Opinión

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Un nuevo viraje podría ser posible, bajo bases sensatas de respeto mutuo. | Roberto Rock L.

  • 21/01/2021
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El arranque de Joe Biden al frente del gobierno de Estados Unidos incluyó dos acciones, en materia del muro fronterizo y de la migración, saludadas con agrado por la administración López Obrador. Este relevante gesto cortés del nuevo ocupante de la Casa Blanca no parece, sin embargo, anticipar que se vaya a endulzar rápidamente la relación binacional. Las razones parecen estar a la vista.

El mensaje de Biden, a los oídos de la 4T, puede ser interpretado como una advertencia a los regímenes que apuesten a un gobierno norteamericano ensimismado en sus problemas domésticos al grado de no comportarse como una potencia mundial ni esperar correspondencia para continuar siendo un factor clave para la estabilidad económica y social de México.

Lo que ayer escuchamos de Biden anticipa un llamado a dejar en el baúl de las malas políticas la polarización que tanto practicó el ahora denostado Donald Trump, un magnate aldeano, que pretendió convencer a sus compatriotas que lo mejor era aislarse del mundo entero, protegerse tras murallas reales o virtuales, en contra de los enemigos externos ya fueran los musulmanes, los mexicanos o los chinos. Ello creó una especie de faro mundial para todos los regímenes con vocación de practicar, por otras vías, las mismas fórmulas bajo un modelo de cerrazón interna, reclamando que el mundo mire hacia otro lado.

“No nos relacionaremos con ejemplos de nuestro poder, sino con el poder de nuestro ejemplo”, dijo Biden. Y eso causará mella en México, aun en esta etapa en la que la pandemia ha debilitado los procesos de globalización.

Una revisión cercana de los proyectos a desarrollar por la Casa Blanca de Biden en los primeros 100 días de su gestión (fortalecimiento democrático, activismo del Congreso, transparencia, energías limpias, apoyos multibillonarios para la recuperación, cambio climático, combate frontal al covid-19, atención privilegiada a la frontera, seguridad) harán impresentables muchas de las obsesiones de  la 4T sobre energía ligada al carbón, apuesta a combustibles fósiles, opacidad cabalgante en el gasto público, ataque a órganos autónomos, desatención a la criminalidad organizada, pandemia virtualmente fuera de control...

Un par de horas antes del inicio del gobierno Biden, López Obrador dijo en la “mañanera” (su virtual cadena nacional de transmisión de mensajes disfrazada de conferencia de prensa) que esperaba de Biden colaboración, respeto y no injerencia. Pero quizá no deba estar alerta al poder de la potencia, sino a la fuerza de su ejemplo y el impacto que ello tendrá en México, entre los ciudadanos. Y entre los millones de mexicanos al otro lado de la frontera.

Lo que López Obrador podría hacer es retirar tantas admoniciones y advertencias de la mesa en la que parece querer sentar su relación con Biden, y colocar algunas buenas ideas y en general, propuestas. Están a la mano: combate a la venta de armas a México, ataque conjunto a las redes internacionales del narcotráfico, mayor complementación de nuestro bloque comercial definido por el T-MEC, y cómo éste puede ser fortalecido con otros países, como la abandonada alianza con Asia-Pacífico sepultada por Trump. Atención a Centroamérica…

De hecho, López Obrador ya recompuso su posición ante Estados Unidos antes.

En junio de 2017, cuando se perfilaba hacia su tercera candidatura presidencial, publicó el libro “Oye, Trump”, que compiló un conjunto de discursos pronunciados durante un recorrido efectuado entre enero y marzo de ese mismo año por varias ciudades de Estados Unidos, en las cuales ser reunió básicamente con trabajadores migrantes de México y otras naciones latinoamericanas.

“Oye, Trump” es un reclamo directo del político tabasqueño en contra del presidente norteamericano que apenas el 20 de enero del mismo 2017 había asumido la presidencia de la mayor potencia mundial montado en un discurso de polarización que resaltaba a los migrantes (“asesinos”, “violadores”, “narcotraficantes”, les llamó en campaña) entre los responsables de la postración de la economía estadounidense, de la falta de empleos y otras condiciones que amargaban a un gigantesco sector del electorado, que lo escogió por ser un ente ajeno a la clase política de Washington.

Al tomar él mismo la silla presidencial, López Obrador descubrió que la estabilidad de México dependía en buena medida de sostener una buena relación con su vecino del norte. Por ello guardó silencio cuando Trump avanzó en la construcción de nuevos tramos del muro fronterizo o acosó a los “dreamers”, jóvenes que llegaron a la Unión Americana siendo niños a los que el presidente Obama les había concedido una residencial provisional.

Poseedor de un agudo olfato político, es posible que el mandatario mexicano haya también apostado a un estado de cosas en las que Trump no atendía problemas comunes (salvo cuando lo precisaba para efectos electorales) y daba lugar a un modelo mutuamente autárquico y aislado. Vecinos más distantes que nunca... y a la vez, muy similares. 

De manera llamativa, pero no sorpresiva, todos los discursos de “Oye, Trump” quedaron arrumbados en alguna gaveta, incluso cuando el mercurial mandatario norteamericano obligó a México a cambiar su política de migración, bajo la amenaza de imponer aranceles que podrían haber sido ruinosos para las exportaciones mexicanas.

Esa dosis de pragmatismo por parte de López Obrador será más necesaria esta vez.  Un nuevo viraje podría ser posible, bajo bases sensatas de respeto mutuo. No obstante, todo indica que se demostrará que es más fácil dejar atrás el tema del muro fronterizo que renunciar a ideas preconcebidas, como la visión sobre un país que tal vez ya no es desde hace muchos años lo que López Obrador quisiera o pretende. La pretensión de una nación encerrada será insostenible. Y la ventana de oportunidad para un cambio no estará abierta siempre.

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