Opinión

El sargazo que viene

Los impactos negativos y los costos económicos y sociales del sargazo han ido creciendo año con año. | Leonardo Martínez

  • 04/08/2021
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Una de las calamidades naturales que enfrenta nuestro país es la llegada anual de mantos flotantes de algas marinas a las costas de la península de Yucatán. Se trata de enormes colonias de algas color marrón que florecen durante la primavera y el verano y que llegan a expandirse sobre grandes extensiones de océano, desde la costa oeste de África hasta el Atlántico centro occidental, el Mar Caribe y el Golfo de México.

Los científicos de la Facultad de Ciencias Marinas de la Universidad del Sur de Florida han utilizado imágenes satelitales de la NASA para rastrear estos mantos, conocidos como sargazo, a lo largo de una década y han estimado que la cantidad récord detectada en junio de 2018 pesó alrededor de 20 millones de toneladas. El mismo equipo ha estimado que este año la floración es similar a la de 2018 en muchos aspectos.

Como suele suceder en muchos casos, cuando las cantidades son razonables los efectos pueden ser positivos, pero cuando se traspasan ciertos límites las consecuencias son negativas. En cantidades razonables el sargazo contribuye a la salud de los océanos al proporcionar un hábitat para tortugas, cangrejos, peces y aves, y para producir oxígeno. Pero cuando las cantidades llegan a los niveles que se han observado de 2011 a la fecha, las algas dificultan que ciertas especies de fauna marina se muevan y respiren, y cuando esas algas mueren, se hunden y pueden sofocar corales y pastos marinos. Además, cuando el sargazo llega a las costas y entra en estado de putrefacción, libera gas de sulfuro de hidrógeno y huele a huevos podridos, lo que provoca riesgos para la salud de las personas, impide la realización de diversas actividades marinas y ahuyenta el turismo.

Este fenómeno es muy interesante no sólo desde el punto de vista de las ciencias marinas, sino también desde la perspectiva de la geopolítica y las relaciones internacionales, en particular en lo que se refiere a los compromisos que buscan resolver el tema de los impactos externos de las acciones internas de cada país.

En el caso que nos ocupa, diversos estudios científicos han podido demostrar que uno de los factores que más han incidido en el crecimiento anual de los mantos de sargazo es el aumento de sus nutrientes, en particular compuestos de nitratos y fosfatos que entran a las aguas marinas. Lo que me parece muy interesante es que esos mismos estudios han podido precisar que la fuente principal de esos nutrientes es el río Amazonas y que esas grandes cantidades de nitratos y fosfatos provienen de la desforestación y de diversas actividades agroindustriales en la región.

Considerando que la polución de las aguas por esos elementos es un proceso lento que puede tomar varios años, desde que una gota de nitratos o fosfatos en el suelo llega al cauce del río y después al océano, entonces el aumento anual de los mantos de sargazo ha sido provocado por la llegada, a lo largo de varios años, de cantidades cada vez más grandes de nutrientes desde el río Amazonas. O, dicho con otras palabras, el ritmo a tambor batiente de la desforestación de la selva del Amazonas, adicionalmente a los impactos ambientales locales y sus efectos sobre el cambio climático, también genera daños económicos a los países y comunidades que reciben sargazo putrefacto a lo largo de sus costas y que ya incluyen a la Península de Yucatán, a las islas del Caribe y a las costas de Florida en los Estados Unidos.

Lo que me interesa resaltar de todo esto es que, el del sargazo, es un ejemplo de libro de texto sobre la constitución, el funcionamiento y la complejidad de los ecosistemas de los que formamos parte. Si mantenemos una mentalidad abierta para analizar el problema, veremos que no se trata de un ecosistema únicamente ambiental, sino de un ecosistema que aparte de las ambientales incluye variables políticas, económicas y sociales.

Por ejemplo, la combinación que resulta de la codicia de las empresas que se han dedicado a desforestar el Amazonas durante años bajo la complacencia de los gobiernos brasileños, por un lado, con la inexistencia o inoperancia de acuerdos internacionales que logren limitar los impactos foráneos de las acciones internas por el otro, ha propiciado que los impactos negativos y los costos económicos y sociales del sargazo hayan ido creciendo año con año.

El esquema es similar a lo que observamos con el cambio climático en cuanto a que el logro de los objetivos de reducir los riesgos y los daños sobre la salud de la humanidad y del planeta, pasa por la necesidad imperiosa de lograr acuerdos internacionales vinculantes. El punto es que para lograrlo necesitamos contar con una masa crítica de gobiernos honestos y responsables con la que todavía no contamos pues lamentablemente estamos pasando por una etapa en la que pululan los demagogos y los gobiernos populistas.

Así, mientras que la máxima de otros tantos gobiernos como el de López Obrador sea que la mejor política exterior es la política interior, las amenazas y los daños de fenómenos como el del cambio climático y el sargazo seguirán creciendo inexorablemente.

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