Opinión

El sencillo discurso manipulador de AMLO

La simpleza de su discurso le permite mantener el apoyo popular, a pesar de sus magros resultados y del deterioro de las instituciones. Adolfo Gómez Vives

  • 19/10/2020
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El discurso del presidente de la República es de una sencillez insuperable. No se afana en tratar de comunicar decisiones de cierta complejidad, como son los procesos de adquisición de medicamentos, ni de los procedimientos para su distribución en el ámbito nacional. Basta con calificar de “corruptas” a las farmacéuticas, para que quede claro cuál es el problema que —según él— enfrenta su gobierno, respecto de las crisis de desabasto.

Con la misma sencillez clasifica a quienes lo cuestionan. Los llama “conservadores” y exhibe el nombre de aquellos periodistas que no le son afines, al tiempo que evade el análisis de los temas que se le objetan, como es el caso de las cifras de personas asesinadas a manos de la delincuencia organizada, o que han perdido la vida por efecto del errático manejo de la pandemia.

Le basta con decir que “vamos bien” y con desacreditar al Producto Interno Bruto como indicador fundamental de la economía, pues —dice— “hay bienestar”, aunque tal afirmación no se corresponda con la prevalencia de las cifras de pobreza.

La simplicidad de su discurso le permite mantener un elevado margen de aceptación entre los gobernados, para quienes resulta suficiente con que se les diga que “ya se acabó la corrupción”, a pesar de que no existan denuncias, ni sentencias contra esos supuestos corruptos.

López Obrador le apuesta a su carisma y a la simpleza de su discurso para manipular y engañar a los gobernados, quienes encuentran en sus palabras los elementos suficientes de comprobación del éxito de sus políticas públicas. Sin embargo, el deterioro de las instituciones del Estado a efecto de concentrar poderes que no le corresponden al jefe del Ejecutivo, es un elemento que, en el mejor de los casos no está siendo objetivamente valorado por los gobernados y, en el peor, se le festeja, como si su dominación carismática fuera un elemento connatural de las democracias liberales.

Es preciso reiterarle siempre al presidente, que su paso por el gobierno está dado por los propios límites impuestos por la Constitución, pero también es imprescindible recalcarle a los gobernados, que los límites que separan a los gobiernos democráticos de los despóticos y dictatoriales, comienzan a ser derribados con el apoyo popular, cuando se confunde la rendición de cuentas con el discurso demagógico y la demolición de las instituciones del Estado con políticas públicas destinadas a combatir la corrupción.

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