El piso se empezó a mover, más y más fuerte; las paredes se empezaron a estremecer, era una fuerza tremenda la que escupía de las entrañas de la tierra. El abuelo dormía al lado y le gritamos:

-       ¡Está temblando! ¡Está temblando!

Vi que Milena agarró a los hijos, se trastabillaba buscando al más pequeño de apenas 3 años.

-       ¡Alejandro, por Dios, salgamos, salgamos! Me gritaba Milena, mientras yo iba por el abuelo a su cuarto.

La casa se movía toda y empezaba a tronar.

-       ¡Abuelo, despierta por favor! Le gritaba yo.

Apenas despertó y en cuanto se levantó con trabajo, se nos vino el techo encima.  Un fuerte golpe me paralizó la pierna y al abuelo lo dejé de sentir. 

-       ¡Milena! ¡Milena! ¡Abuelo! ¡Abuelo! Les gritaba.

Escuchaba muchos gritos afuera, de lejos y de cerca, la tierra no paraba de moverse, como si un gigante viniera hacia nosotros. Sentía que todo mi cuerpo temblaba, mi garganta, mis venas, mi vista, mis manos; sentía que moría, mi respiración ahogada; no podía moverme; mi pierna estaba atrapada, le gritaba al abuelo, pero no me respondía, sabía que estaba a mi lado, pero el peso de algo muy duro, una viga, o no sé qué, me impedía salir. Respiraba tierra y empezaba a toser, sentía que era el fin del mundo. Seguía escuchando muchos gritos que se ahogaban con el mío.

-       ¡Milena! ¡Milena! ¿Están bien?

Le grité a mi esposa. Escuché su respuesta llorando, gritando mi nombre:

-       ¡Alejandro! ¡Aquí estoy con los hijos! ¡Se cayó la casa! ¡Tu abuelo no lo encontramos!

No dejaban de llorar los niños, me gritaban asustados:

-       Papá, papito, ¿dónde estás?

Me gritaban desesperados, los escuchaba lejanos, estaba todo oscuro, solo sabía que existía, que estaba vivo, porque escuchaba mi respiración. Me quedé mudo por unos segundos, se me hizo un nudo en la garganta, no supe qué decirles. Apenas si les pude responder con una fuerza que no sé de dónde me salía:

-       Aquí estoy, ¡pidan ayuda! ¡Estoy atrapado con el abuelo! ¡No lo escucho! ¡Ayuda! ¡Ayuda por favor!

Sentí los segundos, los minutos, los momentos más largos de mi vida. Me angustiaba qué había pasado con mis hermanos, con sus hijos, con sus esposas, con mis amigos, con mis vecinos. Presentía mi muerte y no podía evitar seguir temblando. Le seguía gritando al abuelo Jerónimo y no me respondía, temía su muerte, mis ojos no podían evitar nublarse, inundarse de lágrimas. Gritaba:

-       ¡Ayuda! ¡Ayuda!

Me sentía culpable de no sacarlo rápido. Mi pierna derecha estaba atrapada no sé cómo; era algo muy pesado que me cayó encima.

No quería morir y dejar a mis hijitos, Ramirito de 3 años, a Pedro de 5 y a mi Tanía de 7 años; a Milena, mi esposa, no la podía abandonar, dejarla sola, ahora sin la casa, sin mi herrería, que a pesar de tener contados clientes, nos da de comer. No los puedo dejar solos, me decía a mí mismo; pero con toda la fuerza que tenía, no podía sacar mi pierna.

No supe cuándo perdí el conocimiento. Más de 8 horas quedé atrapado y cuando desperté estaba en este hospital lleno de gente, hasta en el piso, con muchos heridos quejándose. Me dijeron que fueron los vecinos los que ayudaron a sacarme, no sé cómo. A mi abuelo lo perdí y mi pierna también, me enteré de que mi pueblo está sufriendo con ese terremoto que nos apareció debajo de la tierra como un demonio.

Juchitán de mi vida, Juchitán de mis entrañas, ten fuerza, ten fuerza por favor...

@Manuel_FuentesM | @OpinionLSR | @lasillarota



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