Opinión

“Esas no son las formas”: apuntes para reivindicación de la protesta

Todavía es un fuerte debate teórico la división entre protesta violenta y no violenta. | Carlos Torrealba*

  • 26/07/2020
  • Escuchar

Entre 2019 y 2020 han ocurrido protestas importantes en todo el mundo, teniendo como casos ejemplares a Hong Kong, Cataluña, Moscú, Líbano, Chile, Ecuador, Bolivia, Haití, México, Venezuela y Estados Unidos. Más que una sorpresa, se puede trazar una continuidad en esta oleada que el covid-19 sólo interrumpió momentáneamente.

Por distintas razones, muchas de estas protestas son frecuentemente desprestigiadas y deslegitimadas, sobre todo a partir de un señalamiento a las tácticas violentas. Sin embargo, estos fenómenos exigen un abordaje que deje de verlos como actos vandálicos y trate de comprender por qué y para qué surgen. En este escrito ofreceré brevemente algunas pautas para aproximarse a la protesta que tiende a calificarse como violenta con el objetivo de brindarle legitimidad o, al menos, problematizar el juicio moral que se suele tener sobre ella.

Siguiendo a los estudios de las tácticas de protestas, se puede hablar de dos tipos: no confrontacionales y confrontacionales. A su vez, estas últimas pueden ser violentas (violencia leve o violencia directa) o no violentas (Koopmans, 1993). Las no violentas suelen recibir el mote de disruptivas e incluyen a huelgas, plantones, ocupaciones y bloqueos de vías y, las violentas, hacen referencia a saqueos, incendios de vehículos, destrucción de propiedad y enfrentamientos con fuerzas policiales (Taylor y Van Dyke, 2004). Vale destacar que algunos especialistas sólo dejarían el adjetivo de violento a ataques físicos a otras personas. En todo caso, todavía es un debate teórico fuerte la división entre protesta violenta y no violenta.

Ahora bien, una verdad aceptada en el estudio de estas tácticas es que los repertorios violentos tienden a cohibir el apoyo masivo, rebajar el costo de la represión, no contribuir a modificar políticas en el largo plazo y, si generan cambios de gobierno, no generar uno estable o democrático. De igual forma, hay datos que permiten aseverar que la resistencia civil no violenta es el doble de efectiva en conseguir sus objetivos en comparación con la protesta violenta (Stephan y Chenoweth, 2008). Sin embargo, vale la pena apuntar algunos elementos al respecto.

En primer lugar, una escalada violenta es más probable que ocurra cuando los costos relativos de la violencia son bajos (arrestos, tortura, desaparición o muerte) y si no hay liderazgos claros (Ives y Lewis, 2020). Igualmente, al socavar la viabilidad de alternativas no violentas, la corrupción del sistema puede poner las condiciones para la emergencia de la violencia en las protestas (Thomas y Louis, 2014). Asimismo, cuando hay presencia de organizaciones formales en la protesta es bastante menos probable observar tácticas disruptivas y violentas (Medel y Somma, 2016).

También se puede discutir el tema de conseguir los objetivos. En realidad, muchas veces éstos no están tan claros en el propio movimiento o grupo que protesta, además, la efectividad puede medirse en varias dimensiones. Si bien, como se dijo, la protesta violenta cohíbe la simpatía de personas ajenas al movimiento a escala nacional, con la opinión pública local puede no pasar así. Por ejemplo, luego de las protestas y saqueos de Los Angeles en 1992, hubo un auge en el registro al partido demócrata a nivel local, por otro lado, las votaciones en los referendos posteriores se inclinaron por políticas públicas de corte social (Enos, Kaufman y Sands, 2019).

En segundo lugar, hay que incluir una perspectiva histórica en el análisis de repertorios y tácticas. Los repertorios violentos se vuelven disponibles por su latencia en virtud de la historia de los contextos en los que surgen. Los saqueos en Argentina de 2001 tuvieron como impacto inmediato la renuncia presidencial y estuvieron disponibles como repertorios en parte por los eventos similares de 1989 (Zícari, 2019). Y, en esa perspectiva histórica, siempre hay que sacar con pinzas algunos lugares comunes. En esa línea, se suele pensar que el movimiento de derechos civiles en Estados Unidos fue no violento y que sus ganancias se debieron a esta no violencia, pero esto no es así. Dicho movimiento también aplicó estrategias de riots, de hecho, en un sentido, puede decirse que Kennedy actúo para evitar la amenaza de más saqueos (Osterweil, 2014).

La protesta en la forma de saqueos, quemas de vehículos y edificios, entre otros: a) construye procesos de socialización política, logran desafiar un orden social y afectar un sistema económico (al que se denuncia), b) logra atraer atención y radicalizar la confrontación con las autoridades (Tarrow, 1997), c) abona mayor capacidad de presión para negociar y ganar influjo (Zícari, 2019) y d) puede ser muy efectiva en impactar en los cálculos y acciones de los adversarios (Thomas y Louis, 2014), como en el caso mencionado de Kennedy. Además, los eventos recientes pueden dar cuenta de ganancias y efectos más evidentes: las protestas feministas disruptivas recientes en México han tenido como efecto la activación de la alerta de género y la Ley Olimpia. En Chile y Ecuador se echaron para atrás las medidas que detonaron las protestas y, en Estados Unidos, se está planteando la desaparición del cuerpo policial en Minneapolis.

La idea no es romantizar: hay daños materiales, pérdidas económicas y se cometen delitos. Sin embargo, señalar a “vándalos”, y aplaudir formas más “civilizadas” de protesta, omite que en las protestas no violentas también hay pérdidas económicas y daños (parar una fábrica, cortar el tránsito, puede generar afectaciones importantes). Los saqueos y otras formas de protesta que no suelen llevar el mote aprobatorio de “resistencia civil no violenta” también son acción colectiva; son acciones políticas y, aunque ilegales, son totalmente legítimas. Del mismo modo, no son explosiones espontáneas, representan años o décadas de lucha. Tienen un grado de organización a estudiar en cada caso, no obstante, esto no significa orquestación o conspiración.

Cuando se silencia a ciertos grupos en términos políticos, sociales o económicos, la protesta violenta se convierte en la única forma disponible de lenguaje, de comunicar algo (Harris, 2020). Para los que protestan, son menores los costos de afectar su propio espacio público, sus propios medios de transporte, o fuentes de trabajo, que las potenciales ganancias de, por fin, ser escuchados. Y todo lo anterior vale para protestas tan disímiles como la venezolana, la mexicana, la chilena, la ecuatoriana, la boliviana o la estadounidense, las cuales, al final, se afirman en contra de alguna clase de opresión, injusticia o represión desmedida de las fuerzas de seguridad. La conveniencia táctica, ganancias y pérdidas de cada repertorio, deberá ser valorada por cada movimiento en función de su contexto, cultura, organización interna, adversario e historia, no obstante, espero que estas líneas al menos sirvan para relajar el juicio y prejuicio moral sobre la protesta en todas sus formas.

*Carlos G. Torrealba Méndez el licenciado en Filosofía por la Universidad Central de Venezuela, maestro en Sociología Política por el Instituto Mora y doctor en Investigación en Ciencias Sociales por la Flacso México.

Referencias:

Enos, R. D., Kaufman, A. R., y Sands, M. L. (2019). Can violent protest change local policy support? Evidence from the aftermath of the 1992 Los Angeles riot. American Political Science Review113(4), 1012-1028.

Harris, M. (2020). “No Form of Protest Is Considered Acceptable”. Disponible aquí.

Ives, B. y Lewis, J. S. (2020). From Rallies to Riots: Why Some Protests Become Violent. Journal of Conflict Resolution64(5), 958-986.

Koopmans, R. (1993). The dynamics of protest waves: West Germany, 1965 to 1989. American sociological review, 637-658.

Medel, R. M., y Somma, N. M. (2016). ¿Marchas, ocupaciones o barricadas? Explorando los determinantes de las tácticas de la protesta en Chile. Política y gobierno23(1), 163-199.

Osterweil, V. (2014). “In defense of looting”. Disponible aquí.

Tarrow, S. (1997). El poder en movimiento. Los movimientos sociales, la acción colectiva y la política. Alianza: Madrid.

Taylor, V. y Van Dyke, N. (2004). ‘Get up, stand up’: Tactical repertoires of social movements. The Blackwell companion to social movements, 262-293.

Thomas, E. F. y Louis, W. R. (2014). When will collective action be effective? Violent and non-violent protests differentially influence perceptions of legitimacy and efficacy among sympathizers. Personality and Social Psychology Bulletin40(2), 263-276.

Stephan, M. J. y Chenoweth, E. (2008). Why civil resistance works: The strategic logic of nonviolent conflict. International security33(1), 7-44.

Zícari, J. (2019). ¿Cuán organizada es la organización? La ‘zona gris’ de Javier Auyero, los saqueos del 2001 en la Argentina y la teoría del complot contra De la Rúa: Un debate. Revista Cambios y Permanencias10(1), 160-214.

Para La Silla Rota es importante la participación de sus lectores a través de  comentarios sobre nuestros textos periodísticos, sean de opinión o informativos. Su participación, fundada, argumentada, con respeto y tolerancia hacia las ideas de otros, contribuye a enriquecer nuestros contenidos y a fortalecer el debate en torno a los asuntos de carácter público. Sin embargo, buscaremos bloquear los comentarios que contengan insultos y ataques personales, opiniones xenófobas, racistas, homófobas o discriminatorias. El objetivo es convivir en una discusión que puede ser fuerte, pero distanciarnos de la toxicidad.