Opinión

Elecciones de Estados Unidos: ¿Globalifóbicos contra globalifílicos?

No fallaron las encuestas. Fueron esos escasos votos (sumados son miles), que le dieron la victoria a Trump.

  • 13/11/2016
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No hubo poder humano que hiciera cambiar el voto a favor de Trump a quienes desde un inició se convirtieron en sus principales seguidores, fans y coro burlón, misógino, xenófobo y racista que acompañó cada mitin político del entonces candidato republicano. Además de esa base de apoyo y voto seguro para Donald Trump, el multimillonario empresario convertido ahora en el 45vo presidente de Estados Unidos conquistó el apoyo de casi 60 millones de ciudadanos estadounidenses que votaron por él el pasado 8 de noviembre. Trump sin embargo, no tuvo la mayoría de votos directos ya que Hillary Clinton obtuvo poco más de 200 mil votos más y por tanto la mayoría absoluta, pero dado el complejo sistema electoral estadounidense el triunfo es para el contendiente que obtiene un mayor número de votos electorales que se consiguen al triunfar estado por estado y sumar los votos que cada entidad tiene previamente designados.

 

La discusión de si es justo o no este sistema es irrelevante porque ha funcionado básicamente bien por más de 200 años y al final la fortaleza de la democracia estadounidense se basa en que el candidato perdedor reconoce el triunfo del que consigue el mayor número de votos electorales y con esto legitima al nuevo presidente. Cada candidato perdedor pasa por el difícil momento de reconocer el triunfo de su opositor y desearle suerte por el bien de la nación. Ese acto pone fin a la contienda electoral y se pasa a la etapa de transición de poderes que concluye oficialmente con la designación el 20 de enero del siguiente año que en este caso, será al inició del 2017 cuando se lleve a cabo la ceremonia en que oficialmente Trump se declare presidente de Estados Unidos.

 

Mucho se ha discutido sobre porque los escándalos, malos modos, expresiones y posturas francamente inaceptables y políticamente no incorrectas sino detestables del entonces candidato Trump no fueron suficientes como evitar para que un número tan elevado de simpatizantes lo apoyara dijera lo que dijera cada vez. Sin importar el escándalo en turno, Trump nunca estuvo debajo de las encuestas y nunca cayó en la intención de voto respecto a Clinton con una distancia que permitiera pensar que ella lo aplastaría.

 

Esto es lo que hizo de la campaña un proceso tan agotador no sólo para los estadounidenses sino para el mundo entero. Cuando se pensaba que luego de los debates la personalidad o falta de claridad en sus propuestas lo derrumbaría, bajaba un par de puntos que recuperaba al poco tiempo. Los escándalos y acusaciones se multiplicaban y avivaban el debate en su contra pero su base de apoyo se mantenía fiel. Las encuestas no mentían y por eso para los demócratas no se podía cantar victoria hasta que el día de la elección, aunque confiaban públicamente en la sensatez del electorado dada la personalidad de Trump y sus posturas política abiertamente belicistas, racistas y proteccionistas desde el punto de vista económico.

 

Los demócratas siempre previeron una contienda muy reñida como lo fue, pero no consideraron que la movilización de sectores como las mujeres, minorías como latinos o afroamericanos junto con el apoyo explicito de figuras públicas y políticas de gran peso en la sociedad estadounidense (como son los Obama), no alcanzaría para imponer el triunfo en algunos de los estados que darían los votos electorales suficientes, para imponerse sobre Trump.

 

No fallaron las encuestas. Los latinos si salieron a votar, si se movieron las mujeres, si apoyaron los afroamericanos lo que permitió que la opinión de casi 60 millones se hizo sentir en las urnas a favor de Hillary –podremos después discutir como voto cada sector pero en lo general se movilizaron-. Lo que contó sin embargo, fueron esos escasos votos (sumados son miles), que le dieron la victoria a Trump en estados claves como Florida donde la estructura política de los republicanos se impuso por escaso margen a los demócratas y con esto, todos los votos electorales fueron para el empresario. Esto ocurrió a lo largo del país en muchas partes donde la diferencia, aunque mínima en número de votos, permitió que los Republicanos alcanzaran la mayoría en ambas cámaras (Senado y Cámara de Representantes). El país no solo se pintó de rojo (color de los republicanos), sino que ahora la nueva configuración política tendrá el poder de imponer una visión en temas controversiales en esa nación y hacer realidad más de una propuesta de campaña, como las que anunció Trump respecto a una postura dura hacia la migración que afecta de manera directa a miles de mexicanos entre otras naciones.

 

Trump representa un espectro ideológico que se definió hace tiempo como globalifóbicos (contrarios a la globalización que incluye al libre comercio y la movilidad humana). Al grupo que abandera Trump no es por supuesto el que desde la izquierda (Berni Sanders por ejemplo) critica al decir que la liberalización comercial ha generado una enorme desigualdad y contra eso es a lo que se opone esta tendencia. Para los globalifóbicos a favor de Trump lo que enarbolan abiertamente es reproducir valores y condiciones que preserven las diferencias sociales basadas en el origen nacional y donde la población de origen racial blanco tenga la supremacía, como ocurrió hace un siglo (antes de la lucha por los derechos civiles) para lo cual un elemento no sólo simbólico, sino físico es amurallar su territorio.

 

Este debate va al centro del corazón de los republicanos que pese a haber salido vencedores de la contienda electoral al colarse al carro completo que les ayudó a conseguir Trump, enfrentan una profunda crisis interna y la mayor de las paradojas. Son ellos, los republicanos, quienes más han fomentado el modelo de libre comercio que hoy critica Trump y son ellos, los más globalifílicos (a favor de la globalización), quienes tienen en Trump a su principal opositor. Así, aunque los republicanos ganaron en términos electorales lo que estamos viendo es el empoderamiento de un líder que si bien se benefició de esa estructura partidaria, al mismo tiempo tiene la independencia y la arrogancia suficiente para no hacerles el menor de los casos. Estamos ante un presidente que venció con un discurso confrontador y desafiante al establishment, sus lideres políticos y sociales e incluso a su élite económica. Esa es la clave de su éxito y lo que justificaba apoyarlo dijera lo que dijera. Nadie cree más en los políticos y esto lo aprovechó la derecha conservadora que encabeza Trump que más allá de los republicanos gobernará el país más poderoso del planeta.

 

Dra. Leticia Calderón Chelius

 

Es investigadora del Instituto Mora en la Ciudad de México. Doctora en Ciencias Sociales por FLACSO y maestra y licenciada en sociología de la UNAM. Actualmente es Miembro de la Academia Mexicana de Ciencia, Nivel 2 del Sistema Nacional de Investigadores (S.N.I). Es Secretaria del Patronato de la Organización civil Sin Fronteras I.A.P. Coordina el grupo sobre Xenofobia de la RED INTEGRA del Conacyt y organiza y difunde la página web www.migrantologos.mx

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