Elección USA: fe de erratas

Me equivoqué en mi predicción. Dije que ganaría Hillary Clinton y perdería Donald Trump, pero ocurrió lo contrario. En este breve nota quiero mencionar algunas señales rojas que no fueron valoradas suficientemente, y acabar con un par de ideas sobre cómo podría transcurrir la presidencia de Trump, al menos hasta la elección intermedia de 2018.

 

Primero, las luces rojas. David Axelrod es uno de los analistas políticos más finos y principal estratega del equipo que ayudó a Obama a alcanzar la Casa Blanca: A principios de años escribió en el New York Times un artículo de opinión en el que sugería que, con elecciones abiertas, los votantes suelen apoyar al candidato que menos se parece al presidente saliente y más enfatiza los rasgos opuestos. Entre la enérgica campaña anti-establishment de Trump, y el “más de lo mismo” defendido por Clinton, los votantes decidieron optar por lo primero, a pesar de los riesgos inherentes a elegir a un presidente con rasgos tan poco ejemplares (machista, misógino, ególatra, gorrón y racista, por lo menos).

 

A su vez, los reportes del apoyo dado a Clinton por grupos claves de la coalición ganadora creada por Obama, como los obreros de clase blanca, o los negros, no mostraban un nivel parecido de entusiasmo al mostrado hace cuatro años. La pérdida de Wisconsin y Pennsylvania se podría atribuir al poco énfasis que hizo Clinton en mantener a estos grupos en su coalición. La clase blanca con pocos recursos, afectada por la deslocalización de empresas y el incremento del coste del seguro de salud, y ninguneada por la elite educada del partido, prefirió las bravuconerías trumpianas que un Obama bis.

 

Por último, cabe recordar a Rodrik y su famoso trilema: las naciones con economías abiertas, tienen que optar entre mantener la estructura del estado nación (pero con menos democracia), o privilegiar el régimen democrático (pero con fronteras abiertas y colaboración con naciones cercanas). En Estados Unidos, los ciudadanos no quieren renunciar a su sistema democrático, y paradójicamente han votado por menos comercio global y más nacionalismo rancio (“hacer de nuevo grande a América”). Como demuestra la experiencia de las economías escandinavas, la ciudadanía sólo acepta una economía abierta si el gobierno ofrece una red social que cubra a los grupos más debilitados por la apertura económica. Los demócratas lo apostaron todo a la nueva clase alta (Silicon Valley) y asumieron que sus antiguos aliados obreros les seguirían sin exigirles cuentas. Ya vimos el resultado.

 

Si nos planteamos, por otro lado, qué hará Trump durante sus dos primeros años en el gobierno (hasta las elecciones intermedias de 2018), hay algunos movimientos seguros, como nominar a un juez conservador para la Corte Suprema que acabe con el sueño liberal por retomar una corte que lleva décadas con mayoría republicana. Además, es muy posible que busque renegociar tratados de libre comercio (pobre papel el que le espera a nuestro presidente) para apaciguar a sus votantes más radicales. También podemos dar por descontado una vuelta a las reducciones de impuestos para los más ricos, en la estela de Reagan y Bush. Y seguramente, sigan las deportaciones.

 

Lo que no está tan claro es que la mayoría republicana en los tres brazos del poder se atreva a abolir Obamacare, o apruebe una ley más restrictiva para los inmigrantes, ya que estas medidas podrían ayudar a movilizar de nuevo a los votantes demócratas. Si se da esta pelea, ahí veremos la verdadera pasta de la que está hecho el electo presidente de los Estados Unidos.

 

@OpinionLSR



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