Opinión

Entre dimensiones y espacios

La obra de Enrique López Pacheco en la Galería de Arte del Centro Libanés. | María Teresa Priego

  • 12/11/2019
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“Nos equivocamos al decir: yo pienso; decir: alguien me piensa. Yo es otro”. -Rimbaud.

La muchacha de los cabellos largos está allí, como flotando entre dos movimientos. Es ella y en el otro lado del espacio es un boceto de sí misma. ¿Qué habrá existido primero? Los personajes de Enrique se desdoblan, entre cuadriculas, corazones, cajas translúcidas. Rostros difuminados. Letras. Formas geométricas. Grandes lienzos y figuras minúsculas. Me hace pensar en Borges, sus espejos, sus atemporalidades. También en el psicoanálisis. Seres casi fantasmáticos, como extraídos de un sueño. Esa pareja que se besa, junto a la foto del beso, a su proyección del beso. Los tiempos paralelos. ¿Hacia dónde se abren los espejos? Me reúno con Enrique. Un gato nos observa desde su canasta. Conversamos los tres.

Los personajes, el adentro y el afuera

Las figuras, son eso: estar dentro y fuera a la vez. Cuando estás pintando estás dentro y fuera del cuadro, es como un reflejo. En mi taller hay un espejo grande con un personaje que está flotando. Tú ves esa imagen y está flotando, pero si tú te ves, la figura desaparece. Cuando estoy pintando me pasa eso. A veces puedo como penetrar el espacio. Hay en la exposición dibujos muy libres que, si te fijas, no muestran un cuerpo antropomórficamente perfecto y de pronto ves a uno que es realista. Esa parte: ¿qué es real? ¿El personaje que es totalmente definido o el que no lo es? Cuando ya está plasmado son reales, tanto uno como el otro”.

“Uno representa, ‘me’ representa y el otro representa a la parte que está afuera, pero que ahora está adentro y que participa. La otra parte es el espectador que también participa en todo ese juego, que puede hacer la historia del cuadro. Le puede parecer fuerte, pero también le puede parecer poético, el orden de la exposición te puede llevar a diferentes estados. Cuando haces la distribución de la obra vas quitando y vas poniendo como si estuvieras creando un gran cuadro en ese espacio”.

                                           

Los orígenes de un artista: sábanas al viento y pisos que se hunden

“Nací en la Ciudad de México el 29 de diciembre de 1956, en un barrio en la colonia centro: Tepito, en una vecindad. Nací casi al ras de tierra. Mi madre a veces un poco loca, cada que tenía un hijo le daba por pintar la casa. Tuvo ocho, perdió dos, viven seis, yo soy el segundo más grande. Como le gustaba pintar y limpiar la casa, al colchón le quitaba las patas y subía la cama sobre el muro. En ese momento le llegó el parto, mandan llamar a una doctora que vivía a dos calles. Bajan la base del colchón sin patas, entra la doctora que era muy alta y se sume el piso”.

“El piso era de madera y la doctora se fue al fondo, quedó como a la altura del parto. Después te das cuenta que fue muy significativo. Era un cuarto grande, la vecindad y un pequeño patio, todavía la puerta se cerraba con una tranca. Una vecindad donde la ropa se colgaba en los pasillos con latas de sardinas sobre el muro. Pegabas la lata sobre el muro y a lo que le llaman ‘garrucha’ eso era lo que lo detenía, era como unos tirantes de hilo y ahí colgaban la ropa. Era genial ver la vecindad con las sábanas colgadas, con ese ritmo del viento moviendo la ropa”.

La infancia, la adolescencia, la ciencia

“Fui a la primaria en la Abraham Castellanos que estaba en las calles del Carmen, a la secundaria 4 en San Cosme, entré a la vocacional y posteriormente estuve estudiando Ciencias Fisicomatemáticas, trabajando ya en una oficina de gobierno”.

¿Cómo llegaste a la pintura?

“No conocía la escuela de pintura, nada absolutamente de eso. Eso vino después por un compañero de la oficina, lo veía pintar, dibujar y me parecía fascinante. Yo dibujaba, pero en realidad sin ninguna pretensión de ser pintor”.

¿Cómo eran entonces los espacios creativos en Tepito?

“No había nada. Se jugaba en los patios, se convivía en los parques y en las calles. Se cerraban las calles y se hacían las fiestas de Navidad, todos cooperaban, las piñatas, los cánticos. Cerraban la calle y llegaba la Sonora Matanzera, la Santanera primero. Como un rollo cultural y artístico era la Sonora. Entre bailes y broncas de las vecinas y comadres. Era divertido. Pero, ¿pintura? Yo no conocía eso. Por supuesto que sí había, pero yo lo desconocía. Estuve en el barrio hasta los 18 años. Desconocía prácticamente todo. Entré a trabajar y fue el encuentro con mi amigo”.

La familia, una cierta omisión de la memoria

“Fue complicado. Mi madre era de la Ciudad de México, a los diez años se quedó huérfana. Se llama Lucía Estela. Con ojos como los tuyos, verdes, maravillosos. Mi padre vino de Tlaxcala como de cuatro o cinco años. La madre de mi padre era oaxaqueña. Yo no entendía por qué Oaxaca me llamaba la atención, después me entero que mi abuela era de Oaxaca. Sentía Oaxaca como mi casa. Nunca lo mencionaron. Creo que había problemas de familia y por eso se vinieron a la Ciudad de México. Esos silencios familiares son terroríficos, no sabes la historia. En Diego, por ejemplo, hay toda una historia [se refiere al pintor Diego Lamas, quien nos acompaña] y puedes rastrear. Yo no sé por dónde rastrear. He visto sí, el origen del apellido Pacheco, pero en realidad, el pasado, lo desconoce uno”.

“Me hubiera gustado saber de qué parte era mi abuela exactamente. Ir. Ellos no regresaron a Oaxaca; a Tlaxcala sólo cuando éramos niños. Hubo problemas que ignoro. El campo para mí ha sido maravilloso. Pasé un tiempo en la sierra. Te nutre y hay muchas cosas que quisiera hacer por allá”.

La Esmeralda, la amistad y los comienzos ¿Y tu cita con la pintura?

“En esa oficina de gobierno conocí a Álvaro Rivera, pintor. Me parecía fascinante lo que hacía. Nos hicimos amigos. Después de varios años, fui a conocer La Esmeralda. Cambió mi vida. Un amigo de Álvaro me dijo: ‘¿por qué no entras a la escuela? Ven cuando puedas y vamos a hacer apuntes a la calle’. Coincidió con las excavaciones del Centro Histórico y ellos me llevaban. Se burlaban de mis dibujos porque eran terroríficos”.

¿Terroríficos cómo?

“No eran tan figurativos, tenían muchas fallas. Quería aprender a hacer retratos. Los diseños de arquitectura no me costaban tanto, porque parte de mi trabajo fue cálculo de estructura metálica en Pemex. Dibujos arquitectónicos más que artísticos”.

¿A qué edad descubriste La Esmeralda?

“Diecinueve años. Seguí estudiando en el Poli. Estuve por tres años con una beca en el Centro de Investigaciones. La verdad no sé cómo la saqué, exigían una calificación muy alta, que no te esperas obtener. Logro entrar a La Esmeralda, yo estaba en primer año, mis amigos en quinto, ganan una beca y Bellas Artes les da material para que vayan a trabajar el Centro de la Ciudad de México como tema. Las excavaciones, las vecindades que se estaban cayendo, los tiraderos de tela que eran un alucine. Había fábricas de telas en el centro, todo lo que era el desperdicio de telas lo llevaban a, haz de cuenta el Museo de Cuevas, no existían los muros y todo estaba lleno de pedazos de telas. Era una locura todos los colores”.

El maestro Arjona en el Auditorio Nacional

“Isaac, Germán Venegas, Gustavo Monroy, Claudia, me llevaban a dibujar. Yo seguí en la Escuela, los becaron para trabajar en una exposición en la galería del Auditorio Nacional, estaba de director el maestro Arjona que ayudaba mucho, conseguía material para nosotros. En una revisión del director de los trabajos de beca vio los trabajos y preguntó: ‘¿cuántos trabajos tienes tú?’ -Cinco. ‘¿Y tú?’ –Dos’. Y le dice Isaac al director, ‘Enrique también ha ido como oyente’. Y me pregunta: ‘¿ Cuántos trabajos tienes tú?’ -Sesenta. Se los pongo en el piso y dice: ‘¿Saben qué? Ahora denle material y él está becado también’. Y yo de primer año, fue como la primera experiencia. Gano una beca por esfuerzo y hago mi primera exposición en el Auditorio Nacional ya cuando estaba en segundo año”.

¿Y qué opinaba tu familia?

“Que me iba a morir de hambre. Viví con mi familia hasta los 21 años en que me casé. Tuve tres hijos. Eso provocó de alguna forma mi divorcio. También se pierden cosas. Cuando estaba en segundo año nace mi hijo, ahora él es diseñador industrial. Mi hija Estela (como la mamma) está en Monterrey dando clases en la universidad, mi hijo vive en Cancún y otro pillo vive en Querétaro y es el más chico”.

La pintura, la pérdida. “De aquí soy”

“Desde el principio. Dejé la oficina de gobierno, puse un negocio, vendía herramienta y trabajaba en la tarde. La pintura la dejé por un año, la presión económica era terrible. Recuperé la pintura por un amigo que me dio papel y gouache y me dijo: ‘¿Cómo dejas la pintura?’ Regresé cuando vi una exposición de Jacobo Borges en el Museo de Arte Moderno. Eso me llevó a decir: de aquí soy”.

¿Qué encontraste en Jacobo Borges?

“La forma de representar a la gente. Un poco oscura en el sentido de melancólica, existencial. Eso arrastró mi vida. La parte existencial, terminar con muchas cosas Es complicado. Terminar con tu vida es muy complicado”.

¿Terminar con tu vida?

“Suicidarte”.

¿Lo intentaste?

“Por supuesto. En ese momento no tenía una razón particular. Detesté esa pérdida”.

 

¿Qué te daba esa sensación de pérdida?

“Mi familia. Todo”.

¿Por qué?

“Porque uno siente que lo pierde. Pierdes ese lazo. Los problemas, la economía, porque todo se junta”.

¿Cómo un alejamiento?

“Pierdes muchas cosas. Con mis hijos iba cada fin de semana. Con mi familia siempre fui un poco separado, hasta la última etapa de la mamma, entonces mi hermana y yo estábamos más al pendiente”.

 

¿Es reciente la pérdida de tu madre?

“En abril. Fueron cuatro o cinco años difíciles”.

¿En qué momento comenzó lo que te haya llevado a pensar en una muerte elegida?

“Ahorita no sé”.

¿Tú pintabas en ese momento?

“Sí, desde luego”.

 

¿Qué te atraía pintar?

“Gente colgada. Me gustaba leer a Jean Genet, por ejemplo, El diario de un ladrón. Te identificas con la gente que tiene ideas existencialistas. Ves muy claro muchas cosas y la decisión, no es una decisión que se esté pensando mucho. Puedes decir: ‘Bueno, ya estoy hasta la madre”. Pero siempre regresa algo y te vuelve a ubicar. Eso es lo que pasa, te ubica. Pero cuando llega el momento… fui a buscar amigos para charlar: ‘me está pasando esto, siento tal’ y en ese momento no encontré a nadie. Todos estaban ocupados, me di la vuelta a la manzana, y ya”.

¿Y ya? Aquí estás

“Estoy aquí porque se cebó. Cuando sucede esto, realmente mueres. Ya esa presión de no estar desapareció. Me ayudaron amigos, un psicoanalista y un chamán. Ellos se conocían. Conocía gente en la sierra. Vi cosas impresionantes sin meterme un chocho. Me hizo cambiar”.

¿Cosas que te llamaron a la vida?

“Sí. Estar. La luz. Una luz que no es religiosa, es diferente. Como si me hubiera dado un toque, vi seres muy especiales. Además, dijeron (te va a parecer extraño) que parte de lo que iba a hacer yo es ayudar. Lo dijeron con un lenguaje como español antiguo. Rarísimo”.

¿Quiénes te hablaban eran personas de la realidad o una transmisión de otras voces? Me llamó la atención en tu pintura, estos personajes que tienen algo de fantasmático.

“Otras voces a través del chamán. No era gente visible”.

Las tantas dimensiones que nos habitan

“Yo vi planos, después de los planos salía gente y luego lo asocié con la gente en la calle. ¿Cuántas personalidades tiene una persona? N. ¿Entonces qué son? Son planos paralelos de una sola persona. Desde el punto de vista físico todos los espacios vienen separados por planos y a eso uno le puede llamar tercera dimensión, cuarta, la que quieras. Y todos están en un solo bloque. La gente indigente cómo piensa, o cómo viene platicando. ¿En qué plano está? Veo la gente que se desconecta por problemas mentales, por psicóticos…”

“Son como planos, los he observado a veces por días, porque tienen la misma ruta Y trabajan en diferentes planos, tiene que ver con eso, con la gente desconectada. El principio de todo esto fueron los planos, la vida de la gente, lo que yo vi, cómo saben las cosas, la energía. Cálculos infinitesimales, hay muchas cosas que vi como un maestro con el que trabajé que se apellidaba Antuñano”.

¿Con planos te refieres a dimensiones?

“Sí. Pero como lo represento con paralelos y en los cuadros planos que están pintados con transparencia, seres que no tienen la cara totalmente definida”.

 

¿Por qué esa indefinición?

“Porque puede ser cualquiera. En algunos casos particulares tomo a una persona que me guste, no por algo justificado, me gusta la cara, me gusta su actitud y digo: éste”.

¿A los objetos pequeños expuestos en la mesa? ¿podríamos llamarlos arte-objetos?

“Es complicado, puedes llamarle arte-objeto y sería lo más apropiado. Otros dicen: ‘es escultura’. Yo no los catalogo, la verdad. Teresa del Conde algún día dijo que estaba yo dentro del abstraccionismo… ¿cómo era? Te catalogan y te dicen: ‘Tú eres de esta corriente’. Nos etiquetan para podernos identificar, pero en realidad es lo que menos nos importa, qué somos, en ese sentido. Igual los otros cuadros que llevan una base y cierta transparencia estarían dentro de un arte-objeto. Son cuadros verticales con dos visiones, o tres o cuatro”.

Y una mezcla de colores muy fuerte. Estrujantes. ¿Es cómo sucede?

“Es lo que te da en ese momento, no piensas en el color o en la forma de ponerlo si es como violencia o tal o cual. Tú trabajas, ves algo y lo pones. No catalogas que va a ser rojo para significar a la violencia”.

Pero ¿cuál es tu proceso interior? El que es sólo tuyo

“Búsqueda de conciencia, he trabajado ya varios años con eso. Siempre te pone trabas la vida, pero tú sigues avanzando y seguir diciendo a través de la línea, el color lo que tú ves”.

La Mamma. Mencionaste que esta exposición deseabas dedicársela a tu mamá

“Sí, de hecho, la quería llevar, pero no llegó. Era como, el espacio… todo mi trabajo se va hacia el espacio como algo inalterable. Cualquier partícula por pequeña que sea está rodeada por espacio. Sí eso es cierto, imagínate lo que podemos hacer dentro de los espacios. Un punto te lleva a donde tú quieras. Un punto de mancha te lleva a otros lugares. Tú escribes con el dibujo”.

¿Qué sentía tu mamá de tu pintura?

“Realmente no tenía mucha opinión. Le gustaban los paisajes y cosas así a la mamma. Decía que siguiera pintando y que estaba loco. Después hubo un respeto sobre lo que había tomado como decisión y como oficio. Yo no me presento como si soy tal o soy cual, soy pintor, no puedes hacer una historia de algo que no sigues haciendo, piensas de otra manera porque viste la otra parte, la técnica, pero también descubriste que había una relación muy directa con lo que es la parte física, la parte cuántica que no se explica, pero que pasa, como en una literatura como la de Jean Genet, que es fuerte, mucha gente no entiende qué pasa con eso, o con la filosofía. A veces a mí una palabra me da muchas imágenes, una persona me da muchas imágenes. Lo que observas. Una película, un pequeño texto. Una pequeña frase a veces te deja mucho”.

¿Crees que los territorios maternos tuvieron algo que ver en este llamado tuyo hacia la pintura?

“¿Qué había con la mamma? No sé, pero ha sido mi amor más grande mi madre. Era como procurarla. No me decía nada, salvo que siguiera haciendo lo que quisiera, que eso era grandioso. ‘No importa lo que hagas, pero sigue’. Siempre me preguntaba, ‘¿cómo estás, hijo?’ Y, yo: ‘pues de maravilla’. Y luego me dejaba cincuenta pesos. ‘No, yo estoy bien’ y ella decía: ‘llévatelo’. Las mamás son así. Y claro que descubrÍa y olía que no estaba bien. Nunca me quejé”.

Pero ella te arropaba igual

“Y sabía que me estaba llevando el carajo” [risas].

La irrupción de los maestros. El tránsito, ¿cuál ha sido? ¿qué es lo que ha ido moviéndose desde tus comienzos hasta ahora?

“Todo. Es como cualquier profesión. Estás pinte y pinte y pinte, me gusta experimentar, pero después de años es cuando estás seguro de lo que haces”.

¿Tus personajes han ido cambiando? ¿cómo eran antes?

“Por supuesto. En algunos momentos mucho más definidos. También tiene que ver con las influencias desde que empezaste a pintar. Cuando entré a la escuela se hablaba de Picasso, Matisse. En La Esmerada no había libros de un Rauschenberg, un Motherwell, de esa gente que trabajaba el expresionismo abstracto, los conocimos después. Picasso tiene su valor impresionante, pero hay muchas cosas que no me parecen. Lo que pasa es que mezclo la parte personal con la parte artística. Él era un genio, se fusiló a medio mundo con una habilidad genial. Veía a Modigliani, retomaba algo de él, y mientras Modigliani hacía un cuadro, Picasso hacía veinte. Entonces asumían que Picasso era el generador. Al cubismo le pasó lo mismo. Se le acababa la pila y entonces tomaba a los africanos, era genial por ese lado. Fue una gran época, como el siglo XIX en México. En el arte el siglo XIX fue el parteaguas de todo, la ruptura”.

¿Quiénes serían tus pintores de elección?

“De los primeros: Picasso. Robert Motherwell. El español Chillida. Anteriormente Pierre Alechinsky, además tuve la fortuna de saludarlo.

Me recordaste “Rayuela”. Los pintores y músicos que tantas/os descubrimos en sus páginas. Alechinsky, por ejemplo.

“La pintura de Alechinsky es como su hija, cuando vino traía su sombrerito y con una flor acá. Así locura. Era como su pintura. Expuso aquí Pierre Alechinsky, fue maravilloso, ya conocía su pintura, todo, fue fuerte. Todavía tengo obra de ese periodo. Después descubro a Robert Motherwell a Rauschenberg, al venezolano Jacobo Borges, a Alfred Kiefer. Kiefer es impresionante. Va pasando el tiempo y vas modificando los gustos y los elementos. Aunque Motherwell o Rauschenberg son totalmente abstractos, a mí me dan mucho. Y todo el proceso es que te vas de lo abstracto a lo figurativo, pero no por el hecho de decir: “ahora soy abstracto”, como muchos pintores dicen. Creo que todo se va fusionando y a veces tienes la necesidad de manchar y a veces tienes la necesidad de la figura, o romper los cánones de espacio e invertir la realidad”.

“Rauschenberg hacía collage y pintaba con una brocha ¡Así! Los cuadros grandes los hacía en papel milimétrico. Minúsculos cuadritos de un milímetro por un milímetro. El señor dibujaba la mancha allí y luego la transportaba a un tamaño de tres metros por cuatro. La libertad que veías en esa mancha era brutal y exacto, perfecto. Un día le preguntaron qué era lo que pintaba y él dijo: “qué hay más claro que una mancha”, lo cual es cierto”.

“Si tú ves un cuadro figurativo, Rembrandt, los grandes y ves un pequeño fragmento, tienes un cuadro abstracto, no entiendes si es un pedazo de camisa o qué. La abstracción está inmersa en el mismo realismo. Y la abstracción como movimiento tiene sus reglas, pero en realidad todo lo que hagas, aunque sea figurativo es una abstracción: abstraes de la realidad las cosas y las representas a tu manera. Ese es nuestro trabajo: comunicar. Aunque cuando estás pintando no estás pensando en comunicar nada. Estás poniendo lo que en ese momento se está dando, lo que leíste, es un conjunto de cosas. Va aumentando porque te vas preparando a lo largo de la vida, lo que ves, lo que lees. Todo te nutre, la misma música”.

¿Y ahora cuáles serían tus pintores indispensables?

“Anselm Kiefer. Creo que nada más, de momento”.

¿Qué pintores mexicanos te han movido?

“Toledo, Tamayo, Morales. Pintores mexicanos hay un mundo, muchos no reconocidos, como el Dr. Atl, por ejemplo, no le han hecho justicia porque fue alguien de los grandes. Goitia es impresionante, te representa cómo es el campo. Decía que no se explicaba como Diego podía pintar a los indígenas si nunca había vivido con ellos. Él se fue a la sierra de Puebla y estuvo con los indígenas. Vivir como los indígenas para poderlos pintar. ¿Cómo voy a pintar si voy a Xochimilco, dibujo a un indio y lo pongo en la tela? Eso no es representar al pueblo. El más grande es Orozco, Siqueiros, un gran inventor, Frida, publicidad nada más, es fuerte, pero Frida no fue tan validada hasta que se hizo comercial. Había pintores mucho más importantes, no por ser mujer, que conste. Una pintura demasiado visceral, donde ella siempre se representó y creo que podría haber visto mucho más. Además, con toda la gente que conoció, había mucho que hacer y no centrarse en su dolor, pero, bueno esa es decisión de cada quien. Es válido, tan válido como los pintores que pintan sólo para vivir, los que hacen paisajes. No les quito mérito, pero hablo de lo que no es crear”.

La enseñanza. Transmisibles e intransmisibles. ¿Cómo decidiste que querías enseñarles a otras/os a pintar?

“Entré por necesidad, en el Colegio de Bachilleres, luego di clases en Bellas Artes, di cursos en la universidad, luego decidí ya dar clases particulares. A Bellas Artes renuncié por su burocracia. Si vas a enseñar, vas a enseñar, no se trata de ser tan rígido cuando lo que quieres enseñar es que se puede crear a partir de una pequeña mancha, ese era un poco mi argumento”.

Hay una parte indecible, intransmisible, cada quien trae lo suyo. ¿Qué es lo “enseñable” cuando hablamos de arte?

“La técnica de lo que tú sabes y después que la deshagan. Les tienes que enseñar las bases para poder después destruir, transformar, aventarte retos que te dijeron que eso estaba casi prohibido y que te das cuenta que no es cierto. Han cambiado los materiales, te dicen que aceite con agua no se puede llevar, pero depende cómo lo metas puedes hacerlo. Y que no puedes meter un barniz polícromo. ¿Viste que algunas figuras tienen una mancha de aceite transparente, brillante? Es como polyester, no se puede usar en tela, se usa para los muebles, para los pianos, yo lo usé en tela. Eso es parte de la técnica. Tú lo que les enseñas a los alumnos es que se puedan expresar, que digan lo que quieran, empezando por la palabra, que se sientan bien. Demostrarles que pueden hacerlo. Te calificas: ‘no puedo porque no sé dibujar’. Bueno, te enseño un sistema para que lo hagas. Los grandes usan proyectos de cuerpos opacos. Vermeer proyectaba la figura, Rembrandt lo hizo”.

“Dibujas y luego pintas, desde luego se necesita oficio para resolverlo. La Academia dice que tienes que dibujar con modelos. Es maravilloso, por supuesto, enfrentar al cuerpo es la cosa más maravillosa. El cuerpo femenino es lo más grandioso que hay. El cuerpo del hombre es bello, sí, pero no te da nada y no porque yo sea hombre. La figura femenina es espléndida y hablo de gente joven o gente grande. Ves a una mujer con sus arrugas y todo y parece tierra arada, te inspira verla: Es un viaje”

“Trabajé con psicóticos, estudié psicoanálisis un tiempo, con una gran psicoanalista, Jussara Teixeira, me refería personas con problemas psicóticos para trabajar la pintura como terapia. Aunque venían sus cuidadores con ellos, dentro del taller eran libres. Mi taller se estaba cayendo, estaba en ruinas, pero era interesantísimo, los huecos, las grietas, entonces los puse a pintar todos los muros. Geniales muchos jóvenes. Es una forma también de ayudar, me agrada porque tratas de entender qué pasa con sus cabezas. Sin catalogar, para no cerrarte tú. Observo, veo. El arte hace falta. La cultura hace falta. Entre ellas cultura, educación. Y si trabajas con gente que decimos: ‘no tiene nada’ y ves el talento maravilloso que es suyo. Es lo que me ha impulsado, creo que lo que sabemos hay que enseñarlo, hay que transmitirlo”.

La exposición está abierta al público desde el 5 de noviembre.