Opinión

El perverso narcisista y la “realidad”

En su cabeza y en su discurso, vive en una lucha entre el bien y el mal, en la cual, por supuesto, la encarnación del bien más elevado es él mismo.

  • 17/01/2017
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El perverso narcisista vive en una realidad alternativa, la suya. Lo que no significa que no sea capaz de funcionar en la vida cotidiana.  Mal, regular, bien o muy bien, como cualquier otra persona. El punto, es ¿cuáles son las maneras en las que evoluciona en el mundo a partir de sus rasgos de personalidad? Está convencido de entrada de su infinita superioridad sobre todo ser vivo, y no hay prueba de realidad que pudiera llevarlo mínimamente a cuestionarse. No podría. Lo suyo es el bunker emocional, porque de otra manera se caería en pedazos. Como “una fortaleza vacía”, retomando las palabras de Bruno Bettelheim.  


¿Si hacia adentro se vive cómo desprovisto y vacío, cómo vive? Para las apariencias. Para el espejo. No para cualquier espejo, por supuesto, sino sólo para aquellos que le regresen exactamente lo que necesita para respirar: una imagen grandiosa de sí mismo. Se hace amar, pero es incapaz de responder a ese amor.  Es más que capaz de imitar los gestos del amor. ¿Cómo podría en esa mezcla tan dolorosa en la que vive entre su magnificencia y su desprecio inconsciente por sí mismo?  Los perversos narcisistas mienten, mienten muchísimo. Como molinos de viento. Mienten si es necesario y si no lo es, pero casi siempre lo consideran necesario. ¿Por qué? Porque se necesita mentir para sostener sus fantasías de “poder ilimitado”, para poder mantener a otras personas “a su servicio”. Para sobrevivir en ese universo de desconfianza y ataques imaginarios en el que viven, porque son grandes paranoicos. “Personalidades fronterizas”, escribe Kernberg, luchando contra la amenaza interior (inconsciente) de la psicosis.


No son los “mentirosos ordinarios”, son  mitómanos. Pueden hablar sin despeinarse de estudios que nunca realizaron, afirmar que trabajaron en lugares a los que entraron de visita, decir que regresan justo de una misión especial en Moscú o Costa de Marfil,  cuando en realidad se escondieron una semana en alguna playa mexicana. Son amigos de cantidad de “poderosos” (rendidos, por supuesto, ante ellos) que vieron pasar por la acera de enfrente o en la televisión. La mismísima Marilyn Monroe en sus películas se detiene, mira directo hacia la pantalla y le hace (sólo a él) un guiño de ojo. Los niveles a los que puede llegar el delirio de magnificencia son tales, que una podría casi conmoverse (ante su desastre interior) y tender a olvidar que pueden ser muy peligroso para su entorno. Muy. Porque desde su incapacidad total para sentir empatía son capaces de crear los escenarios más infernales de utilitarismo y de destrucción. Y además los disfrutan.


Destruir, es también, para quien no puede imaginar más bellezas en la vida (aparente lo que aparente) una forma más de su fantasía de “poder ilimitado”. “Voy a someterlos porque soy el mejor”. Le cuesta mucho trabajo entender, cuando desata sus engranajes de manipulación y de daño, que más allá de todo lo que suponga que obtiene, o aún más allá de lo que obtiene, existen sobre la faz de la tierra personas capaces de vivir otra cosa, de una manera distinta, con principios distintos. Que existen personas capaces de vivir emociones verdaderas, de disfrutar de la vida en la realidad, y no en la puesta en escena. Seres humanos que son personas, así nada más, y no personajes actuando en función de los escenarios que según los días y sus conveniencias, va inventando.


Hay perversos narcisistas que manotean mucho, levantan la voz, constantemente acusan a los demás de perseguirlos, acosarlos, ofenderlos. Viven dirigiéndose a cualquiera que se les oponga desde el juicio sumario. Hablan como si supieran todo del otro, como si habitaran su cabeza y sus emociones. Lo que resulta lógico, si una piensa en su incapacidad de romper sus relaciones, no de amor, porque no se les da, sino de simbiosis con sus figuras parentales. Figuras parentales a las que vive como persecutorias. Para el perverso narcisista casi todos, a menos que se le rindan, son “persecutorios”. Y desechables, puesto que traidores en potencia. Se sentirá “traicionado” por cualquier cosa y su respuesta será de una desproporción casi delirante contra la persona que se niegue a someterse.  Acá viene una parte del problema: la creación de escenarios como verdaderas pesadillas para “vengarse”, “castigar”, “dar una lección”, “al enemigo”.


Desde el psicoanálisis existen cantidad de estudios muy interesantes con respecto a los rasgos de esta personalidad (que muy difícilmente recurriría a una demanda de tratamiento psicológico de manera voluntaria). Son con frecuencia las parejas, familiares, amigos del perverso, quienes llegan a los consultorios a solicitar ayuda: intentaron devastarlos, o lo lograron y no logran saber qué les pasó.  No logran entender qué pudo desatar esa furia vengadora, aunque tengan muy claras las acusaciones en su contra. Pondría un ejemplo, una persona dice: “Me parece que va a haber una tormenta”, el perverso respondería: “¿Qué estás intentando decirme?” “Que quizá sería mejor resguardarnos porque las nubes están cargadas” Respuesta: “Me estás amenazando”. “¿Amenazando?” dice el otro que no entiende nada. “Claro, ya te escuché, ¿qué estás planeando contra mí?” Una vez llegados a este punto, la “culpabilidad” del otro está clara, si lo empuja o lo patea, sucedió en “defensa propia”.



El ataque del perverso narcisista está en marcha, no es sino su más elemental derecho: fue amenazado con violencia. ¿Se da cuenta en algún lugar que la amenaza no sucedió? Más que probable. Pero si le es conveniente elegirá no darse cuenta. Su chamba es amordazar a los otros, ¿cómo? Muy fácil: “todo lo que digas y hagas no puede ser sino la prueba rotunda de lo mucho que me odias y el daño horrible que estás dispuesto a hacerme”. Dicho lo anterior, y conversado en dos o tres mesas (que le significan los micrófonos de la BBC) su “convicción” es profunda: el otro es merecedor de todo el daño que sea capaz de hacerle. ¿Se está devorando a sí mismo? Sí, cada vez. Pero en ese proceso de “triunfo” aparente y devoración interior, puede causar muchísimo daño, si la persona que está inmersa en esa trampa aún cree en él.


Suelen ser muy seductores, porque su búsqueda de reconocimiento es insaciable. Las puestas en escena públicas se les dan, hasta que la escasez de control de impulsos y su falta de humildad ante la frustración les desata la violencia. Están habitados por la violencia que se detona cuando no se sienten admirados, reconocidos, amados, en el nivel de sus exigencias: la del trato preferencial -como de pequeños dioses- que esperan. Podrían intentar caminos (como intentamos todos) hacia la sanación, pero casi nunca toman el riesgo,  implicaría reconocerse falibles, humanos, frágiles, “comunes”, pensarían ellos. ¿Cómo soportar semejante idea? Seducen mientras ganan el control, tienden a rodearse de personas a las que viven como sus incondicionales. Personas confiadas a las que consideran manipulables.

           


Las discusiones son muy complejas, porque difícilmente responderán a una pregunta de manera directa. También porque su técnica de control es responder ante cada pregunta como si se les asestara un insulto. Si su esposa/o le dice: “quedamos de vernos hace dos horas, por favor sé puntual”, la respuesta podría ser: “¡Estás dudando de mí! ¡Me estás difamando! ¡Eres un/a loco/a! Bien dice todo el mundo que eres un/a enfermo/a!” No deja de ser interesante ese “todo el mundo” al que suele referirse, lo incluye a él, y a dos o tres de sus incondicionales. Tampoco deja de ser interesante la técnica (muy repetida) de colocar a la otra persona en el lugar de “la loca”, aunque tantas pruebas de lo contrario estén en su contra. ¿Acaso él se detendría a analizar la realidad? ¿acaso se detendría a pensar que quienes lo escuchan no necesariamente están siendo embaucados? No importa lo que diga la otra persona: su guión está decidido de antemano. Él no habla para comprenderse con nadie, ni para negociar, ni para aclarar nada, él habla para recibir el aplauso de su público imaginario y el abrazo de la posteridad.


Quizá lo más doloroso para quienes lo han querido, es aceptar su incapacidad de entender las profundidades emocionales de los demás, porque es incapaz de entender las suyas. En su cabeza y en su discurso, vive en una lucha entre el bien y el mal, en la cual, por supuesto, la encarnación del bien más elevado es él mismo. Es pues, un ser superior y desde sus discursos (que siempre mantienen una enorme distancia con sus actos) la más inapelable de sus virtudes es su incuestionable (según él, ella) superioridad moral. Cuando la “elevadísima moralidad” es un hecho rotundo, ¿qué tendría que preguntarse? ¿por qué se detendría en algún trámite moral dado que no puede tener sino la razón de la manera más absoluta? ¿por qué no sería capaz de hacer todo tipo de juicios morales contra los demás sin el menor análisis y actuar en consecuencia aunque la “consecuencia” con muchísima frecuencia sea el imparable intento de destruirlos?


He allí una de las grandes trampas que cualquier persona (nosotros, “neuróticos ordinarios”) tenemos/tendríamos al conversar con él: no tiene límites, no acepta, no soporta tener límites. Cada vez que se tropiece o se estrelle contra ellos, jurará que se trata de campañas en su contra, injusticias, abusos, difamaciones.  Cuando conversa ofende (o lo intenta), inventa que sucedió lo que no sucedió (sin el menor problema), trata de arrastrar a la otra persona a agredirlo, a envilecerse como él se envilece. Los ataques y las descalificaciones personales son lo suyo. Pero no importa cuanto evite (quien lo conoce) caer en la trampa de sus agresiones, cualquier cosa que responda provocará ese: “¡No me ataques! ¡Me estás atacando!” Defenderse de él, o intentar extraer de su dominio a las personas a las que somete, será “castigado” con una inmensa brutalidad. Hacia adentro la violencia. Hacia fuera la sonrisa. Pero en la mayoría de los casos la violencia le va ganando adentro y afuera. ¿La niega? Claro. La exhibe y al mismo tiempo cree que puede negarla. Él sólo luchaba por la más noble causa.


En medio de todos esos dolores que son los suyos, ¿qué le duele? Todo lo bueno que el otro pueda tener y que él no tiene. Todo lo que sí tiene no es suficientes. Él tiene que ser completito. Sin carencias, sin fallas. Las virtudes de ese otro al que va odiando, son una afrenta que podrían recordarle que los seres humanos somos seres incompletos. Que ese “tenerlo y serlo todo”, no existe. Esa incompletud con la que vivimos le significa una amenaza interior de ser destruido, desde adentro. Le duele que las personas se construyan mundos basados en la realidad, en la humildad del amor y logren vivir con bienestar en ellos. No soporta a los que saben habitarse en la consciencia de la propia incompletud.


Le duele que otros sean felices, que no amanezcan atormentados por la frustración o por la rabia. Aunque él/ella salga por el mundo repartiendo sonrisas. Les duele con una intensidad insoportable para ellos que alguien les diga: “estás mintiendo”. No porque no sepan que están mintiendo, sino porque nadie tiene derecho a cuestionarlos, a recordarles que las otras voluntades existen. Que la autonomía existe. Que los límites existen. Una vez que ya desató su furia, ¿cómo salvarse de sus daños? Depende de las circunstancias, siempre es necesario pedir ayuda, hacerle saber que ante sus ataques, no habrá silencio. Teniendo claro, muy claro, que su más infinito deseo es llevar a la otra persona hacia la incertidumbre, el miedo, la humillación. Pero sobre todo: envilecerla. Puede producir horror si una se mueve entre sus trampas, una sana distancia si no cayó en ellas. 


El perverso narcisista tiene que probarse que puesto que él se devora por dentro, su víctima tiene que vivir lo mismo. Porque ese más allá del odio, de la frustración, esos paisajes que no logra vivir, eso, sobre todo, es lo que no perdona. La oscuridad es lo suyo. La traición a cada una de las personas que lo hayan amado o lo amen, es lo suyo. Traicionará a quien lo apoye cuando considere que ya no le sirve. Acusándolo, claro está, de traidor, deshonesto, falsa. Proyección, que le dicen. El sol brilla. Que los perversos abracen sus tinieblas.  Mirarlos a los ojos.  Y dejarlos hablando solos. De todas maneras, dado que jamás escuchan, dado que ningún interlocutor les parece válido por mucho tiempo a menos que le ofrezcan adoración incondicional, dado que el otro no es sino un espejo: ellos siempre hablan solos. Los “Vampiros emocionales”, escribió Kernberg.


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