Opinión

Estado paritario

Es crucial apostar porque los espacios políticos puedan ser ocupados por toda la diversidad de mujeres que existen en el país. | María Fernanda Salazar

  • 07/06/2019
  • Escuchar

La reforma constitucional recientemente aprobada por el Congreso de la Unión y 24 legislaturas estatales en México, es una de las más importantes y radicales en términos de derechos humanos que se haya dado desde que se reconoció el derecho de las mujeres a votar y ser votadas, junto con la reforma al artículo 1º constitucional de junio de 2011. La reforma conocida como #ParidadEnTodo garantiza que cada órgano del Estado mexicano será integrado bajo el criterio de paridad entre mujeres y hombres.

Esta transformación se enmarca en un proceso gradual de acciones afirmativas legales y constitucionales (impulsadas en el Congreso), así como de tipo admistrativo y jurisdiccional (las impulsadas por las autoridades electorales y del poder judicial). Reconocer que esta profunda transformación es resultado de un largo camino, es a su vez probar que la participación de la mujer en el espacio público sí genera cambios de fondo en la manera en la que las instituciones del Estado se ven y actúan, pues no se podría explicar sin el congreso federal y los congresos locales paritarios que hoy tenemos gracias a la reforma del 2014.

Estos cambios que modifican los artículos 2, 4, 35, 4, 52, 53, 56, 94 y 115 de nuestra constitución, han dejado claro a los ojos del país que las mujeres no solo pueden participar en las agendas tradicionalmente ligadas al trabajo de cuidados o a los “asuntos de mujeres”, sino que en su trabajo políitco ellas tienen una agenda de Reforma del Estado que replantea las priodidades, y pone la igualdad y los derechos humanos al centro de la configuración de las instituciones, con la capacidad política para hacer que la otra mitad de los actores- los hombres- entiendan la relevancia de su participación y se sumen a proyectos que implicaron la mayoría absoluta -logrando incluso la unanimidad-, a pesar de la pérdida de privilegios que ello implica para quienes tradicionalmente han ejercido la política como su espacio “natural”. Las mujeres en el congreso, han demostrado y usado su poder y su liderazgo; algo que solo pudo haber sucedido con estrategia, visión colaborativa y compromiso de innovar en la política nacional para poner, además, a México en la vanguardia gobal de la participación política de las mujeres.

Es importante distinguir que la paridad tiene dos dimensiones fundamentales: 1) el reconocimiento de derechos que, por sí mismas, todas las mujeres deben tener para participar en condiciones de igualdad y libres de violencia en las decisiones públicas y la configuración del Estado y, 2) la que tiene que ver con las alianzas indispensables para avanzar la agenda de igualdad género.

En ese sentido, este logro se convierte también en un compromiso hacia el futuro; es decir, que a mayor participación de mujeres se puedan reflejar, cada vez con más claridad, acciones por la igualdad entre hombres y mujeres en todos los ámbitos. Para lograr que esa conexión entre paridad e igualdad se concrete, es indispensable que las mujeres que ya estén ocupando estos espacios y quienes los ocupen posteriormente, utilicen esa misma capacidad de acción e influencia para enfocarse en el urgente reto que supone combatir la desigualdad social en México con perspectiva de género e interseccionalidad.

Esto, porque si bien México ha venido ocupando cada vez mejores posiciones en el componente de participación política del Índice Global de Brecha de Género realizado por el Foro Económico Global (posición 27), la realidad es muy distinta en el componente de participación económica y oportunidades, en donde nos ubicamos en la posición 122. Ahí se encuentra el mayor reto de las mujeres que saben que participar en política podría seguir siendo un privilegio si no se logra que todas estén integradas en condiciones de equidad e igualdad al sistema económico; es decir, que el trabajo de cuidados no siga siendo una carga basada en género, que las condiciones laborales estructurales se flexibilicen y, a partir de ello, se puedan realmente combatir los llamados techos y laberintos de cristal, los pisos pegajosos, los techos de cemento y de diamante, como fenómenos que afectan las trayectorias profesionales de las mujeres y su igualdad de oportunidades.

En ese sentido, también es crucial apostar porque los espacios políticos puedan ser ocupados por toda la diversidad de mujeres que existen en el país: que se garantice la representación de identidades regionales, étnicas, de género, sociales, económicas, entre otras, para que sus múltiples visiones estén en todas las mesas de decisión.

Hace apenas unos días, se afirmó que ningún país del mundo logrará la igualdad de género planteada por los objetivos de desarrollo sustentable de la agenda 2030 de la ONU. Ni siquiera los países nórdicos, que se consideran los más avanzados. Ello nos obliga a redoblar el paso para que el Estado paritario que se busca construir en México no se limite a resultados en el ámbito político sino que tenga como objetivo central la igualdad sustantiva entre hombres y mujeres.

La desigualdad al centro

@Fer_SalazarM  | @OpinionLSR | @lasillarota