Opinión

Entre el amor y “la concupiscencia de la carne”

¿Qué existe de más humanizante que el amor?

  • 23/08/2016
  • Escuchar

Y el análisis del sacerdote (jesuita) David Fernández, Rector de la Universidad Iberoamericana: “Postura de jerarcas, ¿cristiana?” 

 

“San Pablo, uno de los fundadores de la Iglesia, rechazó tajantemente las prácticas homosexuales porque van contra la naturaleza y son una infamia de hombre a hombre”. 

 

Semanario “Desde la fe”. 

 

¿En qué consistirá la “infamia” en una relación libre y consensuada? ¿cómo el amor puede reducirse a un asunto de genitales, “cavidades” e “infecciones”? Los argumentos - tan reductores de la subjetividad humana – que ahora se alinean contra el matrimonio para todos no tienen nada de novedosos, y no me refiero a épocas tan remotas como las palabras de san Pablo: desde niña escuché hablar de “la concupiscencia de la carne”, fui educada en la religión católica. Por aquel entonces el matrimonio para todos era un tema más allá de lo inimaginable, y no sólo: la homosexualidad era negada, reprimida, castigada. La homosexualidad implicaba la renuncia a una vida amorosa, o su clandestinidad. ¿Y la sexualidad heterosexual? La jerarquía católica continua prohibiendo el uso de anticonceptivos, aunque la mayoría de las personas católicas elijan hacer uso de ellos. “Libertad de consciencia”, se llama. 

 

Cuando estudié en la escuela de religiosas, las relaciones sexuales “fuera del matrimonio” se reducían (y continúan reduciéndose desde el discurso de la jerarquía) a un mero asunto de “concupiscencia” y “carne”.  Según el Diccionario de la Real Academia: “En la moral católica, deseo de bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos”. ¿Qué significa “desordenado” y qué significa “deshonesto?” La cantidad de fantasmas oscuros y obscenos que se desatan ante la expresión: “concupiscencia carnal”, porque nada más para comenzar, si bien una está hecha también de “carne”, una no es “carne”.  

 

En términos simbólicos no es lo mismo “la carne”, que “la piel”. Ni la “concupiscencia”, que el amor y el deseo. Las palabras de la jerarquía son claras: la única manera de humanizar una relación amorosa (cualquiera que esta sea) es el matrimonio católico. Aunque la relación sea pésima. Nunca entendí lo que me explicaban entonces, porque aquello hablaba de un horror generalizado al placer  y a la libertad de elegir, y de una aprehensión de lo humano reductora y desprovista de generosidad y de bondad. 

 

 

No se trataba de reflexión, sino de obediencia. No se trataba de elección, sino de obligación.  No había hacia dónde moverse: obediencia o castigo. No había un más allá de aquellas columnas del Non plus ultra  que terminaban llamando a la negación de todas las diferencias y convirtiéndonos en jueces y perseguidores de la vida de los otros. Nos sobraban adjetivos para descalificar a cualquiera que no se sometiera a las reglas. A nadie le importaba detenerse a pensar si “las reglas” eran justas o no. Eran “las reglas”, y desde ellas cualquier crueldad estaba permitida puesto que éramos nosotros quienes detentábamos la única verdad verdadera. El amor con sexualidad incluida fuera del matrimonio nos llevaría derechito al castigo. La sensualidad sin fines reproductivos, aún dentro del matrimonio, también.  Ese discurso que reduce la subjetividad de manera tan brutal, no puede sino agudizarse hasta el delirio ante el amor entre personas del mismo sexo.  Los más siniestros y vulgares fantasmas se desatan.  

 

La jerarquía católica insiste, y supongo que es su chamba, aunque las iglesias se vacíen. Y quizá –entre otras cosas- las iglesias se vacían porque cada vez más personas rechazamos que nos impongan – en la amenaza y el castigo – aquello que nos humaniza. Me niego a reconocerme en esa “carne” de la que me hablan, desprovista de compromiso y de emociones. En esos fantasmas orgiásticos y absurdos inscritos (para la jerarquía católica) en todo amor que no se someta a sus imposiciones y a sus rituales.  No es indispensable la amenaza del diablo y del infierno para intentar construir una vida ética, amorosa y respetuosa del derecho de las personas. Nada que cuestionar – hasta de más está decirlo – a aquellas personas que eligen seguir su religión apegadas a las palabras del Vaticano. Nada que cuestionar si elijen casarse, reproducirse, abstenerse,  renunciar a todo lo que elijan renunciar, seguir paso a paso los rituales de una iglesia que aceptan y aman en tanto que intermediaria de dios en la tierra.  Pero la ética de vida de millones de personas en este mundo, no depende de esa “intermediación”.  

 

¿La iglesia católica no acepta el matrimonio religioso entre personas del mismo sexo? ¿Para la jerarquía católica el matrimonio sólo puede suceder entre un hombre y una mujer porque no existe otra forma de amor que le parezca “legítima”? Su palabra está dicha, sus feligreses son libres de seguir sus enseñanzas.  Pero el debate que ha tenido y tiene lugar en México y en el mundo, no es si las parejas del mismo sexo tienen derecho o no, al matrimonio religioso, debate que sería interesante, pero que tendría lugar del umbral de la religiosidad hacia adentro: los territorios de la iglesia. Cuando hablamos de matrimonio civil entre personas del mismo sexo en un Estado laico, nos movemos en un territorio muy distinto: el de los Derechos de las personas. Y si el Estado Mexicano no fuera laico, el punto sería exactamente el mismo (aunque correríamos muchos más riesgos de ser avasallados por la omnipotencia): Los derechos de las personas.  

 

 

El amor es una vivencia esencial en la salud emocional de las personas.  No puede hablarse de “amor” sin que incluyamos de inmediato la empatía. La empatía es la posibilidad de sentir con otro, escucharlo, respetarlo. Nada menos empático, nada menos amoroso que reducir a las personas.  Descalificarlas, convertirlas en seres de cartón. Los seres humanos no somos nuestra genitalidad, que dos hombres se amen, porque por fortuna el amor sucede, y se deseen sexualmente, porque por fortuna el deseo sucede, jamás será un mero y vulgar asunto de oquedades y penetraciones. ¿A quién se le ocurre? ¿acaso eso somos las personas?  ¿cuál es la carga inconsciente en un discurso que le da vueltas anatómicas al amor concentrándose en el ano? Cuando se refiere al amor entre hombres, y en la vagina, cuando habla del amor heterosexual.  ¿Alguna mujer ama con su vagina? Nada se dice del clítoris, por cierto. ¿No es curioso? En ese punto exacto de la meticulosa descripción el  texto publicado en el Semanario “Desde la fe” se detiene. De súbito tan pudoroso.  Al parecer el clítoris no forma parte de ninguna forma de amor. Quizá porque el pobrecito es “sólo” orgásmico.  

 

¿Alguien arrastra a las personas (que eligen seguir las enseñanzas de la iglesia católica) hacia los juzgados, para que firmen matrimonios civiles  entre personas del mismo sexo?  ¿por qué la familia católica tradicional temblaría ante otras formas de familias? ¿tan poco sólidos son sus cimientos? ¿por qué para existir necesitarían que las diferencias no existan? ¿por qué la libertad de otros de amarse a su específica manera cuestiona la suya?  ¿por qué la dificultad de aprehender que más acá, o más allá de la moral religiosa, existen otras maneras de imaginar, trabajar y construir una ética de vida?  

 

El problema no es que la jerarquía vaticana tenga sus reglas y para sus feligreses sea la palabra de dios en directo, o su interpretación. El problema es la dificultad de la jerarquía católica para aceptar que esas “verdades absolutas” que son suyas, son sólo suyas y de quienes elijan cobijarse en ellas.  Nada que ver con los demás.  Y existe el Estado laico, para recordárselos, y la convicción de cada una de los millones de personas que creemos en los derechos fundamentales, sin que nos parezca indispensable creer en el demonio y  en el infierno para respetarlos.  Parafraseando a Borges: “que nos una el amor y no el espanto”. 

 

El periódico Reforma publicó hace unos días un análisis del sacerdote jesuita David Fernández, Rector de la Universidad Iberoamericana: “Postura de jerarcas, ¿cristiana?” Comparto el enlace a su texto, porque es una lección de amor y de empatía. Ese amor que humaniza los anhelos de los otros, que se detiene a escuchar.  El amor – también sexual - entre personas del mismo sexo desde las palabras de un hombre de fe.  Van dos párrafos (y el enlace debajo):  

 

“Algo que tiene que entender la Iglesia a la que pertenezco es que, mientras queramos seguir siendo cristianos seguidores de Jesús, debemos respetar a las personas gays y lesbianas… Muchos sacerdotes y dignatarios eclesiásticos, siguiendo la postura oficial de la Iglesia, afirman que ser homosexual no es pecado; pero al mismo tiempo preconizan que los homosexuales no deben practicar su homosexualidad, y los exhortan a abstenerse. Esto para mí es muy difícil de entender.Esa misma Iglesia que llama a la abstinencia postula que el celibato y la castidad son dones de Dios. Es decir, que no se pueden forzar: a unos los da y a otros no. ¿Todas las lesbianas y personas transgénero u homosexuales tienen el don de la castidad? Probablemente alguna de las dos posturas que sostiene la Iglesia debe estar equivocada. Obligar a algo que es un don, ¿es posible?”?? 

 

“Muchas veces, delante de Dios me he hecho esa y otras preguntas y admito que me siento confundido. ¿Podrá el Dios revelado por Jesús, el Dios de la misericordia, de la ternura, de la liberación, de la solidaridad, nuestro buen Padre Dios, exigirle obligatoriamente a un joven que nació homosexual o lesbiana que guarde un celibato impuesto hasta el día de su muerte???Y luego me pregunto de nuevo. ¿Podría ese Dios que es Padre y Madre buenos, ese Dios bondadoso y benévolo, exigir a un joven o una joven que nacieron distintos, que nunca, en toda su vida, tengan una pareja y expresen hacia ella su amor?”?? 

 

http://www.ibero.mx/noticias/postura-de-jerarcas-cristiana-rector-ibero-en-diario-reforma 

 

¿Qué existe de más humanizante que el amor? Y desde todas nuestras diferencias: que nos una el amor y no el espanto.  

 

@Marteresapriego

@OpinionLSR