Opinión

El señor de las coladeras

Si pudiera cambiar el mundo, ¿lo haría? “Para mí, como están las cosas soy feliz”: Entrevista de Sean Penn a Joaquín Guzmán Loera.

  • 12/01/2016
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Guzmán Loera quería pasar a la historia, es un hecho, pero no de cualquier manera. Quería dictar su historia, acomodarla, cuadrarla a sus deseos a través de una película. Trabajar su imagen. Mirarse en un espejo de ese que él cree que es, o quisiera creer que es, o quisiera que creamos que es, o todo junto y más según las horas y los días.  Las generaciones presentes y futuras -¿así lo habrá imaginado?- Descubrirían en las pantallas a un hombre bondadoso, educado, que rechaza la violencia, implacable sólo cuando no hay de otra. Un justiciero, pues, que controla el orden de su mundo para beneficio de todas y todos. Si él es feliz, ¿cómo qué habría que cambiar?

 

“Caballeroso con los hombres -en fin, cierto que no con todos- y galante con las mujeres” -en fin, cierto que no con todas- como solía describirse al legendario e iluminado Kalimán. Amante de su familia. Romántico. Hombre de negocios (¿acaso no tuvo a bien reconocerlo ni más ni menos que Forbes?) Magnífico, él, pero bien humilde, él.  Imaginaba una película (yo no lo sé de cierto, pero supongo) como uno de esos corridos herederos del cantar de gesta medieval que narraban/narran de plaza en plaza (acá sería de cine en cine, de país en país y en todas las lenguas) las hazañas de los héroes. Ese parecería el fondo de la reciente captura de El señor de las Coladeras.

 

¿Podríamos decir que lo perdió su vanidad? No. Es decir, la palabra “vanidad” me parecería insuficiente para describir un rasgo de carácter demasiado intenso en las personalidades ultra narcisistas: su obsesión por la imagen. Su manera compulsiva de construir, cada hora de cada día, una imagen de ellos mismos que responda –a contra pelo, a contra corriente, a contra lo que sea- a su ideal de ellos mismos. Ni un milímetro menos. Es muy probable –también- que lo rondara de cerquita la amenaza de la muerte. Granjearse a las prisas su fragmento de inmortalidad. Guzmán Loera se precipitó hacia una entrevista que sería publicada en la revista Rolling Stone.  La entrevista podía ser el preámbulo a la película. Persiguiendo su –para él fascinante- reflejo en el espejo, se precipitó en el abismo.

 

Los servicios de inteligencia de la Marina y el Cisen cumplieron esta vez con el  trabajo en el que fallaron antes de manera tan estentórea: el carrito de lavandería, el presidente de la República Mexicana de invitado especial en Francia y el criminal escapándose por el túnel debajo del piso de la regadera. ¿Tarareando la Marsellesa? “Misión cumplida”, lanzó –ahora- desde su cuenta de twitter el presidente. Un tantito de pudor no le haría nada mal al señor Peña, se dice la tuitera, atónita ante el tono demasiado  triunfante dadas las  anteriores inolvidables circunstancias.

 

El encuentro con Sean Penn y Kate del Castillo (en el mes de octubre) permitió rastrear y ubicar a Guzmán Loera. El 8 de enero en la madrugada, el operativo “Cisne negro” (¿cómo negar los alientos poéticos?) llegó a su etapa final: lo atraparon. Túnel, alcantarillas, robo secuencial de dos carros. Detención y encierro en un motel en la carretera que se llama Doux, que en francés significa “dulce”. Ironía de ironías, ¿quién lo creería si conservaran el nombre del motel para la película?

           

 

 

 

El texto de Sean Penn “El Chapo speaks”  (“Habla El Chapo”), que al final incluye preguntas suyas y respuestas de Guzmán Loera, aparece en el portal de la revista Rolling Stone con fecha del 9 de enero. Circula un video de dos minutos de Guzmán grabándose en algunas de sus respuestas, (publicado por la misma revista). Parece que ese video, enviado por Guzmán a Kate del Castillo y por Kate a Penn, es de 17 minutos en su versión original.

 

La entrevista que Penn imaginó no pudo tener lugar, sí el encuentro de siete horas con el narcotraficante (el de octubre) que Penn describe de manera muy detallada y tras el cual propuso varias horas de entrevista en los dos días siguientes. Guzmán le dijo: “Acabo de conocerte, la haré en ocho días”. Ya no sucedió. Esa madrugada Penn, Kate y “El alto”, fueron despertados de manera precipitada y llevados de regreso al aeropuerto. La seguridad de Guzmán detectó el rastreo de los servicios de inteligencia. Lo que siguió entonces fue el envío –apresurado- de preguntas y respuestas. Nada que ver con las indagaciones profundas de la personalidad de Guzmán que Penn parece haber tenido en mente, o que quisiéramos pensar que tenía en mente.

 

Penn narra con detalle las dificultades de la comunicación (previas a la cita) a través de códigos y cantidad de recursos técnicos para evadir el rastreo de los servicios de inteligencia. También su cita con “Espinoza”. Guzmán Loera quiere su película. Conversan en el hotel St. Regis en Nueva York: “En voz baja hacemos nuestros planes, sensibles a la paradoja de que también en nuestro hotel está (ese mismo día) Peña Nieto, el presidente de México… Es paradójico porque el México de hoy tiene, en efecto, dos presidentes. Y entre esos dos presidentes, no es Peña Nieto a quien Espinoza y yo planeábamos ver… no era él quien necesitaba semanas de planeación clandestina”. 

 

Sigue una breve comparación entre su vida como un muchacho de la clase media estadounidense y las circunstancias de Loera Guzmán. Una descripción de los avances de Guzmán en el mundo del narco, sus dos fugas. Un párrafo que termina con la frase: “Es este presidente de México quien aceptó reunirse con nosotros”. ¿México tiene/tenía dos presidentes? ¿Denunciar la ineficacia y la corrupción de un gobierno implicaría otorgarle a un narcotraficante el reconocimiento de un estatus de presidente paralelo? Creo que se entiende el intento de mensaje, pero ¿no es una afirmación peligrosa y temeraria?

 

El texto de Penn es –por momentos-  muy desconcertante: “Encontré un cierto consuelo en un aspecto único de la reputación de El Chapo entre todas las cabezas de los cárteles de la droga en México: que a diferencia de sus contrarios que participan en secuestros y asesinatos gratuitos, El Chapo es primero un hombre de negocios, y sólo recurre a la violencia cuando estima que es ventajosa para él o para el interés de sus negocios”. Así tal cual. Como si describiera a un señor que vende caramelos y suelta uno que otro zape y dos pellizcos, si se los quieren robar. Él defiende la mercancía, lo que no es sino normal.

 

El preámbulo al texto de Penn es una cita del filósofo Montaigne: “Las leyes de la conciencia, que pretendemos derivadas de la naturaleza, provienen de la costumbre”.  La cita encuentra su razón de estar allí  en las reflexiones que Penn hace acerca de la doble moral de instituciones y costumbres “respetables”, que terminan provocando –para él-  niveles de crueldad y de irresponsabilidad criminales, con la venia de todos.

 

“Es una cuestión de moralidad relativa. ¿Qué con las decenas de miles de enfermos y sufrientes norteamericanos adictos a los químicos y encerrados de manera bárbara en prisión por el crimen de su enfermedad? Encerrados en instituciones en donde no pueden escapar de actos indecibles de deshumanización y violencia y en donde el asesinato es una amenaza constante…”.

 

“¿Estamos diciendo que lo que es sistémico en nuestra cultura, y queda fuera de nuestras manos y miradas, no comparte una equivalencia moral con las abominaciones de los asesinatos entre narcos rivales en Ciudad Juárez?... Esas políticas de guerra han servido de manera significativa para matar a nuestros hijos, sangrar nuestra economía… llenar nuestras prisiones… se pierde cualquier visión de reforma (a la ley), o de reconocimiento de los beneficios logrados en tantos otros países a través de la regulación de las drogas recreativas”.

 

Tomemos en cuenta que el texto de Penn es parte de un proyecto inconcluso de entrevistas y reflexiones y que fue el encuentro entre ellos lo que llevó a ubicar a Guzmán Loera. Leerlo así podría explicar ciertos párrafos en los que las descripciones que Penn hace del narcotraficante, se acercan mucho/demasiado a la imagen ideal que Guzmán Loera tiene/querría tener de Guzmán Loera. También explica con minucia cómo se respetaron todas las reglas de la comunicación entre ellos, el mutuo voto de confianza. La galantería de Guzmán con Kate y su confianza absoluta en ella.

 

Delicadísimo para Penn escribir y publicar -tras la captura- un texto que será traducido y leído con lupa, por un lado, por las autoridades mexicanas, por el otro, por los jefes del narco. Delicadísimo. Me da la impresión que entre dos amenazas, Penn eligió -¿cómo frasearlo?- dejarle claro a Guzmán y a su entorno lo que me parece un hecho rotundo: Kate Del Castillo y él no traicionaron su confianza. Esta elección –si existió, y creo que sí-  podría sugerirnos que a pesar de todo lo que podamos pensar y decir: más vale en algunos casos enemistarse con las autoridades mexicanas, que con los narcos.

 

Supongo que la actriz y él querían una entrevista que –imaginaron- podía funcionar como una denuncia tajante. Un cuestionamiento de las bases mismas de un sistema corrupto e infinitamente hipócrita y que terminó siendo una especie de texto donde todo se mezcla como en botica: Montaigne, las reformas a la ley, la valiente saga desde el primer contacto hasta el encuentro con Guzmán, el hotel de lujo en Nueva York y el hotel boutique en París. Los miles de asesinados, las dificultades de Penn con la tecnología. La carne asada en el asadero, la “carne asada” como metáfora de los cuerpos mutilados por el narco. Las flores que Guzmán envió y a Kate no le llegaron. El recorrido con el hijo de Guzmán con tonos de Jasón y los argonautas. La película.

 

¿Por qué no se investiga a fondo el lavado de dinero? ¿Cómo sucede que un jefe del narco cena y negocia con cantidad de “respetables”, delincuentes de cuello blanco a quienes nadie toca, ni con el pétalo de una denuncia? ¿Quiénes y cuántos aceptaron venderse en cada fuga de Guzmán? La serie de entrevistas planeadas corría el riesgo de hacerle el caldo gordo a un criminal, otorgarle a su voz espacios que no corresponden. Caer en un intento de saber y aprehender que si no cuaja, puede terminar acercándose a la justificación o en el peor de los casos, a las loas involuntarias. Reforzar el mito, escribir –queriéndolo o no- otro corrido.

 

A Guzmán Loera, “Magnífico” y “humilde”, Montaigne y sus reflexiones alrededor de la moral lo tienen muy sin cuidado.  La “moral” se acomoda, se inventa según la conveniencia y las circunstancias. Ni siquiera se imagina que podría ser de otra manera. “¿Se considera usted una persona violenta?”, pregunta Penn. “No, señor”, responde Guzmán. Sin despeinarse. La misma afirmación que escuchamos ya hace tiempo en una entrevista que le hicieron a su madre: “Él sólo se defiende”.

 

Las respuestas de Guzmán publicadas debajo del texto de Penn son muy breves y bastante poco interesantes. Quizá hay una segunda parte que no he leído. O la habrá.

 

“Teniendo en mente lo que ha sido escrito acerca de usted, lo que se puede ver en la televisión, las cosas que se dicen de usted en México, ¿qué clase de mensaje quisiera usted enviarle a los mexicanos?”, pregunta Penn, bastante estereotipado en sus preguntas y buen chico. “Bueno, puedo decir que es normal que las personas tengan sentimientos encontrados porque algunas me conocen y otras no. Esa es la razón por lo que digo que es normal. Porque esos que no me conocen pueden tener sus dudas acerca de si soy una buena persona o no”.

 

Él quería su película que le hiciera justicia. La historia “verdadera” que disiparía nuestras “dudas”, nos salvaría de nuestros “sentimientos encontrados”. Como Narciso se precipitó hacia la fascinación de su reflejo. Tomó riesgos de más. Es probable que esa película que sí va a existir –otra distinta a la deseada por él- termine en una escena de crepúsculo como fondo a una cárcel de alta seguridad en Estados Unidos. Espero que sea en Estados Unidos. Tengo la impresión que allá es más complicado cavar túneles, abordar carritos de lavandería, perderse en los cerros y comprar coladeras.

 

@Marteresapriego