Opinión

Este es el momento

Este es el momento de la transformación de la movilidad. Lamentablemente creo que lo desperdiciaremos. | Roberto Remes

  • 22/04/2020
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Este es el momento de la transformación de la movilidad. Lamentablemente creo que lo desperdiciaremos.

De la información sobre la pandemia sabemos que vamos a convivir con el virus covid-19 por varios meses, si no años. Las investigaciones empiezan a considerar ciertos tratamientos, ciertas posibilidades, y hasta la compatibilidad de alguna vacuna. Pero al ser investigaciones en curso, hay un periodo largo antes de tener la certeza de que una vacuna o un tratamiento funciona y, en su caso, no tiene reacciones secundarias con riesgos superiores. La vacuna no llegará antes del segundo semestre de 2021.

El fin del periodo de encierro no será como la clasificación al mundial. Termina el partido de México y toda la afición se vuelca al Ángel de la Independencia a festejar. En todo caso, de confirmarse el fin de la Emergencia Sanitaria para el 1 de junio, seguirá habiendo precauciones pendientes y estas podrían durar mucho tiempo más. Se ha advertido que puede haber rebrotes.

Hace unos días el fotógrafo Santiago Arau mostró el metro Pantitlán desbordado, los trenes salían llenos, mientras andenes y escaleras permanecían con aglomeraciones humanas. De haber habido una persona con el virus, esa tarde pudo haber contagiado a decenas, con el efecto multiplicador que veremos en las siguientes semanas. Diría que toco madera, pero como bien dice Yuval Noah Harari, han cerrado templos de todas las religiones por la epidemia, la fe se subordinó a la ciencia, cuantimás la superchería.

Entonces, si está claro que el riesgo de contagio subsistirá con nosotros, sobre todo en las grandes ciudades, habrá que prepararnos para convivir con nuevos hábitos. En las cosas comunes y mundanas ¿Cuándo volveremos al cine? ¿Dejaremos un asiento vacío de por medio? ¿Chivas-América en el Azteca? ¿Conciertos en el Palacio de los Deportes o en la Curva 4? Hay toda una economía detrás de estos eventos, pero podríamos prescindir de ellos.

El problema es lo cotidiano. Si con cuarentena se concentran 5 mil personas para abordar trenes que reciben entre mil y mil 500 pasajeros, vamos a convivir con riesgos muy altos. Toda la Fase 1 escuchamos el argumento de que dominaban quienes se habían contagiado en el extranjero. En algunos países se ha usado la expresión "El ébola de los ricos". ¿Los pobres están vacunados o tienen menos riesgos? Está claro que no.

Por lo tanto, necesitamos acciones urgentes en materia de movilidad, porque todo parece indicar que vamos a convivir con el virus mucho tiempo, aún cuando no prevalezca el nivel de confinamiento actual.

Esta crisis emerge, por tanto, como oportunidad de transformación de la movilidad de forma acelerada no sólo por la sustentabilidad misma, sino porque en el corto y mediano plazos requeriremos formas seguras de desplazarnos.

Mientras prevalezca la posibilidad de contagio, las grandes aglomeraciones parecen un riesgo alto para la población, por tanto deberíamos estar diseñando un sistema de transporte que evite las grandes aglomeraciones. Y esto sólo tiene dos alternativas. Por un lado, expandir el radio de influencia de la movilidad no motorizada: caminata y bicicleta, masificando su uso. Por otro, estructurar una red de autobuses y vagonetas en carriles exclusivos por toda la ciudad, que permitan capacidades de movilización superiores tanto al automóvil particular como al transporte masivo en su conjunto.

Es difícil describirlo, pero si hay riesgos para la población por el transporte masivo, éste debería tener un límite en su uso para evitar la concentración de cientos de personas en los trenes, los andenes y los pasillos de acceso y transbordo. Sé que muchas personas se sentirán más seguras dentro de su automóvil, al no verse invadidas en su "espacio vital", pero su privilegio no servirá de nada si al final vamos a convivir con personas que deban utilizar el transporte masivo.

La única posibilidad es estructurar rutas que atraviesen la ciudad con vehículos colectivos sin pasajeros de pie. Por ejemplo, a los autobuses de RTP le caben entre 90 y 100 personas a su máxima capacidad, en este escenario recibirán 50 personas. Esta transformación costará mucho dinero, sin duda, pero un regreso de la epidemia será más caro aún. La solución pudiera estar en la gasolina, que al haber bajado podría recuperar parte de su precio para financiar las modificaciones al transporte público.

En este momento las autoridades de movilidad deberían estar estructurando estos nuevos servicios, planeando las rutas, adecuando los carriles exclusivos en todas las avenidas y coordinándose con el Consejo de Salubridad General, para habilitar la fabricación de vehículos colectivos, y en su caso convertir líneas de producción de automóviles por autobuses y vagonetas. No esperemos a la tragedia para dar pasos hacia esta solución.