Opinión

En la madrugada, la obra de Remedios Varo

¿Qué tanto más de indispensable, de bello, de impostergable está allí y no lo hemos visto?

  • 10/10/2017
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"El punto supremo", es cierto punto del espíritu donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, dejan de percibirse contradictoriamente

André Breton en el segundo Manifeste du surréalisme, 1930

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Es de noche y no puedo dormir, así, como ahora nos sucede. Esta idea absurda: si permanecemos despiertos y alerta, estaríamos en la posibilidad de controlar la irrupción de lo inesperado, de la catástrofe. Con el cuerpo en tensión deambulo por la casa. Abro un libro. Lo cierro. Otro. Enciendo la computadora. Alguien por allá nos acompaña, varios, muchos, que tampoco duermen. Las redes sociales se han convertido –por las noches– en el murmullo suave de los insomnes. También traen por momentos mucho de estentóreo. Lo paso de largo. Basta (por ahora), con los ruidos que vienen de la calle: las sirenas, una alarma de un carro, un motociclista que recorre el estacionamiento de ida y vuelta con un escape violento. ¿Qué le pasa? Son las tres de la mañana. Nunca me di cuenta antes de que los aviones vuelan muy bajo. Los siento pegados a la oreja. El miedo nos muerde las orejas. Quizá el motociclista desafía sus propios pánicos provocándonoslos a los demás.

Alguien desde una colonia construida en zona lacustre tiene la calma (o la busca), de subir en el muro de su Facebook un maravilloso documental de la obra de Remedios Varo. Nunca lo había visto. Lo encontraron en 2016 en la casa de Anna Alexandra Varsoviano (fallecida en 2015), la viuda de Walter Gruen (fallecido en 2008), quien por años fue pareja de la pintora. Su pareja, su promotor, el guardián de su obra. Walter y Anna donaron al Instituto Nacional de Bellas Artes las 39 obras de Varo que atravesaron después por un largo litigio, dado que de golpe, apareció una sobrina de la pintora reclamando los derechos sobre la obra. No la movía el amor, sino Sotheby’s, en donde había ya vendido un cuadro de su tía en medio millón de dólares. Por esta vez sucedió lo que es tan difícil que suceda: la avaricia no le ganó ni al amor, ni a la memoria. Las 39 pinturas de Remedios Varo pasaron a formar parte del patrimonio artístico de las/los mexicanas/os.

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El documental nos ofrece el encuentro con obra que quizá no conocíamos, pero también la cámara se detiene en cantidad de detalles. Nunca antes había visto que en la casita de “El vagabundo”, hay una maceta con una florecita. ¿Cómo pude no verlo si es evidentísima? Se traslada en un vehículo que es su traje y su traje es su casa. Con sus libros, su foto de una mujer, sus utensilios de cocina, su gato. Su rostro se asoma por una ventana. Pareciera que todo lo que ama está a su lado, trasladándose con él. Incluida la maceta con la planta que florece. Desde esta realidad nueva, inmediata, la pregunta: ¿cómo pude no verlo? Toma una dimensión bien distinta. Estas noches nos confrontamos a tanto que no hemos visto. “Pensé que no me gustaba la vida”, me dice mi vecina, “pero sí me gusta, me gusta muchísimo”. Como si la intensidad del miedo fuera directamente proporcional a nuestro amor por la vida.

Me sumerjo en el documental que nos guía a través de pocas frases pronunciadas en voz alta, mientras las imágenes fluyen. Pareciera la voz de Remedios Varo, pero no, es una voz muy parecida a la suya. Las frases nos alumbran el viaje: “Habla voz lejana, mundo secreto”. ¿Cuál es ese mundo secreto para una pintora surrealista? El del inconsciente, el de la magia, el de la alquimia. Hay quien dice que el insomnio puede ser –también– una manera de evitar soñar. Una manera de evitar confrontarnos a esa/e una/o misma/o al cual la vigilia nos prohíbe el acceso. No queremos soñar, porque no queremos saber. Lo que se rebela en el sueño “debe” en la vigilia, regresar al espacio de lo reprimido. Dicen que Remedios Varo se despertaba en la oscuridad, se cubría con su bata, caminaba un poco por la casa e iba a su estudio a pintar. Sus sueños. “El punto supremo” del que hablaba Bretón.

Remonta mi corriente, desnúdate del temor y osa traspasar los umbrales de lo desconocido

Una mujer camina, miramos su rostro, de su cuello cuelga una máscara, con un gesto exquisito está a punto de arrojar la cabeza de un hombre en un desagüe. Sale de su psicoanalista. El sueño del rostro, del espejo, de la máscara. Remedios Varo se apasionó por los textos de Freud, pero digamos que: Remedios Varo soñó. “Hay una oscura región donde lo uno es todavía lo otro”. Ese espacio atemporal del inconsciente. Los objetos inanimados que parecieran tener vida, las llaves, los cerrojos, los gatos, los personajes de cuerpos alargados y ojos inmensos.

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Es verdad, que con frecuencia el arte es un elixir que calma el desasosiego, o quizá no lo calma, pero lo abre hacia derroteros distintos. El laberinto. El cosmos. Las lunas que se alimentan de polvo de estrellas. Alcanzar un punto en donde una sea capaz de escuchar, mirar, tocar con más delicadeza, con más detenimiento. “Sí me gusta la vida, me gusta mucho”. Y las preguntas que tienen que ver con su sentido, con nuestros anhelos, con nuestros deseos.

Los personajes aislados, solitarios de Remedios Varo. Los que miran con ojos entregados a la desmesura, o al extravío. “Hay una oscura región en donde lo uno es todavía lo otro”. También los helicópteros vuelan bajísimo y una se confunde. Esta noche pienso en el miedo como en una batalla entre Eros y Tánatos. Entre la amenaza y la esperanza. Que la noche se incline hacia la confianza. Una de las jóvenes prisionera en la torre logra escapar junto a su amado. El científico intenta atrapar a un mundo flotante. La habitación de los relojes. El documental recrea lo conocido y los detalles que quizá nunca hemos visto. El traje de un personaje se hace un continuo con el piso.

La música. Un continuo. Me siento menos, mucho menos aislada en la torre de los insomnes, así sumergida en los sueños de una mujer que no se tuvo miedo a sí misma. No a la hora de narrarse. Y para quienes no lo ha visto, quiero compartirlo. Las imágenes. El caos interior busca un orden. Necesita un orden. ¿Cómo pensar y pensarnos, si no? “Habla voz lejana, mundo secreto”. Háblame y dime todo eso que temo. La brevedad de la vida. Eso. La pérdida. El derrumbe. El dolor. La sorpresa. Háblame de ese vano intento de controlar lo incontrolable. Ese horror que no nos deja dormir. Esa pregunta que me invade: ¿Por qué no vi la maceta con la florecita en la pintura de “El vagabundo”? ¿Qué tanto más de indispensable, de bello, de impostergable está allí y no lo hemos visto?

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