Opinión

Espejismos electorales

Hemos llegado pues a la etapa en la que concurren y concursan todos los espejismos. Los que prometen un nuevo país, un país potencia mundial | Leonardo Martínez

  • 14/12/2017
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Curioso fenómeno, el de las épocas electorales. Parece que en todo el mundo tiene efectos similares en una parte significativa de la población local: no solo aviva e intensifica las pasiones de partidarios y militantes, sino funciona como una especie de anestésico que calma los agobios cotidianos y resalta la curiosidad de lo que pasará en la nueva era.   

Son etapas en las que la ilusión de la llegada de tiempos mejores anima a las conversaciones privadas y las disputas públicas. Se defienden posturas y se vilipendian candidatos, se escarba en la memoria para rescatar las vergüenzas ajenas y se exageran las virtudes de las o los posibles triunfadores.

Prometer no cuesta nada...


Y son, por supuesto, las etapas en las que prometer no cuesta nada. Se prometen soluciones inviables y curas providenciales, muchas de las cuales pasan al olvido a partir del momento en el que los que se beneficiaron de los votos ejercidos habrán de empezar su nuevo gobierno.   

Hemos llegado pues a la etapa en la que concurren y concursan todos los espejismos. Los que prometen un nuevo país, un país potencia mundial, un país renacido en el que desaparecerán mágicamente todos los males genéticos que lo han mantenido, históricamente, en el subdesarrollo.

Y presenciamos también el concurso de los espejismos locales, los que prometen la ciudad que todos queremos. La ciudad paraíso terrenal, la ciudad verde y sustentable, la ciudad segura y saludable, en la que abundará el transporte público eficiente, en la que mejorará la movilidad y se podrá caminar sin miedos por cualquier lugar y a cualquier hora.

Bueno, se reciclan las mismas frases, pero siempre habrá margen para la incorporación de nuevas ideas, ya sea a nivel país, ya sea a nivel ciudad. Es más, la innovación es un motor necesario e imprescindible para poder mejorar la calidad de vida a pesar del incesante crecimiento de la población, y ha sido sin duda la poción que ha permitido curar las maldiciones de Malthus. Pero a las ideas se las lleva el viento si no se les prepara un andamiaje que asegure su viabilidad, que las materialice y que transforme sus objetivos en beneficios tangibles para la población.

Valdría mucho la pena que en los próximos meses fuésemos más vigilantes y más cuidadosos de no caer fácilmente en el terreno de las ilusiones ofrecidas a diestra y siniestra. El reto que tenemos como ciudadanos es exigir más en los “cómos” que en los “qués”, es decir, exigirles a los candidatos que expliquen con argumentos congruentes y detallados cómo piensan lograr lo que prometen.

El cínico juego de espejos


Ahora bien, en México venimos arrastrando algunos lastres que han propiciado la propagación de ciertos males estructurales tanto en la sociedad como en todos los órdenes de gobierno. Esos lastres profundos, como el emblemático círculo vicioso de la impunidad y la corrupción, forman por ahora parte esencial de la idiosincrasia que nos define, pero no creo que los tengamos o debamos de asumir como una fatalidad, al menos de largo plazo.

Por ello más allá del cínico juego de espejos en el que todos participan, ya sea usando falacias inútiles y estratagemas espurias para hacerle creer a los votantes que el candidato no comparte el ADN del partido que lo postula, o haciendo como que las candidaturas se despolitizan para ciudadanizarse, o peor aún, que todos los males de la República desaparecerán providencialmente con la esperada llegada del mesías, está el tema más serio y más importante de develar cuáles son las verdaderas intenciones de cada participante con relación a los cambios estructurales que necesitamos.

Esos cambios profundos son necesarios para empezar a destorcer los caminos que las sociedades que conforman el México de hoy han tomado en ámbitos elementales, como los ya mencionados de la impunidad y la corrupción, pero también otros igualmente profundos como la violencia sistémica, la desigualdad de género, la mala distribución de la riqueza, los daños ambientales, el uso pernicioso del cuatismo como sustituto perfecto de la meritocracia y la caótica gestión de los procesos que rigen la vida en las ciudades.

La virtud de los candidatos debería medirse con relación a sus verdaderas intenciones para realizar cambios profundos y duraderos, no con relación a la velocidad con la que disparan ocurrencias, practican evasivas o prometen realidades incumplibles.

Se termina el año y empieza la época de los espejismos electorales, será un tema recurrente que seguiremos comentando. 

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