Opinión

Están enojados

El pueblo está enojado... y tiene razón. Más tarde veo las noticias y hablan de enfrentamientos.

  • 22/11/2014
  • Escuchar

El jefe del Poder Ejecutivo mandó a “la señora de la casa” a dar explicaciones de cómo, por qué y con quién anda haciendo negocios (la compra-venta de una casa es eso, un negocio). Pareciera enojado, según se puede ver por el tono que utilizó cuando avisó que su esposa daría una conferencia para explicar el tema.

 

Enojada, también, estaba la señora cuando en un poco más de 7 minutos nos dijo cómo ha construido su fortuna, cómo la ha invertido y qué piensa hacer con alguna de las cosas en que ha invertido: la casa, en particular, además de cuáles otras propiedades tiene, todo, por supuesto con el aviso de que se presentaba sin tener la obligación de hacerlo, para que agradezcamos su bondad.

 

¿Una familia más?

El hecho aquí es que no hay una explicación clara del por qué se hacen negocios con una empresa que tiene contratos directos con el gobierno del estado de México, en su momento, y con el gobierno federal, ahora. Es una familia que sufre el “síndrome del ladrillo” y suponen que están ahí para mandarnos y para que les sirvamos, viéndonos desde las alturas. Por cierto, no era la Señora Peña quién debería dar explicaciones. Es un asunto de interés público y el obligado a dar la información es el primer mandatario.

 

¿Qué puede decir sobre un evidente conflicto de interés? ¿Puede explicar si hay relación entre la nota sobre la casa y la cancelación de la licitación del tren rápido? ¿Podrá explicar cómo es que una empresa constructora decide invertir, pagar, acordar con los futuros compradores un proyecto y hasta después, cuando ya está terminada, hacer un contrato de compra venta? ¿No hubo ninguna carta compromiso? ¿Tan seguros estaban del futuro? ¿Por qué, entonces la señora va a ceder los derechos? Los viejos dicen: no hagas cosas buenas que parezcan malas.

 

La marcha

Caminar por avenida Juárez, por cinco de mayo, entrar al zócalo. Son las 6:40 de la tarde y está casi lleno. El mitin comenzó; los padres de los normalistas hablan, los jóvenes escuchan y algunos corean consignas: 1, 2, 3... 41, 42, 43 ¡justicia! Todos tranquilos, todos felices de estar en la calle, de poder demandar justicia, de poder ser uno y muchos y nadie se pregunta si serán más, con esos son suficientes. Los ríos de jóvenes llegan por veinte de noviembre, por Tacuba, además de cinco de mayo. Los padres hablan y poco, lamentable hecho, es lo que se escucha pues el sonido no es muy potente. Las ganas sí, la convicción también.

 

Como a las 7:30 cruzan el zócalo desde la acera de catedral rumbo al palacio nacional un grupo de encapuchados y de quienes todos los manifestantes nos alejamos. No gritan consignas y a su alrededor se hace un silencio terrible. A las 7:40 (todo aproximado), las luces de la zona central del palacio (que estaba iluminado todo el tiempo) se apagan y algunos militares se asoman por la cornisa del edificio. Mientras, un dron empieza a volar por la plancha, suponemos todos que tomando fotografías. En algún momento se posa sobre el edificio de la jefatura de gobierno, el que está cercano a 16 de septiembre y cinco de febrero. Vuelve a volar. Es como una inmensa araña y hace un pequeño ruido, el de su motor que queda en los oídos estoy seguro que para siempre.

 

Recorre el zócalo, da la vuelta, toma fotos, o algo así indica una luz verde que centellea. La mayoría volteamos, lo vemos y seguimos en nuestro tema: ¡vivos los queremos! ¡Peña Nieto, renuncia! ¡fue el Estado! y cientos de consignas que se gritan, que están escritas, que muchos traen pegadas al cuerpo. El mitin está por terminar, son las 7:50 de la noche y me regreso por cinco de mayo, a contraflujo de una gran cantidad que todavía intenta llegar a la plancha. Me encuentro amigos, amigas, todos combativos, todos dispuestos a exigir justicia. Camino por avenida Juárez y ahí el flujo es mayor, tanto como el ancho de la avenida.

 

En las banquetas, siguiendo la marcha, a los contingentes organizados, está mucha gente, todos aquellos que no teníamos con quién más caminar. Y no coreamos pero sentimos cada palabra como dicha por nosotros mismos. A las ocho y diez estoy en Juárez y Balderas donde avanza ya el último contingente: detrás van los barrenderos del DF limpiando las calles. Todo en silencio, todo con un pesar que se pregunta ¿Y ahora qué? El pueblo está enojado... y tiene razón. Más tarde veo las noticias y hablan de enfrentamientos. Destacan la violencia de un grupúsculo, de unos pseudoanarquistas y no dicen nada del triunfo de la razón, la de cada uno de los que en la calle salieron a exigir ¡vivos los llevaron, vivos los queremos!

 

De pilón…

Sí, señor general secretario: la inseguridad es un asunto del Estado, no del gobierno, por eso decimos: ¡que se vayan todos! Eso lo incluye a usted.

 

Facebook: carlos.anayarosique

Twitter: @anayacar

 

(Obviedades es un ejercicio de reflexión que comparto con mucho gusto no para que estén de acuerdo sino para hacer conciencia de las contradicciones de un régimen… que puede ser cualquier régimen, no importa el partido, por supuesto)

Para La Silla Rota es importante la participación de sus lectores a través de  comentarios sobre nuestros textos periodísticos, sean de opinión o informativos. Su participación, fundada, argumentada, con respeto y tolerancia hacia las ideas de otros, contribuye a enriquecer nuestros contenidos y a fortalecer el debate en torno a los asuntos de carácter público. Sin embargo, buscaremos bloquear los comentarios que contengan insultos y ataques personales, opiniones xenófobas, racistas, homófobas o discriminatorias. El objetivo es convivir en una discusión que puede ser fuerte, pero distanciarnos de la toxicidad.