Opinión

Entre las palabras y la página en blanco

La tragedia es una suma de historias singulares. La cotidianidad que se rompe de manera brutal

  • 26/09/2017
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Hoy desearía que esta página no estuviera destinada a un artículo, sino que fuera (en su lugar) la entrada a un blog, como aquel Un tranvía llamado deseo que escribía (escribíamos) en El Universal. Hoy quisiera más escuchar, que escribir. Leer lo que escriban ustedes. Los días y las noches se han extendido hacia cadenas de solidaridad de dimensiones a las que podríamos llamar inimaginables, si no fuera porque los habitantes de la Ciudad de México tenemos clarísima la memoria del sismo de 1985. Los escombros, la destrucción, los Topos, los cascos, los guantes. La desolación. La esperanza. La organización inmediata de la/los ciudadanas/os. La solidaridad. Hay un intenso dejà vu que nos acompaña, que está ahí omnipresente. Nos reconocemos en esta generosidad ante la desgracia. En esas vidas recuperadas que vuelven a la luz. En esas vidas que ya no están. Nos reconocemos en este dolor, en este miedo, en esta “sorpresa”, aterradora que nos provoca “la furia” de la tierra.

¿Dónde cobijarse? ¿Cómo? La tragedia es una suma de historias singulares. La cotidianidad que se rompe de manera brutal. Las/os niñas/os rescatadas/os. Las/os niños atrapadas/os. Las/los fallecidas/os. El horror. Una perrita con botas y nombre de pintora. El Cielito lindo entre los escombros, las brigadas de rescate enviadas por otros países. Un soldado que llora porque no pudo rescatar con vida a una madre y a su hija, un padre que escribe una carta de agradecimiento para el soldado que llora. Una pareja que murió abrazándose. Un albergue de niños en espera de sus familiares. Picos. Palas. Una mujer alentando a su hermano atrapado durante horas con un megáfono. El ejército firme. Una historia absurda y abusiva alrededor de una niña que nunca existió. La marina. Seguimos la información cada minuto. Se donan los tacos. Abrazos en la calle. Una ferretería en La Condesa ofrece todo su material. Abrazos entre desconocidos. La corrupción que estalla ante el derrumbe de los edificios nuevos o relativamente nuevos. La foto de la varilla delgadísimas con la que se construyó un edificio. La Cruz Roja. Los bomberos. Los centros de acopio.

El perrito rescatado en un balcón. Pareciera que es el caos y sin embargo, no.

Las redes sociales se convierten como nunca en “redes”. Útiles. Protectoras. Las urgencias circulan al instante. ¿Dónde se necesitan brigadistas, pañales, cortadoras de metal? ¿Dónde se ofrece una sopa caliente? Que no llueva, por favor. Que no tiemble de nuevo. Que nada haga aún más difícil la labor de las/los brigadistas. Las costureras de Bolivar y Chimalpopoca. Mexicanas y extranjeras. La incertidumbre con respecto a su número, a sus nombres. ¿Cuántas eran? ¿Quiénes eran? ¿En qué condiciones trabajaban? Las brigadas feministas frente al edificio derruido. La realidad ahora y la memoria de las trabajadoras de las fábricas clandestinas después del terremoto de 1985.

Lo que sucede es inmenso y está lleno de detalles pequeños e indispensables: tan inmenso como un edificio derrumbado con decenas de personas adentro y la valentía de las/los rescatistas, tan específico como unos guantes que hacen la diferencia al levantar el escombro, un juguetito ofrecido con amor, que hace la diferencia para un niño en un albergue. En estos extremos nos movemos. Con dificultad. Y en el fondo de cada una/o el inmenso silencio. Nuestro silencio interior está lleno de ruidos y sensaciones que se nos quedan: la tierra se mueve sin que se mueva. Una ambulancia. El paso de un avión nos confunde por uno segundos imaginando que escuchamos la alarma sísmica. Imaginamos un rostro para cada una/o de las/los niñas/os fallecidas/os en el Colegio Rébsamen. Los imaginamos muy poco antes, llegando con sus mochilas, corriendo por el patio. Es demasiado. El domingo por la noche corrió el rumor de que diez personas podían ser rescatadas con vida. Nos sumamos a la esperanza. Después no tuvimos noticias.

También sucede: la información que circula y corresponde más a nuestros anhelos en medio de la desesperación, que a la realidad. Las/os jóvenes tomaron las calles y hubo quien escribiera: “que ya no las suelten”, porque nos han dado una lección de vida. Así, como en 1985 la generación anterior. La reconstrucción tomará muchísimo tiempo. Sin duda. También nuestra sensación de fragilidad. Que la tierra tiemble con esa intensidad es en sí mismo ominoso, aún cuando sepamos que la Ciudad de México está en zona sísmica. Que la tierra haya temblado tan poco después de un simulacro de temblor y justo en esa fecha, es bastante más ominoso. El pánico se intensifica ante la repetición. Se revive el trauma. A eso me refiero con el inmenso silencio que nos habita a cada una/o y a ese trabajo de reconstrucción atravesado por tantas exigencias de la realidad, por el: ¿Qué sigue en términos colectivos? Y por el: ¿Qué sigue en términos individuales? Hacia adentro de cada una/o.

Cada persona necesita hablar de lo que vivió. Intentar ordenar el horror que irrumpió de golpe. Estamos (de nuevo) ante un duelo nacional. Una herida abierta. Vamos despacito acercándonos a las palabras. Intentando descifrar de qué está hecho el silencio interior. Ahora lo siento adentro mío como una piedra muy pesada. Algo compacto que no logro mirar de cerca. Analizar. Es el momento de la emergencia. Difícil procesar lo que sucede. Es el momento de la emergencia y vendrá el tiempo de las palabras. Para ordenarnos por dentro. Escucharnos las/os unas/os a las otras/os. Tener la fuerza y la perseverancia para sostener la unión, la solidaridad, la indignación, las redes. Organizar nuestro dolor y nuestro descontento. México está ahora mucho más herido, pero ya lo estaba.

No, no queremos gastos desenfrenados en campañas interminables. Queremos que el dinero se destine a la reconstrucción. Queremos que las familias recuperen sus hogares perdidos. Queremos que esa dignidad con la que las/os ciudadanas/os nos alzamos ante la tragedia, no sea pisoteada nunca más. Queremos que se investigue a cada constructora que no cumplió con los requisitos necesarios para la seguridad de los inmuebles. Queremos que se investigue a las autoridades que autorizaron esos edificios. Queremos seguridad. Queremos justicia. Y ni un milímetro menos.

@Marteresapriego | @OpinionLSR | @lasillarota