Opinión

El triunfo de Boric y las tumbas de Allende

Es inevitable conmoverse con ese triunfo latinoamericano en Chile de Gabriel Boric y no evocar a Salvador Allende. | Ulises Castellanos

  • 23/12/2021
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Esta semana fuimos testigos de una victoria histórica en Chile, el regreso de la izquierda al poder en la figura de un joven político de 35 años, Gabriel Boric. Es inevitable conmoverse con ese triunfo latinoamericano y no evocar a Salvador Allende.

Boric arrancó con esto en la noche del triunfo : “No importa si lo hicieron por mí o por mi contrincante: lo importante es que lo hicieron, que se hicieron presentes, que mostraron su compromiso con este país que es de todas y todos” 

Les cuento, el triunfo de la esperanza en Chile me hizo recordar un viaje entrañable a Santiago de Chile en el año 2003 con el mejor periodista de México, Julio Scherer García. Recorrimos La Moneda en septiembre de ese año, fuimos a los cementerios y campos de tortura, vimos a Bachelet y estuvimos con la viuda de Allende, pero un recorrido al cementerio me marcó para siempre, ahí estaba la historia de aquel país. 

Mientras Scherer me contaba de la vida de Salvador Allende, sus primeros encuentros con él y su amistad entrañable, al mismo tiempo me relataba la vida y obra de cada uno de sus colaboradores y cómo los asesinaron después del golpe. Hoy varios de ellos están enterrados junto a su presidente. La foto que hoy les presento la tomé frente a La Moneda el 11 de septiembre de 2003. A 30 años del golpe de Estado.

Este texto lo publiqué en Proceso, en el número 1402 del 14 de septiembre de 2003. Hoy se los comparto… “En artísticos y dramáticos monumentos, los chilenos niegan la desaparición del presidente Salvador Allende, de sus ministros Orlando Letelier y José Tohá, del general Carlos Prats y del cantante Víctor Jara, algunos de sus mártires mayores.

En algunos tramos del Cementerio General de Santiago, los claveles rojos dan la impresión de un inmenso jardín. 

A la entrada, estremece un monumento tallado en mármol: columnas y más columnas pasan lista a más de 2 mil niños, mujeres y hombres asesinados por la barbarie de la dictadura pinochetista.

Al centro, un espacio grande está reservado a Salvador Allende, plenamente reivindicado: "Presidente de la República” En ese mismo monumento y entre piedras enormes, los deudos recuerdan a sus amigos y parientes. Fotografías, flores y hasta leyendas los traen al tiempo de los vivos.

Después, otro monumento blanco rasga el azul invernal de Santiago, intenso y perfecto: es la tumba de Allende, que mide casi 10 metros. Sin medida del tiempo, es custodiada por un carabinero, y abundan los claveles, sobre todo los rojos.

Una lápida de piedra oscura dice: “Yo nací chileno, soy chileno y moriré chileno…” Es la tumba de Orlando Letelier, víctima de un atentado en Washington, en 1976.

La tumba del general Carlos Prats, asesinado en Buenos Aires en 1974, no podría ser más elocuente en su trágico simbolismo. Sobre la piedra negra yacen apenas algo más que sombras: los cuerpos del militar y de su esposa son cercados y protegidos por una veintena de testigos sin voz, que miran a estos seres tallados en bronce, José Tohá yace al lado de su padre. 

Una reja impide mirar de cerca la inscripción sobre la tumba. El músico Víctor Jara está en un sitio con la sencillez de su canto, sobre la calle "México". 

Entre docenas y docenas de nichos resaltan los claveles del amor popular.

Al final del cementerio, en un enorme cuadrado conocido como "Patio 29", aparecen las cruces metálicas de los muertos sin nombre; es el anonimato que dispuso el pinochetismo para que se les matara para siempre. Todos ellos, dicen los vigilantes del cementerio, fueron torturados y ejecutados en el Estadio Nacional de Chile y en las calles y callejones de todo Santiago.

Han pasado 30 años [hoy casi 50] del genocidio que presidió Augusto Pinochet en sus irracionales 17 años de dictadura. La televisión está llena en estos días de reportajes especiales sobre el golpe de Estado que nunca antes transmitió. Muchos chilenos apenas se enteran de lo que pasó realmente aquel 11 de septiembre de 1973.

Allende se impone hoy, y Pinochet y su familia tienden al silencio y se esconden. El jueves 11, el general no salió de su casa y sólo recibió a sus secuaces. En el búnker que lo resguarda a 20 kilómetros de Santiago, en una exclusiva zona residencial, solamente su esposa y sus hijos lo rodearon durante todo el día. En la soledad pasa sus días.

Las tumbas de los mártires, por el contrario, celebran la vida y esperan justicia rodeadas de gente.”

Y efectivamente, también estuve en casa de Pinochet en aquel viaje y pude fotografiarlo cara a cara. Me temblaban las piernas. Tenía sed. Y lo hice. Por ello, el triunfo de Boric es una esperanza para Chile, ojalá se recupere la esperanza perdida.

Así las cosas, con esto terminó Boric en la noche de su triunfo: “Quiero agradecer a todos los candidatos que participaron de esta elección, porque finalmente la democracia la hacemos entre todos, y necesitamos de cada uno. A Yasna Provoste, Sebastián Sichel, Marco Enriquez Ominami, Franco Parisi, Eduardo Artes y a José Antonio Kast. El futuro de Chile nos necesita a todos del mismo lado, del lado de la gente y espero contar con su apoyo, sus ideas y propuestas para comenzar mi gobierno”.

Y remató con esto : “Por eso esta noche debemos celebrar, pero lo haremos con tranquilidad. Vayan a sus casas con la alegría sana de la limpia victoria alcanzada. Les pido que cuidemos este triunfo, que desde mañana tendremos mucho por trabajar para reencontrarnos, sanar heridas, y caminar hacia un futuro mejor. Con la esperanza intacta.

Con la conciencia de los desafíos que tenemos.

Me despido de ustedes con un abrazo gigante, dejaré lo mejor de mi muchas gracias.

Seguimos.”



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