Opinión

El sismo, las mujeres y las vidas que importan

¿Nuestras condiciones de existencia están marcadas por el género?

  • 02/10/2017
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Dijeron que no era momento de pensar en cuestiones de género o de clase en tiempos de emergencia, que la solidaridad es más importante. Ok. ¿Qué entendemos por solidaridad? Según esto, la solidaridad es un valor humano esencial que implica ayudar/colaborar con una persona que lo necesita, sin esperar nada a cambio. Entonces, si somos tan solidarios ¿por qué nos molesta que se pida que esa solidaridad sea dada también a ciertos grupos que no la están recibiendo? ¿Qué no la solidaridad es por y para todos? Ojo, no estamos diciendo que la solidaridad deba segmentarse, disminuirse o terminarse. Estamos diciendo que si nos vamos a solidarizar, sea “parejo” ¿no? Y “ser parejo” también es reconocer las condiciones de desigualdad en las que ciertos grupos de personas reciben dicha solidaridad, o que de plano hay a quienes no les llegó. Me explico.

El sismo del pasado 19 de septiembre nos cimbró. Nos mostró las estructuras que nos sostienen, que nos mantienen en pie. La tragedia no llegó por igual a todos. Como bien sabemos, los edificios viejos de colonias como la Doctores, Roma, Condesa, Guerrero, Obrera, Narvarte, Portales y varias de la zona de Coapa se derrumbaron sin remedio, sepultando bajo sus escombros patrimonios, recuerdos y vidas. La solidaridad de la sociedad mexicana hizo presencia entonces: acopios, manos, rescatistas, voluntarios presenciales y digitales. Pero eso no llegó a todos los lugares, ni a todas las personas. Comenzando porque hay lugares de la Ciudad de México a los que la ayuda apenas ha empezado a llegar. Aquí unas diferencias, por ejemplo, respecto al género.

Datos oficiales en diversos medios nos dan a conocer que de los más de 200 fallecidos en la Ciudad de México, más de la mitad son mujeres: obreras, empleadas del hogar, trabajadoras en casa, empleadas de intendencia, maestras y personas de la tercera edad que no alcanzaron a salir de su lugar de trabajo, de su hogar. Quedaron sepultadas. Entonces, ¿nuestras condiciones de existencia están marcadas por el género o no? ¿No existe una segregación de las mujeres debido a los roles de género? Si este no es el momento de hablar de esto ¿entonces cuándo lo será?

Por ejemplo: ¿cuántas mujeres tuvieron que quedarse cuidando a hijos y adultos mayores mientras todo el país salía a ayudar? ¿A cuántas mandaron a la cocina durante las labores de rescate? Por supuesto, muchas lo hicieron por su gusto, o porque sintieron que esa era la única forma en la que podían ayudar y verdaderamente fueron de ayuda, claro está. Pero ¿esto no les hace cuestionarse nada?

Es necesario mencionar que, con todo y estas situaciones, las mujeres salieron a ayudar. Sí, solidaridad habíamos quedado, ¿verdad? Ayudar al otro sin condiciones. Entonces, las que no cocinaban, sacaban escombros, organizaban acopios, informaban, ayudaban al rescate de personas, ejerciendo papeles tradicionalmente masculinos, a pesar de que algunos soldados y compañeros más de una vez les dijeron que mejor fueran a cuidar  a su familia a su casa. Una participación femenina nunca antes vista porque, ciertamente, las condiciones de existencia de las mujeres han cambiado. ¿Saben por qué? Porque hay mujeres que aunque les digan que se callen, que “este no es el momento”, (o lo que es lo mismo: “eso no es importante para mí, ni hoy, ni nunca”), no se callan y no olvidan su lugar en la historia.

Por qué importa Chimalpopoca

Esto me lleva a hablar del caso de las personas que quedaron atrapadas en el edificio de Bolívar y Chimalpopoca. ¿Por qué cree usted que de los muchos lugares en los que grupos feministas estuvieron ayudando, hubo una concentración mayor aquí? ¿Tiene usted memoria histórica? ¿O ignora lo que le pasó a más de mil de mujeres en el terremoto de 1985 justamente porque era una de esas cosas poco importantes de las cuáles hablar? ¿Le parece que este no es el momento de ocuparse de “causas tan específicas”? Le cuento.

En el sismo de hace 32 años, también en el centro de la ciudad, el derrumbe de un edificio en particular, puso al descubierto las condiciones laborales en las que cientos de mujeres eran explotadas. En ese entonces, como ahora, las escasas condiciones de seguridad de las obreras les impidieron salir del lugar. Rescatarlas no importaba, había otros lugares y otras vidas más importantes que atender, más mediáticas, o que la escala de no sé qué valor, estaban primero que las de ellas, vidas que no se podían perder. En 2017, las vidas de estas personas tampoco importaron, personas de las que aún no sabemos nombre, ni procedencia, ni cuántas eran, ni sus edades, existencias que fueron las últimas a las que las autoridades voltearon a ver y adivinen qué: también fue el primer edificio que quisieron demoler. Fue la sociedad civil la que inició el rescate en la calle de Bolívar y la que hizo todo el trabajo las primeras horas.

¿Frente a qué se estaba en el 85 y frente a qué se está ahora? Precariedad laboral, vidas desechables, sin derechos, sin garantías; condiciones laborales irregulares, omisiones de las autoridades, además de las corruptelas para que estuvieran en ese inmueble. Ahora, personas sin nombre, sin edad, sin lugar. Nunca sabremos. Tres décadas después, el olvido y la marginación sigue siendo asignado a las mismas personas. Todo invisible: las máquinas, los escombros, los rollos de tela, los dueños de las fábricas, los propietarios del inmueble, los registros de asistencia. Convenientemente, todo desapareció. A diferencia del trabajo que conocemos de las autoridades, esta vez fue muy veloz cuando se trató de demoler.

La desconfianza hacia el gobierno, el ejército y la burocracia no debería extrañarle a nadie. Yo le pregunto a usted: si hubieran sido sus familiares y el ejército hubiera llegado a entorpecer el trabajo tan valioso que estaba haciendo la sociedad civil ¿le hubiera creído cualquier cosa al ejército que además despojó del acopio y herramientas a los voluntarios? Si hubieran sido importantes para usted esas vidas ¿no habría querido encontrar sus cuerpos aunque fuera sin vida? ¿No habría agotado todas las posibilidades antes de que entrara la maquinaria pesada?

La presencia de granaderos y la confusión creada lograron dividir y ensuciar una causa que era legítima. Una causa que no sólo debería importarle al feminismo, sino a todas las personas. Enterrar los cuerpos, demolerlos, una macabra metáfora de nuestra sociedad: la política que busca enterrar estos cuerpos, en realidad busca enterrar la memoria, la historia, borrarla, demoler la verdad. Que no se sepan las irregularidades, que no se sepan los nombres. La necropolítica materializándose: para el poder unas vidas tienen valor y otras no, así de simple. Preguntémonos también cuántas empleadas del hogar se salvaron de sus lugares de trabajo en la Condesa o en la Roma, es decir, las casas en las que trabajaban para familias de clases sociales superiores. O preguntemos a los vecinos de Tláhuac, Xochimilco, Iztapalapa, Nezahualcóyotl y muchas otras colonias y barrios, cómo les fue con la solidaridad.

Por eso, sí que es importante, sí que es el momento de hablar de estas cosas “tan específicas”. La solidaridad no debería impedirnos vernos estas diferencias sistemáticas que se reproducen en estados de emergencia. Si se muestran ahí, es porque las reproducimos a diario. La solidaridad tampoco debería ser un pretexto para olvidar la historia, para negarla, ni para decir:

Bueno sí, ustedes han sido algo de lo que menos importa en lo que va de nuestra historia, pero ahorita no es el momento de hablar de eso, tenemos vidas más significativas que rescatar

Ojalá que no se pierda en los escombros la buena voluntad que sí hay. Que la solidaridad nos sirva para ser empáticos con el otro y no solo con los que más se ven o con los que tenemos cerca. El trabajo realizado por la sociedad civil en 1985 y la conciencia de determinadas situaciones generaron el surgimiento de organizaciones civiles que entendieron que ese era el momento para hablar de desigualdades y abusos de poder, no por protagonismo, sino por un sentido mínimo de justicia, humanidad y empatía.

La labor realizada por la sociedad civil en este 2017 también fue ejemplar en muchos sentidos y en muchos lugares de la ciudad. ¿Nos alcanza la solidaridad para adquirir o enriquecer un sentido mínimo de justicia, humanidad y empatía? Las historias se siguen repitiendo hasta que son comprendidas. ¿Hasta cuando repetiremos estas historias? ¿Hasta cuando creen que sea el momento de hablar de estos temas y tratar de comprenderlos?

Mientras pensamos en ello, no paremos de ayudar, de actuar. La emergencia sigue. Pero que también haya consciencia y memoria, para poder dirigirnos al inicio de una nueva etapa como sociedad civil. ¿A quién le gustaría morir sin nombre o pasar por esta situación sin solidaridad cuando la televisión nos dice que se desborda por doquier? Si la esperanza ya es viral, hagámosla llegar más lejos.

Su nombre es el mío.

Verdad, memoria y justicia.

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