Opinión

Ese segundo, cuando fallas, cuando te equivocas

Bien dicen que solo hay dos tipos de motociclistas: los que se van a caer o los que ya se cayeron; y yo ya pertenezco al segundo grupo. | Ulises Castellanos

  • 25/03/2021
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Bien dicen que solo hay dos tipos de motociclistas: los que se van a caer o los que ya se cayeron; y yo ya pertenezco al segundo grupo. 

El fin de semana pasado intenté retornar en la carretera México-Pachuca en una vía paralela. No vi la grava aunque no iba muy rápido. Di vuelta a la izquierda pero la llanta trasera insistía en seguir recta. La adrenalina subió a tope y en medio del caos tuve dos opciones: acelerar o frenar e intentar controlar la moto

Seguramente me equivoqué. Frené. Es difícil resistir el instinto. Derrapamos en segundos y los dos terminamos en la grava a mitad del camino. La moto y quien esto escribe.

Es más difícil describir los primeros segundos. Todo pasa muy rápido. 

Imaginen que van en su vehículo por la noche, de pronto se cruza un venado a 3 centímetros de su cofre. No hay mucho que se pueda hacer. El tiempo no da chance a pensar.

Mientras te recuperas ves la moto, regresas el cuerpo y tratas de calmarte. Yo intenté levantarme pero sentí un dolor que me paralizó por completo. Perdí el control del tobillo y de la pierna izquierda. Simplemente no me respondía... sabía que estaba rota. La Harley pesa 250 kilos.

Me quité el casco para mejorar la visibilidad, estaba sobre las piedras. Mis dos brazos funcionaban perfecto, sin embargo, el derecho ya estaba fracturado y aún no me avisaba.

Bien dicen que en las rectas lo que se necesita es un buen motor y en las curvas mucho carácter. No importa como imagines tu primer accidente, nunca se parece a lo que realmente sucede en la moto

En este caso, casi no le pasó nada a la máquina pero a su conductor al menos un par de extremidades le quedaron inservibles. El codo del brazo derecho, tibia y peroné en la pierna izquierda. El saldo: 14 clavos y una placa de titanium en una y yeso en la segunda.

Hace poco menos de un año –el tiempo que lleva la pandemia– me inicié en el mundo Harley-Davidson. Ya había manejado moto antes y conocía algunas marcas. La primera Harley que conduje fue en Londres, en el año 2012. 

Siempre he pensado que la única manera de no arriesgarse, es renunciar a vivir

Vivir mata y no hay remedio. Y sigo pensando lo mismo. Tengo más de 30 años como periodista y en cualquier cobertura pude morir, de varias sale lesionado. Siempre puede ser peor... pero qué haríamos sin esa adrenalina recorriendo el cuerpo.

El problema es que en las motos todo lo bueno es muy bueno, pero todo lo malo también puede ser muy malo. 

He tenido un par de maestros en los últimos años. Curiosamente, los dos periodistas del diario El Universal. 

El primero, Valente Rosas, fotógrafo del diario allá por 2017 quien me enseñó a mover una moto grande en el tráfico de la ciudad. Y el año pasado David Fuentes, reportero de la nota policiaca, también del diario El Universal. Quien además de ser un colega admirado es amigo personal. 

De hecho, en este último accidente andaba con él y su amiga Claudia en la carretera México-Pachuca. Fuimos a echarnos una barbacoa el sábado pasado, aunque llevamos meses saliendo a distintos destinos: Tres Marías, Cuernavaca, Tepoztlán, Valle de Bravo y otros destinos. Con él he aprendido mucho sobre el mundo biker y, en especial, del mundo de la Harley.

Si me preguntan con quién me hubiera gustado caer, obviamente hubiera sido con él. Mientras me llevaban al hospital español de Pachuca él se dio a la tarea de cuidar la moto y enviarla a la Ciudad de México en una grúa. Claudia se fue conmigo en la ambulancia y me ingresó en urgencias. 

En esta última parte quiero dar las gracias a mucha gente: a la señora que se detuvo en la carretera y pidió la ambulancia, a los paramédicos de la cabecera municipal que me recogieron y me llevaron en ambulancia a la Beneficencia Española de Pachuca, que quedaba a 26 minutos del sitio. Y muchas, muchas gracias al doctor Lazcano, metódico, disciplinado... excelente traumatólogo hidalguense.

Ya en urgencias me revisaban, me tocaban, me sacaban radiografías, me pedían que me pusiera el cubrebocas, rayos-x,… Hablamos al seguro y se arregló todo. 

Yo decidí llamarle a mi mejor amiga en Pachuca: Frida Bulos, directora del Festival Internacional de la Imagen de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Tres minutos después estaba en la sala de urgencias.

Frida es una gran fotógrafa pero, sobretodo, es una excelente persona que me acompañó durante las tres noches y cuatro días que estuve hospitalizado. Le tocó escucharlo todo, evaluar todo, firmar todo y compartir el alta para regresar a la Ciudad de México, con mi hermano que regresó del norte para llevarme de regreso a casa. Las imágenes de esta columna son de ella. Nunca olvidaré su compañía.

Todo motociclista sabe lo que es un loco con suerte y eso es exactamente lo que yo soy. 

Pero además soy afortunado, porque tengo a las mejores y mejores amigos que pude encontrarme en la vida. David y Claudia se quedaron esa noche en Pachuca. Frida se quedó conmigo en la habitación en los días siguientes. Llegó mi padre de sorpresa. Siempre estuve hablando por teléfono con mi hermano quien estaba en la frontera.

Al día siguiente de la operación llegó Juan Carlos Valdez, el queridísimo director de la Fototeca Nacional con sede en Pachuca y yo me sentía en casa, lleno tornillos, pero en casa. En cuanto se supo un poco más empecé a recibir decenas de saludos y mensajes por todas las redes. Vamos, hasta dos de mis tres ex mujeres me llamaron preocupadas.

La velocidad es buena pero para aprender hay que ir despacio si uno quiere sobrevivir. A las enfermeras y médicos del Hospital Español de Pachuca les agradezco toda su paciencia y todas sus atenciones. Me atrevo a decir que ahora que estoy en casa los extraño. 

Quiero que sepan que no le temo a la velocidad, pero si a los imprevistos del entorno, porque superar los 120 kilómetros por hora no hace ya mucha diferencia. El tema es esa pequeña fracción de segundo, en la que se comete un error. Mil veces repasé la escena del derrape en mi mente y en todas volvía a caer. 

Morir es fácil, lo difícil es vivir y es muy difícil para los que no tienen un propósito en la vida. 

Por eso es importante llenarse de metas y no perder la capacidad de sorpresa. Seguir reinventándose. Como yo ahora, que estaré fuera de acción varios meses en términos de movilidad pero mantendré mi colaboración aquí en La Silla Rota y en otros espacios.

Sin embargo creo que no volveré a subirme a la moto en los próximos seis meses, no mientras la pierna no vuelva resistir lo de antes. 

Muchos tienen miedo de manejar una motocicleta. A mí lo que hoy me da miedo, es no volverme a subir en ella. Pero ahora seré paciente y prudente.

La semana pasada –una semana antes del accidente– regresaba de Tepoztlán y entrando a la Ciudad de México, en el Periférico, entré en el vórtice de una pequeña ráfaga de granizo. Me quedó claro que la mejor forma de ver una tormenta es por el espejo retrovisor de una moto

Y es que la única vez que fallas, es cuando te niegas a seguir, es decir, cuando te rindes.

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