Opinión

Entre candidato y presidente: la comunicación de AMLO

El problema va mucho más allá de la comunicación y las herramientas para su ejecución. | María Fernanda Salazar

  • 28/06/2019
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Si algo quedó claro el sexenio pasado en términos de la comunicación política, es que no se puede comunicar bien si se gobierna mal y no se tiene claro para qué se gobierna. Esto es particularmente cierto con el incremento en el uso de las redes sociales como espacio de debate político y con la difusión de información y contenidos -verdaderos o falsos- que merman la legitimidad de las autoridades y ponen a prueba su capacidad de respuesta y empatía.

Sin embargo, aún hay quienes caen en el error constante de atribuir a la comunicación aciertos o errores que corresponden al ámbito de la política pública.

Tal es el caso de lo que sucede actualmente con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, en el que personas partidarias de su gobierno emiten críticas a su ejercicio comunicacional, pero les cuesta mucho más trabajo reconocer e identificar que, mucho más que la comunicación, hay decisiones de Estado que afectan la confianza en el presidente con algunos sectores de la sociedad. Quieren convencerse de que las acciones de gobierno están bien, pero mal comunicadas y son mal comprendidas, o que están siguiendo una ruta sin estrategia. Esto se lo repitieron a sí mismos muchos gobiernos locales y federales recientes.

Esta premisa falla por no reconocer algo que debería ser obvio: la comunicación de campaña y la comunicación de gobierno no es la misma, porque ser candidato y ser presidente no es lo mismo. En ese sentido, si bien todos podemos reconocer que Andrés Manuel López Obrador es artífice de un movimiento político-electoral único en México, a partir de trabajo en tierra y consistencia discursiva, ya no le es posible evadir la obligación de dotar de acción al discurso de candidato. Es decir, la tarea de gobernar hace imposible quedar bien con todo mundo, como suelen hacer las personas en campaña, porque el mayor reto de un jefe de Estado es determinar prioridades y, con ellas, el destino de recursos y capacidades permanentemente insuficientes, con la consecuente administración de conflictos y confrontaciones que esto implica.

Por ello, el problema va mucho más allá de la comunicación y las herramientas para su ejecución. La pregunta que está en el centro es: ¿cómo conciliar el discurso del combate a la corrupción y la impunidad con la idea de punto final? ¿Cómo conciliar el discurso del respeto a los derechos humanos con la crisis humanitaria de las personas migrantes y la relación con Estados Unidos? ¿Cómo conciliar el discurso de la centralidad de los pueblos indígenas con proyectos que implican fragmentar sus luchas colectivas? ¿Cómo conciliar el discurso de la justicia social mientras se invisibiliza a las mujeres en las agendas prioritarias del presidente? ¿Cómo conciliar el discurso del movimiento liberal mientras se abren las puertas al retroceso en el laicismo? Estas articulaciones sólo son posibles siendo candidato, no gobierno.

Por ello, no son problemas que resuelve la comunicación, sino la definición política. Estas definiciones sólo pueden ser transmitidas eficazmente si se vinculan con las expectativas y valores de las personas. Aunado a esto, la eficacia sólo es sostenible si los efectos de estas acciones pueden verse reflejadas en la realidad de la sociedad y si se es congruente con la esencia del gobierno que se prometió.

Queda claro que en los 30 millones de votos que tuvo AMLO hace casi un año, las expectativas, valores y necesidades son diversas y, por tanto, el presidente sabe que no le puede cumplir a todos, ni hablar a todos y ha tomado su decisión. Es probable que quienes a pesar de haber votado por él no se ven reflejados en su agenda, dejaron de ser prioridad para el presidente, justamente porque ya no es candidato.

Al asumir que gobernar implica costos políticos y que es prácticamente imposible repetir los resultados del 2018, López Obrador está decidiendo, como presidente, el rumbo del país, pero como político está también definiendo a qué sectores está dispuesto a perder en términos electorales, pensando hacia 2021 y 2024. Ha calculado, quizás, que no se vislumbran alternativas electorales próximamente.

En ese sentido, se equivocan quienes creen que López Obrador no tiene una estrategia política y de comunicación clara. La respuesta es que varios millones de sus votantes ya no son su audiencia prioritaria y no lo serán en sus acciones.