Opinión

El veinte-veinte no es mágico

De Timoteo y de otros líderes aprendí que antes que ser abogado era necesario aprender a ser defensor. | Manuel Fuentes

  • 01/01/2020
  • Escuchar

Desde pequeño veía con asombro cómo mis mayores hacían, de los últimos minutos de cada fin de año, un momento mágico. Todos se abrazaban, comían uvas a toda prisa y nos obligaban a pedir un deseo por cada una que comíamos. Yo no tenía tantos deseos para llegar a doce, me decían pide, pide, pero no los puedes compartir con nadie; yo me esforzaba: 1) que mis padres vivan mucho tiempo, 2) que mis hermanos ya no se peleen, 3) que mi familia tenga salud, 4) que mi padre tenga trabajo, 5) que siempre tengamos qué comer, 6) que mi maestro no me repruebe…

Me preguntaban ¿Cuántos deseos llevas? -seis, me decían: ¡Bahhh! Nada se te cumplirá. La verdad no me gustaba que me obligaran a soñar, porque cada día tenía muchos deseos de manera natural, con tan sólo jugar, brincar, caminar, correr por todos lados, sentir mi respiración, mirar hacia el cielo y contemplar las estrellas... En poco tiempo descubrí que soñar no era suficiente para conseguir lo que yo quería, que mi mente por más poderosa que fuera tenía que poner de su parte actuando.

Al paso de los años tomé algunos de los apuntes del poeta Octavio Paz para entender lo que me ocurría de niño; él escribía:

Nos arrastra

El viento del pensamiento,

el viento verbal

el viento que juega con espejos,

señor de reflejos,

constructor de ciudades de aire,

geometrías

suspendidas del hilo de la razón.

¿Cómo ligar los sueños con la razón?, ¿bastaba con cerrar los ojos, con dormir y soñar que era piloto de un avión supersónico, astronauta, químico, biólogo, dibujante, matemático, médico, abogado, historiador…? Cada maestro que escuchaba frente al pizarrón nos contaba de su materia, y con esa pasión que lo hacía, lograba trasportarme a cualquier lugar, por más remoto que fuera. Recuerdo que llegaba con mis padres al salir de clases y les decía:

- ¡Ya sé que quiero ser de grande! ¡Astronauta!

Sólo escuchaba cómo soltaban la carcajada. Pero aun así me gustaba mirar las estrellas intrigado y tenía ansias de saber que había en esos lugares tan lejanos. Soñaba con transportarme en una nave, de esas que sabía se inventarían en el futuro para llegar a ellas, a velocidad de la luz.

Al día siguiente, escuchaba a mi maestra de biología y me quedaba impactado de la dimensión de la naturaleza; nos platicaba angustiada de cómo los bosques, ríos y animales, morían día a día por la destrucción irracional de la humanidad. Al finalizar sólo podía pensar: quiero ser biólogo para rescatar la naturaleza.

Cada día cambiaba de opinión, quería ser físico matemático, ingeniero en robótica, ingeniero en alimentos para lograr inventos que pudieran dar de comer a los más pobres y muchas otras profesiones.

Ya en la preparatoria, en los últimos días para decidir qué carrera tomar, después de noches incontables de insomnio, mis opciones eran ser médico o abogado. Médico para sanar a las personas, que no sufrieran y encontrar la fórmula contra las enfermedades incurables, o abogado para lograr que en este país hubiera justicia. Pensaba vanamente que por medio de las leyes se lograría la felicidad de las personas. Opté por esta última profesión, y en el paso de los años, al cursar mi carrera de derecho en la UNAM, descubrí que la justicia no habitaba en las normas jurídicas. Que las leyes estaban plagadas de intereses para proteger a los que más tienen.

Entendí que las leyes creadas para cuidar supuestamente a los más pobres no se aplicaban y protegían los intereses de los más poderosos, lo lograban a una velocidad increíble pasando por encima de los demás. Mientras que las leyes que buscaban proteger a los más pobres viajaban en carreta, a la que a cada rato se le caía una rueda, y así se detenía por mucho tiempo.

Fue la movilización colectiva

Descubrí que mis mejores maestros de derecho no estaban en la universidad, ahí sólo enseñaban palabras huecas, de un mundo inexistente. Encontré a mis mentores entre las personas más humildes, con indígenas, campesinos, obreros y colonos. Recuerdo a Timoteo, Margarito, Benito y Leodegario Hernández, líderes campesinos de la huasteca hidalguense, con una preparación de apenas primer año de primaria, quienes sabían más que mis maestros universitarios con licenciatura y hasta doctorado. Observaba con asombro que estas personas humildes eran seguidas por miles de campesinos, para luchar contra los latifundios, contra el robo de sus tierras, por los encarcelamientos que sufrían en esa cárcel de Huejutla, Hidalgo, en la que se hacinaban decenas y decenas de campesinos, los más pobres, como represalia por la defensa de sus tierras.

En el juzgado de aquel lugar pude estrenar mi carta de pasante, me pesaba en el alma al verme obligado a conocer la legislación penal del estado de Hidalgo como el mejor jurista de la región y darme cuenta que no bastaba que el abogado (principiante en mi caso) hiciera lo suyo. Era necesario el apoyo social, la participación consciente de los afectados para encontrar la justicia.

Recuerdo que mientras llevaba la audiencia presentando testigos de descargo, afuera del juzgado, cientos de campesinos exigían la liberación de sus compañeros. Sólo miraba de reojo la cara del juez furioso por la protesta de campesinos vestidos de manta blanca gritando ¡Libertad! ¡Libertad! Fue la protesta colectiva que hizo temer a la autoridad, un levantamiento general que los obligó a dejar en libertad a sus compañeros. Ilusamente pensaba que había sido mi intervención de principiante, pero entendí de inmediato que había sido la movilización colectiva la que había logrado la libertad de aquellos indígenas.

Aprender a ser defensor para ser abogado

Timoteo Hernández, que era uno de los dirigentes de la huasteca hidalguense, en alguna ocasión me mostró un expediente que llevaba más de diez años de litigio para que compañeros suyos recuperaran sus tierras. Eran varios tomos, uno de ellos, que tenía en su mano era de más de 500 hojas. Me sorprendía cómo sabía de memoria la ley agraria y cómo desenredar las trampas de los abogados de los latifundistas. Una vez le pregunté:

- ¿Usted fue a la universidad? ¿Cómo sabe tanto? Él me respondió: -Apenas si cursé el primer año de primaria, mis padres me hicieron trabajar desde pequeño en el campo porque teníamos que comer. - ¿Entonces cómo sabe leer y analizar? -Es la lucha la que me enseñó. Los compañeros campesinos me traían sus expedientes y yo aprendí a descubrir lo que significaba cada palabra. Me costó mucho trabajo, muchas horas sin dormir y tener que preguntar por todos lados.

Timoteo, ese líder campesino, me enseñó a entender que el estudio del derecho debe ser a fondo, analizar cada recoveco de un expediente, entender cada palabra, cada letra y esos conocimientos combinarlos con la organización de los afectados, elevando su preparación, de manera autónoma para evitar ser manipulados.

De Timoteo y de otros líderes aprendí que antes que ser abogado era necesario aprender a ser defensor.

En alguna ocasión los dirigentes campesinos de la huasteca hidalguense se hospedaron en la pequeña vivienda de mis padres donde yo vivía junto con cinco de mis hermanos en la Ciudad de México; allí se quedaron un par de noches. Hicieron migas con mi padre llamado Manuel, quien gozaba de plática entretenida y contagiaba de su alegría a los que tenía a su alrededor y con mi madre Estela quién les preparaba de comer. Timoteo, cuando lo veía en ocasiones posteriores me decía: salúdame a tus padres, a tus hermanos. Era fraternal la relación con mis maestros.

A Timoteo, como a Benito, Margarito y a Leodegario, años antes y a otros líderes, los asesinaron los gatilleros de los caciques de la región. Fue doloroso saber del asesinato de cada uno de mis más grandes maestros que enseñaban con el ejemplo a materializar los sueños. Ahora les rindo homenaje recordándolos, tratando de poner en práctica sus enseñanzas.

Soñadores que se organizan colectivamente

Por la sabiduría de los más humildes, de esos que saben lo que es la justicia y la injusticia, de la forma en que se les arrebata violentamente de manera autoritaria, pero que se organizan para alcanzarla, aprendí a conocerla. He encontrado en el camino, miles de soñadores, que con su quehacer diario dan lecciones para encontrar esa palabra desconocida por las normas jurídicas, que se logra concretar con el quehacer colectivo.

Hay muchos sueños con el veinte-veinte que llega, ahora más de doce (las uvas no alcanzan), que la sociedad demanda, entre otros, la libertad de personas inocentes que sufren en la cárcel, la entrega con vida de familiares desaparecidos, empleo digno para todos, que la tierra sea de quien la trabaje, que se acaben los latifundios.

Que tengan alimento quienes padecen hambre, que se termine la violencia contra niños, mujeres y personas mayores, que cese la impunidad, que se expulse a empresas mineras que destruyen y se apropian de los recursos naturales, que todos tengan derecho a una vivienda digna, transporte seguro, educación, hospitales suficientes.

Que se prohíba el outsourcing, que la reforma laboral logre alcanzar la democracia sindical, la negociación colectiva, se aumenten los salarios de los trabajadores y mejoren las condiciones de trabajo, que las familias de Pasta de Conchos recuperen los restos de sus mineros atrapados en esa mina, que se acaben los contratos temporales simulados, que las trabajadoras del hogar alcancen seguridad social, que los bomberos de la Ciudad de México tengan aumento salarial, que los no asalariados tengan derechos laborales y de seguridad social, que las instituciones de justicia funcionen con eficiencia y prontitud.

Ahora que inicia un nuevo año, existen motivos para soñar de nuevo, pero con los pies en la tierra porque el vente-veinte no es mágico. Por cada sueño hay que luchar con tesón, de manera organizada, preparándose para buscar alternativas y soluciones. Para conseguir los sueños no basta mirar al cielo y sentarse a esperarlos llegar.

Frédéric Boyer un poeta francés contemporáneo escribió en su obra En mi pradera traducida por Ernesto Kavi:

En mi pradera la vida cambia rápidamente.

En mi pradera acelero

Nada ni nadie me lo impide.

No hay tiempo que perder.