En los primeros días de la secundaria se destacó un muchacho fornido, agresivo, brusco y presuntuoso. Jamás llegó a los golpes, a diferencia de un chaparrito que en todos los recreos se trompeaba con el que se cruzara en su camino. Al segundo año el fortachón salió de la escuela y le perdimos la pista hasta tiempo después que, ya en la universidad, coincidimos en una reunión. El otrora joven grueso, viril y petulante era una varita de nardo, frágil y afeminado. Una princesita.

 

También tuve un jefe que tenía fama de duro y patán, jamás saludaba y menos contestaba saludos, iba siempre malencarado y a la primera de cambios ofendía sin causa. Sin embargo, una vez que se le trataba tenía un talante bondadoso, gentil y hasta grato. Una vez en confianza le pregunté: pero si eres tan a toda dar, por qué no contestas cuando te saludan. Por inseguridad, me dijo, no sé cómo contestar y me da pena.

 

El bravucón en la secundaría ocultaba su conflicto de personalidad y mi jefe su inseguridad.

 

Algo parecido le pasa a Trump. No se me olvida su cara de velorio y pasmo la noche de su elección. Cree que envalentonándose contra el mundo puede engañar a la realidad, o bien exorcizar sus debilidades, incapacidades, ignorancias y sandez.

 

Iluso, cree poder detener al mundo a golpe de firmas y twittazos.

 

Cualquier persona en su sano juicio sabe que entre firmar una orden y cumplirla existen galaxias de distancia. Cuántas leyes jamás alcanzan realidad, cuántos planes su cometido, cuántos propósitos su culminación.

Para mi Trump, cual niño en la oscuridad, se adentra a un mundo que desconoce y le aterra, y cree poder eludirlo o doblegarlo con órdenes presidenciales más hechas para un reality show que para un gobierno serio y responsable, y al son de twitters que, si bien sacuden la realidad, no logran conducirla y son más dignos de psicoanálisis que de gobernanza.

 

Dice librar una guerra contra los medios, cuando la libra contra la realidad que se obstina en negar con “hechos alternos”. ¿Qué diría Freud del concepto?

 

Trump cree que firmando malencarado cuanto papel le presenten va a congraciarse con las franjas de la sociedad norteamericana que lo abominan y con  un mundo pasmado ante sus locuras.

 

Cuando la misión mexicana encargada de organizar su reunión con Peña Nieto volaba a Washington, firmó órdenes para construir de inmediato su famoso muro, aunque nadie sabe cuánto costará y cómo lo va a financiar, así como para endurecer las políticas contra migrantes mexicanos, a los que cree poder desaparecer de la realidad como desapareció la página en español del sitio web de la Casa Blanca.

 

Ajeno al más elemental trato diplomático, Trump no golpeó la mesa, la voló en mil pedazos.

 

Y cuando el Presidente mexicano optó por valorar sus próximos pasos en vez de cancelar en automático la reunión, Trump se vio obligado a delatar su juego y contraatacar en Twitter diciendo que mejor se cancelara la reunión.

 

Ergo, lo que siempre buscó Trump fue reventar la reunión porque seguramente ya le dijeron que la relación con México es mucho más complicada que un montón de ladrillos y razias masivas.

 

Tras el último exabrupto trumpista, hizo bien Peña Nieto en cancelar unilateralmente su visita. Trump podrá ser Presidente, pero no está en aptitud de actuar como tal y menos en ser tratado con ese respeto. Es un chivo en cristalería y un patán. No en balde el personal superior del servicio exterior de carrera le renunció en masa el pasado miércoles.

 

Insisto, Trump sufre un ataque de pánico ante la realidad que no entiende y que no se doblega a sus locuras.

 

Contrario a lo que aparenta, es un hombre muerto de miedo. Miedo ante las franjas norteamericanas que lo reprueban expresa y belicosamente; miedo ante los medios mundiales que no lo bajan de loco; miedo ante un mundo que no cambia a sus designios; miedo ante una realidad que no se pliega a sus órdenes ni a sus twitts.

 

Trump cree que se gobierna firmando órdenes, enviando tuits y pateando al mundo.

 

No sabe nada de gobernar.

 

México es una realidad histórica, política, económica, geográfica, jurídica y social. Realidad que, no sin tropiezos, hace mucho aprendió a vivir al lado de la soberbia, del elefante y del egocentrismo norteamericanos.

 

México no necesita levantar muros, le basta con enarbolar su dignidad y su razón, con enfrentar a Trump a la realidad.

 

En este primer lance Trump salió muy mal librado: se comportó como un gañán; faltó al más elemental respeto entre soberanías y entre vecinos; huyó de la reunión programada en cobarde bravuconería.

 

Y el joven gobernante de Canadá también se equivoca si cree que sacrificando a México se va a salvar de la locura trumpiana, bien haría de recordar como la cobarde traición a Polonia por las naciones europeas en el altar del nazismo, creyendo con ello exorcizar el peligro, sólo desbocó la voracidad y la locura de Hitler.

 

Trump ignora que mucho antes de ser México, aprendimos a vivir y sufrir narcisismo norteamericano; entonces, sin embargo, menos dependiente de nuestra interrelación como lo es hoy.

 

Mr. Trump, el valiente vive hasta que el cobarde quiere.

 

@LUISFARIASM 

@OpinionLSR


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