado en medios como la revista Bicentenario, Huffington Post y la Silla Rota.

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