Opinión

Estos largos instantes de la pandemia

La justicia vive en una caverna y no se atreve a salir. | Manuel Fuentes

  • 14/10/2020
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No sé si a todos nos pasa, pero cuando tomo algún libro o charlo con amigos, cuando siento el amanecer o camino por las calles mirando rostros semicubiertos, cuando sufro o gozo estar horas, en esas pantallas de muchos cuadros, en estos días de larga pandemia, todo tiene un sentido distinto.

En especial, como si fuera parte de la magia, como un regalo de la vida conectarse a la distancia con mis alumnas y alumnos de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), en esas clases de las siete de la mañana, para incursionar en el túnel angosto de la seguridad social o de los torcidos caminares procesales del derecho del trabajo o de esos números creados por multiplicaciones, divisiones y restas que destruyen los derechos obreros.

Con mi grupo vespertino de maestría en mi querida UAM, para incursionar en esas luces y tinieblas de los derechos sociales de las constituciones del mundo. Repasar con ellos cada letra y frase, de textos que contienen historias de millones de sectores sociales y de personajes que han construido con su vida los derechos humanos, es algo que no tiene precio.

Estar los sábados muy temprano, porque las ocho de la mañana es muy temprano, con alumnos, apasionados idealistas que quieren ser doctores en Derecho del Trabajo en el Instituto de Posgrado en Derecho, es toda una aventura. Quisiera que los obreros escucharan cómo estos juristas apasionados por la justicia revisan con preocupación tantas pifias de nuestros (seudo) legisladores, que anulan cínicamente la estabilidad en el empleo y la vuelven un espejismo.

O que los obreros debatieran con los alumnos de la maestría en derecho laboral, de la inquietante Escuela Libre de Derecho sobre todos los retos que representa la nueva reforma laboral, tan castigada en presupuesto y llena de complicaciones procesales.

Mientras les platico de estas riquezas que da la docencia, arrebato de una página, parte de la poesía llamada El milagro de Juan Gelman en su libro “de atrásalante en su porfía”, que me estremece:

“…no hay ventanas

que se abran para verse en el

mercado de los días.

Los años no se dejan tocar.

Arden inciensos compasivos...”.

Cuántas voces se escuchan por estos días de tribunales cerrados, otros semiabiertos, de empleados que nadie escucha, que desbordan en trabajo por tantos expedientes que no caminan y que otros lo hacen lentamente. La justicia vive en una caverna y no se atreve a salir.

En estos días de pandemia hay muchas voces de quienes han perdido el empleo, su salario y a sus amigos o familiares por culpa de ese virus invisible. Retumban los reclamos de viudas y de huérfanos que piden auxilio para que las empresas y el gobierno les hagan caso.

Los reclamos convertidos en papel, en expedientes que se llenan de polvo. No sé dónde estaba Juan Gelman cuando escribía todo esto, hubiera querido conocerlo en persona y estrechar su mano. El escribía de los expedientes, como si nos acompañara a cargarlos:

“¿Qué hace con esto, Usía,

juezeando su doctrina apagada?

Los que no comen dicha tienen

malpartos del saber”.

De los nudos en que está convertida esta justicia ingrata, de la que no nos cansamos de buscar, desatarla como la vida misma, entendiendo el nudo en que se encuentra atrapada, como la aspira el poeta, allá donde esté:

“La puntada sin nudo hace

nudo con lo imposible”.

Entonces todo se puede desatar porque no existe lo imposible mientras exista la vida misma.

Tengo amigos que creen en la justicia y que no pierden la fuerza ni el suspiro, es como dice mi autor que comparto:

“La parte que menos vale

no tiene Luna. Así

vagamos en la misma niebla,

(en) la misma loca rama…”.

Oiga poeta, yo sí tengo una Luna que comparto, que me la dieron esas voces que no pierden la esperanza por más que se la magullan. Las que tienen más entereza, que los nobles de albacar, que sólo es de apariencia.

Es sentir la vida como los maestros artesanos, ¿ellos quiénes son? ¿cómo sienten la vida?:

“Todo a mano, la vida

a mano, el suceder. Reluce

la representación del lirio, oiga

usté que pisa el agua del momento,

ponga en cuclillas su vasito…”.

¿Cómo sentir así la vida? ¿en el escribir? ¿en meterse en esa bruma que se abre con cada latido? Meterse en la palabra, con esa libertad que construye lo que no existe. Como Gelman escribía:

“Las raíces del cuerpo no

pertenecen al cuerpo. Cantan libres

en su prisión de tierra…”.

Quién sabe, escribía Gelman, de la sombra que sabe esperar:

“Salimos y quién sabe si

no volveremos a la sombra que aguaita

en pliegues de lo que fuimos…”.

Es cierto querida palabra, hoy es otro día, es el día siguiente cuando aparece una luz, una nueva luz de la esperanza invencible. Basta caminar y no detenerse para alcanzarla.

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