Opinión

Esas familias como barcos fantasmas

Esas familias en las que la regla es la obediencia ciega. | María Teresa Priego-Broca

  • 24/07/2018
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"No es posible desmontar la casa del amo... con las herramientas del amo", Audre Lorde.

La libertad como prohibición. Las columnas del Non Plus Ultra. El desamor que intenta inventar los gestos del amor. ¿La posesión es amor? ¿Es amor que la libertad y la singularidad se perciban como la peor amenaza? Esas familias en donde son inconcebibles el derecho al respeto y a las palabras. El derecho a la diferencia. A las emociones más sanas. "Tienes que ser como yo, pensar como yo, sentir como yo, vivir como yo". Esas familias donde las vidas de los adultos naufragan y sin embargo exigen ser repetidas. "Si yo no me salvé del naufragio, tú tampoco. Si la amargura me devora, a ti también. Si tengo que devorarte porque no puedo con mi vacío, tú tienes que dejarte devorar". Esos barcos fantasmas inscritos en la repetición en la que las/los hijas/os son concebidos como un territorio a conquistar y a dominar. El encierro. La incestualidad. La ferocidad cuando una/o de sus integrantes escapa de su órbita para habitar un mudo de elección ajeno a los orígenes. Cuando elige construirse un nombre propio. Habitarse. Renunciar a los mandatos y escapar del "ódiate a ti mismo como yo me odio a mí".

Esas familias en las que la regla es la obediencia ciega. La fusión. "Acá no hay tú y no hay yo. No hay separación posible. Eres mi sombra, mi espejo, mi prolongación". Y la fusión se sirve en la mesa como "amor". No sólo, como la única forma de amor posible. La madre -Ama, el padre-Amo que no soporta que sus hijas/os busquen sus propias preguntas. Dar por hecho. Descartar que la vida es un continuo movedero de piso. Cantidad de vuelcos. Comenzar y recomenzar. Aprehender la irrupción de la sorpresa. Son como barcos fantasmas detenidos en la niebla. La repetición es la niebla. Hacia adentro sólo hay respuestas. Con olor a naftalina, las respuestas. Y cantidad de violencia evidente o soterrada. Porque no hubo espacio para la diferencia.

Esas familias tan inscritas en la pulsión de muerte. En la rivalidad. En el narcisismo. En la puesta en escena. ¿Qué es lo insoportable? Que una hija, un hijo sea capaz de amar más allá del umbral. Que sea capaz de aprehenderse más allá del espejo. Que acceda a las palabras que nombran la miseria de los orígenes y pase a otra cosa. Que una hija o un hijo logren ese corte generacional vital:

no marcarles la piel con lo mismo. El narcisismo excesivo es sobre todo un asunto de poder. Para el narcisista la alteridad no existe. No puede existir porque le es insoportable por amenazante. La aceptación de la alteridad le representaría una amenaza de destrucción. Esa inmensa fragilidad que encubre de grandeza y convierte en su arma de destrucción. El narcisista nunca se equivoca. Nunca se cuestiona. Creció entre el abandono y la devoración. A su vez: abandona y devora.

Esas familias alienadas en discursos que se repiten hasta el infinito y en donde pareciera "natural" que una hija ocupe el lugar de la pareja del padre o la madre y un hijo ocupe el lugar de la pareja de la madre o del padre y la perversión ocupa el centro de la sala como un elefante, sin que nadie parezca darse cuenta. ¿Cómo sucede? Una infancia de abolición de derecho al deseo. Una educación para la rivalidad en la que la personalidad narcisista lanza a sus hijos a desgarrarse entre ellos para garanarse su "amor". Una infancia de desamparos y descalificaciones. Del infinito desamparo al delirio de grandeza. ¿Si un hijo no tiene derecho a su diferencia, qué le queda? ¿Sanarse o repetir las herramientas del Amo/ la Ama? Hay quien elige la puesta en escena de un intento de diferencia que de fondo mantiene todas las reglas de los orígenes: la incapacidad de siquiera imaginar la alteridad. Los otros vividos a como él fue vivido: como prótesis. Los otros cosificables a voluntad.

Esa amoralidad que se entiende como "inteligencia", "superioridad". No amar es una forma de "superioridad". Burlarse, mentir, despojar también. Lograr corromper a las personas que están a su alcance es la máxima "superioridad" posible. Aislarlos, convertirlos en odiadoras/es, aunque sean sus hijas/os. ¿Por qué? porque es la manera de probarse que no hay otros modos de vivir sino esa precariedad emocional que los toma por el cuello todos los días. Esa paranoia tan propia de las familias incestuales. Porque si el mundo no es sino una infinita miseria, si no existe sino el abuso (que ahora repite), entonces logra acomodar lo que le tocó vivir. La víctima que se convierte en verdugo porque no pudo -para sobevivir- sino identificarse con el verdugo.

Y porque en algún lugar crece cada día esa envidia corrrosiva, terrible, que arranca la piel en pedazos, esa envidia innombrable: ¿por qué los otros acceden a la risa verdadera? ¿por qué son capaces de amar? ¿por qué son capaces de sentirse amados? ¿por qué pueden disfrutar de la vida? ¿por qué no amanecen llenos de odio y rumiando sus desgracias? ¿por qué son más libres? ¿por qué no necesitan el aplauso como ellos? ¿por qué pueden confiar? ¿por qué no se sienten perseguidos? ¿por qué disfrutan de sus logros? ¿por qué no viven el desgaste cotidiano de inventarse una personalidad y una vida ajena a la realidad de su vida?. Sobre todo: ¿cómo es posible que se sientan amados? ¿cómo? ¿cómo es posible que la pulsión de muerte no haya ganado? Esas familias como barcos fantasmas. Tan con-fundidas. Las que colocan a quien se salva en el lugar del "chivo expiatorio", sin darse cuenta de lo inútil de su cobranza. Esa cobranza que es un homenaje desquiciado. Esas familias volcadas hacia adentro, chivos expiatorios los unos de los otros. Sosteniéndose en sus odios los unos contra los otros. Viviendo -¿sin darse cuenta?- los unos para los otros. Esas familias en donde se repite el drama de los orígenes: no hay un más allá del umbral habitable. La alteridad no existe.

Gavilán o paloma

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