Opinión

Elena Poniatowska, “El amante polaco”

En “El amante polaco” suceden cantidades de cosas construidas a través de la memoria individual y la investigación histórica. | María Teresa Priego

  • 17/12/2019
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“Escribir fue mi vida, ¿alguien vivía por mí mientras escribía? ¿La vida era eso: solo escribir? ¿Descuidé a mis hijos por escribir? Escribo obsesa, me arden los ojos, ya perdí el ojo izquierdo de tanto exigirle… ¿Escribir es hacer algo por alguien?”.

¿Hacer algo por alguien? Pregunta justo ella, la que nos ha regalado toda una manera de detenerse y escuchar al mundo. A la munda. Quisiera encontrar las palabras para hablar de Elena Poniatowska, ser capaz de una escritura que la abrace, que la honre, que pueda murmurarle lo que significa y ha significado para tantas personas. Para tantas mujeres. Nuestra gratitud. Quisiera decirle cuánto la hemos amado a través de sus libros y el casi síncope que fue descubrirla un viernes (hace ya veinte años) del otro lado de una mesa. Con su sonrisa tímida y dulce. ¡Era ella! No su foto en la contraportada de sus libros, a la que yo atesoraba casi como a una estampita. ¡Era ella! (Quizá me hicieron el milagro El Santo Niño de Atocha y San Martín de Porres y sus animalitos; a mí también me educaron las monjas).   

Quisiera decirle cómo sus palabras –las de esa niñita que comenzó su vida en francés con su gorro y sus guantecitos– nos hicieron amar más a un México que ella indaga. Con los ojos pelones. Así como escribe, entre los grandes acontecimientos de La Historia y el panadero que hace equilibrios en su bicicleta “sin que se le caiga ni un solo bolillo”. La rebanada de pan con tomate y ajo, que le ofrece el jardinero. La infancia con esos vientos: “El Mistral que viene del norte y el Siroco que viene del sur”. El liberum veto que “impedía el progreso de Polonia”. El “¡Esquina bajan!” Frente a la escuela de taquimecanografía en San Juan de Letrán. Las intrigas en las cortes de Polonia, Francia y Rusia.

Ese vaivén me recuerda a Stefan Zweig en su fascinante manera de pasar de lo macro a lo micro, de la historia de los pueblos con sus tintes épicos, a las complicaciones cotidianas de María Antonieta para vestirse –sus amplísimos miriñaques que le hacían caer desde el piso de arriba– y para caber en su carruaje. La princesita polaca lee “Los Miserables” y se identifica con Cosette, la que, escribe Víctor Hugo, “se veía en el espejo, pero no se miraba”. Hasta el día que –con sorpresa– Cosette aprendió a mirarse.

Si bien toda obra es un legado, por deseo de la autora/el autor, o a pesar suyo, “El amante polaco” es el legado de Elena específica y conscientemente elegido. La sorpresa de mirar hacia atrás. Elena narra un paseo por el Parque de la Bombilla con su nietecito Nicolás: “Al ver que no podía correr como él, me preguntó: ‘Tu es très, très, très, très vieille?” (‘¿Eres muy, muy, muy, muy vieja?’) y le respondí que sí, pero no tanto como para no querer contarle esa larga travesía que cubre más de dos siglos”.

Suceden cantidades de cosas en “El amante polaco”. En su estructura de tiempos e historias que corren paralelas construida a través de la memoria individual y la investigación histórica. “En 1795, Polonia, borrada del mapa de Europa, desapareció de la faz de la tierra durante 123 años”. La borradura. Otorgarles un sitio a esas memorias de los otros y a la memoria que nos habita.

La vida de Stanislaw Poniatowski, primer rey de Polonia y la de sus descendientes mexicanos: “’Han pasado más de doscientos cincuenta años del nacimiento de Stanislaw Poniatowski y sus descendientes se encuentran en Francia, Estados Unidos y México’, refiere Adam Zamoyski. Al leer la palabra México pensé que tal vez tenía yo una estafeta que entregar de un siglo a otro, de un continente a otro, de un tiempo pasado a uno actual”.

Entre todo lo que sucede, sí, también, Elena habla de la traición. Un entrecruzamiento de traiciones. La dolorosa traición de Catalina de Rusia a Poniatowski a quien abandona sin demasiadas explicaciones (capítulo polaco), la dolorosa traición –¿cómo va ahora a mirarse en el espejo, Cosette? ¿Cómo? – del Maestro a su pupila (capítulo mexicano). Pero Elena habla –sobre todo– de su apasionado encuentro con su hijo mayor. Quien “inspira” la historia.

La descripción de un país y tal vez de alguien más

(Una no lo sabe de cierto. Sólo supone. Intuye. Solo eso). Elena escribió: “El diario de Poniatowski: La autodefensa del último rey de Polonia frente a déspotas cínicos (Catalina, quien fue su amante; Federico, el filósofo guerrero, y María Teresa de Austria, la piadosa) es un alegato en contra de la opresión y una acusación contra el lobo que se abalanza sobre el cordero y lo destaza a lo largo de cientos de años. Polonia… fue un cordero pascual durante los años cruciales de su formación. Lo fue por su fe en la bondad humana, su catolicismo de Agnus Dei y porque no supo preservarse del cuchillo del depredador, sino hasta que la sacrificaron”.

El movimiento pendular

Es la guerra y la madre en París conduce una ambulancia. En 1942, en el barco Márquez de Comillas viajan Elena niña y su hermana, junto a su madre mexicana, rumbo a México. “No sabía que mamá era mexicana”. Su padre alcanza a De Gaulle en África. Se reúne con ellas cuatro años después. Su hermanito Jan (al que le gustaba admirar la constelación de “las siete cabrillas”. Así, como el título de aquel libro de Elena), nació en México. “Jan, nuestro hermano, nace el 9 de marzo de 1947 a las doce del día. Jamás creímos tener un niño tan hermoso. Es un rayo de sol en la casa… Podría ser mi hijo, le llevo casi quince años”. En la historia paralela Poniatowski visita el salón de Madame Geoffrin “la anfitriona del Siglo de las Luces”, pasea Versalles al lado de Madame de Pompadour.

“Europa entera pende de la opinión de Voltaire”. Carito Amor funda la Galería de Arte Mexicano. Poniatowski, conoce a la Gran duquesa Catalina, el zarévich Iván ‘se pudre en un calabozo’; en México, la “polaquita” guarda los papelitos ocultos en las galletas chinas de la suerte. Los amores clandestinos a voces de Poniatowski y Catalina: “El amor del polaco por Catalina es parte de la vida política de la corte rusa”. Elena y sus anhelos: “Nunca ha habido un campus más bello que el de la UNAM… De todos mis deseos, el principal es estudiar Medicina”. El brillante.

Los padres de Elena leen el periódico Le Figaro, la pasión de la tan joven Elena por Ana Karenina. Konstancja, la madre de Poniatowski escandalizada por la relación “ilícita” de su hijo con una mujer casada. Elena en Eden Hall, un convento del Sagrado Corazón en Estados Unidos: “A las jóvenes alumnas hay que abrirles los ojos, no solo hincarlas a rezar y a pedir perdón… lo que más anhelé es ir a la UNAM y no tuve la energía para lograrlo”, para entonces ya no quería estudiar medicina, sino entrar a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales o a la de Filosofía y Letras. Poniatowski se ve obligado a regresar a Polonia por presiones familiares. Las clases de Derecho Internacional en la Secretaría de Relaciones Exteriores en la época de José Gorostiza, Elena habla de “reparto de tierras”, su madre teme lo peor: “¿No te habrás vuelto bolchevique?”

Los valses y las polkas que baila con Carlos Fuentes quien “escribe a máquina con un solo dedo”. Los problemas del padre con los negocios. “Mis padres todo el día le ofrecen la otra mejilla a la vida”. Elena se llama a sí misma “procastinadora”. “Procastinar es inventarse una vida de mentiras para no vivir la propia”. Comienza entonces a considerar hacer entrevistas y escribir crónicas. Le llama a Alfonso Reyes, Dolores del Río y Diego Rivera. Aceptan. Sus padres le recuerdan que el nombre de una mujer en Le Figaro, “aparece solo con un entrefilet, apenas en una línea: una cuando nace, otra cuando se casa y la última cuando muere”. Ella anota y anota en su libreta Scribe. Diego Rivera la recibe: “’A ver, criaturita, ¿para qué soy bueno?’ Pregunto si sus dientes son de leche y me dice que sí, y que con ellos se come a las polaquitas”.

La traición

Lo humano, tan dolorosamente humano que se repite. Stanislaw Poniatowski no logra aprehender las dimensiones de su desgracia: Catalina lo abandona. No lo cree. Se somete a años de espera, imagina que regresará junto a él. La nueva Emperatriz de Todas las Rusias y su rey polaco. Catalina ya es aparentemente feliz entre otras sábanas con su nuevo amante. Quizá no tan delicado, ni tan culto, pero bastante menos ingenuo, más beligerante y eficaz. Poniatowski dice refiriéndose a Catalina: “’Me ordenó que esperara… A la noche siguiente, Adam vuelve a tocar el tema. ‘¿Hasta cuándo vas a cultivar tu delirio?’. ‘Todos tenemos derecho a nuestros sueños, Adam’. ‘Sí, pero el tuyo ya pasó’”.

Una muchacha católica y sus sueños suben unas escaleras hasta una habitación en la azotea. Es la “elegida” del Maestro para acompañarlo en esas salidas que se le dificultan. Ella le agradece a Dios, a las cortes celestiales, a las Guides de France por el tan inmerecido milagro. “Ahora que soy vieja me doy cuenta que era una hoja de papel de China en una azotea”. Un día “el lobo se abalanza”, como escribió Stanislaw Poniatowski al describir Polonia. Una muchacha invadida y negada. “Y pago por subir las escaleras con tanta premura, pago por ‘Las cuatro estaciones’ de Vivaldi que giran ahora su invierno para amortajarme y por cada escalón por el que ahora desciendo a toda velocidad hacia la puerta de salida y ya en la calle no entiendo, solo sé que, así como él, la azotea con su sábana tendida me ha dado una bofetada”. Vuelve a ver al Maestro. Ella está completamente sola. A él todos lo abrazan. “¿Es esto el amor?”. “Estoy sola. No sé lo que es el amor. Lo que me ha sucedido, el catre, la amenaza, el ataque nada tiene que ver con lo que leí en los libros y vi en la pantalla del cine Vanguardias”.

Sin auto-compasiones y sin excesos, habla del dolor. Aquel dolor. Con una suavidad y una prudencia infinitas. ¿Después Elena –desde el convento en Roma al que fue enviada para “ocultar” su embarazo– escribió alguna carta (con su habitual gentileza) dirigida al Maestro? “Señor Don Lobo…” ¿Por qué no lo habría hecho? ¿no está en toda la “lógica” de la negación y el “perdón”? Agnus Dei. Pero y, sobre todo: Cuando escribió existía ya ese bebé tan elegido y amado.

No estaba en Elena negarle al padre biológico de su hijo que algún día lo conociera. Elena tenía ya alguien mucho más importante a quien mirar: “Siento una fuerza enorme, una fuerza como jamás he tenido, la de diez mil caballos, la de diez mil dragones, yo misma echo lumbre, podría salir en camisón a la Plaza de San Pedro con mi hijo en brazos y anunciar su advenimiento a los cuatro vientos”. El padre de Elena no sabe del bebé. Deciden entregarlo en adopción a su tía. Con ella y su esposo tendrá una vida comme il faut. Elena se queda sola en el convento en Roma. Se lo arrancaron. Se fueron con él en brazos hacia México. La leche de su hijo está allí, sin destinatario.

Elena escribió: “El príncipe idiota de Dostoyevski me deja una huella profunda porque en ese momento en el que el tímido Mishkin, epiléptico, entra al salón de baile y ve un valioso florero que aguarda sobre una mesa, tiene la absoluta certeza de que por más lejos que se mantenga de él, va a romperlo. También yo tengo la certeza de que voy a romper algo, pero no sé lo que es”. Con el apoyo de su abuela materna, Elena recuperó a su hijo. Elena rompió ese “valioso florero” que estaba destinada a ser. Rompió con casi todo. A la “Letra escarlata” que marcaba a las mujeres “indignas”, opuso sus letras. Cuenta la historia porque es la de ellos dos, la de la madre y la del hijo. Tan conmovedora y tan única.

Esa descubierta de la maternidad. Ese diálogo secreto entre la madre y el niño por llegar. En aquellas circunstancias, fue un: “tú y yo”, si no, “contra el mundo”, sí un “tú y yo” con la intensidad que el aislamiento confiere. Ellos en su isla que mira hacia las calles de Roma. Elena supo acompañar –en su hijo– a un ser bellísimo, al que le brillan el corazón y las neuronas. Un científico con un sentido del humor exquisito. Todo un hijo de su madre y de su padre astrónomo. El hermano mayor de su hermana y de su hermano. ¿Qué le podría una decir a aquel Maestro invasor? Nos ahorramos los adjetivos. Qué difícil debió ser separar. Hacer un corte en el cómo, y su luminosa y elegida consecuencia. Elena quiso y pudo hacerlo.

Se calló por más de sesenta años. Ya fue hora, para ella, de mirar hacia los últimos casi trescientos años de su pasado. El legado para sus hijos y sus nietos. Y, de golpe se desatan esas otras vertientes: la de quienes llaman a la maledicencia, cuando ella ya dijo lo que necesitaba decir. Punto. Léanla. Y la de un testimonio que se convierte en Acto político. En un entrañable #MeToo. Sucede a pesar suyo. Está bien que así sea. “¿Escribir es hacer algo por alguien?” Sí. Una vez más, la voz de Elena es la voz de tantas mujeres. Es una figura icónica y lo sabe, pero nunca lo va a saber. Elena no cree en esas cosas.

Puede tardarse dos horas en salir de un evento porque en el camino la detienen para conversar, pedirle una dedicatoria, tomarse una foto. Ella se detiene y da las gracias. Elena da muchísimo las gracias. No solo porque es tan bien educada. Las da porque en algún lugar, tan misterioso, la sorprende saberse amada. Como si lo descubriera cada vez. Me hubiera gustado que los capítulos de la vida de la descendiente mexicana de Poniatowski duraran más, mucho más. Elena prepara ya la segunda parte de “El amante polaco”, “haz dos libros”, le recomendó Marta Lamas, en medio de la desesperación y el “enredo” en el que Elena sentía que se hallaba.

Deseo que las Cortes celestiales, las Guides de France, gatito Monsi, gatita Váis la lleven a que abunde en su historia (la mera suya) para el próximo tomo. Una carcajada me llega con la última frase, la de su hijo. Tan igualito a él mismo. “Para Mane escuchar las teclas de la máquina de escribir y su ring-ring cada vez que llego al final de una línea es su canción de cuna. Lo que más le enferma es que le diga: ‘Ya acabé, vamos a salir’ y siga tecleando. “Mamá, ¿vas a hacerme eso toda la vida?”.