Opinión

El periodismo hace su tarea en un entorno tóxico y polarizado

Mensaje al recibir el Gran Premio Chapultepec que otorga la SIP a personalidades o instituciones que se distinguen por su defensa de la libertad de expresión.

  • 28/04/2021
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En Estados Unidos, durante los últimos años, empezamos a tener una idea de la situación que los periodistas latinoamericanos han vivido por mucho más tiempo, inclusive mucho peor. Se lo debemos a nuestra democracia y a nosotros mismos por mantenernos firmes a nuestros principios. Se lo debemos también a todos esos periodistas que por décadas han permanecido firmes en la defensa de los principios democráticos, incluyendo el de la libertad de expresión, con frecuencia buscando el apoyo moral de los Estados Unidos.

Quienes ejercen el periodismo en Latinoamérica han tenido un trabajo mucho más arduo que el mío. Han enfrentado mayores obstáculos y encarado muchas amenazas peores. Ellos, sus equipos y la mera existencia de sus organizaciones han sido puestas en peligro. Han demostrado una gran valentía, que en mi caso nunca me fue requerida.

Ahora sabemos que en Estados Unidos nuestra democracia es más frágil de lo que imaginábamos. También sabemos que nuestras instituciones tampoco son tan fuertes como creíamos. Hemos llegado a reconocer cuán vulnerable puede ser la prensa independiente cuando se ve sometida a agresiones despiadadas y a gran escala. 

 Por cuatro años tuvimos un líder en los Estados Unidos que nos atacó incesantemente y con un resentimiento ilimitado. Empezó marginándonos, luego procuró deslegitimarnos y posteriormente trató de deshumanizarnos. Y finalmente, intentó descalificarnos como árbitros creíbles de la información.

Ahora bien, todos nosotros entendemos que criticar a la prensa es algo normal, de hecho, en la democracia es lo que cabe esperar. Y de paso, podemos manejar las críticas. La tensión que existe entre el gobierno y los medios de comunicación es natural. 

Pero el objetivo de nuestro presidente anterior fue más allá de la norma – y fue, de hecho, una violación al juramento que hizo durante su investidura presidencial de “preservar, proteger y defender la Constitución de Estados Unidos”. 

 La meta de Donald Trump fue socavar en Estados Unidos el rol protegido constitucionalmente de una prensa libre e independiente. La meta fue derribar el concepto de una información imparcial para desvirtuar la idea de una realidad objetiva. Trump quería hacer creer a los ciudadanos que la verdad era únicamente lo que él declaraba. Sin embargo, lo que él expresaba era, con frecuencia, una mentira. 

Esto lo observamos más dramáticamente después de que se celebraron las elecciones de 2020, las cuales Trump calificó de elecciones robadas. Pero esto lo dijo sin ninguna prueba, y todas las evidencias señalaron que fueron unas elecciones limpias. Joe Biden fue elegido legítimamente como presidente. 

Las demandas sin fundamento de la campaña de Trump y sus aliados fueron rechazadas en 50 juicios y con la participación de casi 90 jueces, utilizando un lenguaje ponzoñoso que provocó repudio ante hacer repudió la frivolidad de dichos reclamos. Muchos de esos jueces eran republicanos; muchos de ellos fueron designados por el propio Trump. Y llegaron a la misma conclusión: no hubo fraude. Y aún así Trump y sus aliados continuaron con la mentira y persisten en decir esta mentira el día de hoy. Ha sido denominada “la gran mentira” y, sin duda alguna, lo es.

Quizás la “gran mentira” fue adecuadamente el final de un año perturbador que arrojó un golpe tras otro. Todos los periodistas, nuestros colegas en las salas de redacción, hemos atravesado un año diferente a cualquier otro que habíamos vivido o que podríamos haber posiblemente esperado vivir. ¿Quién esperaba que íbamos a tener una pandemia a nivel mundial? o ¿quién suponía un colapso económico global?

También en Estados Unidos observamos protestas de justicia social que han sido las mayores que han ocurrido desde la era de las luchas por los derechos civiles. Y podría decirse que celebramos las elecciones más relevantes de nuestro tiempo. Igualmente, después de las elecciones fuimos testigos, sin más ni menos, de un reto sin precedentes al principio fundacional de la democracia: el derecho a votar y de que tu voto se cuente.

Estos eventos afectaron a los trabajadores del “Washington Post” de una manera muy personal. Como bien saben, la pandemia supuso riesgos en las vidas personales y profesionales de los periodistas. Algunos se enfermaron. Y la mayoría no podía establecer el mismo contacto con el público como usualmente hacía. Y, con un enorme desafío por delante, el trabajo parecía continuar sin poder parar.

Aunque en “The Washington Post” no hubo recorte de personal o de salario debido a la crisis económica, algunos cónyuges y parejas de miembros de nuestro personal vieron sus trabajos evaporarse y sus ingresos drásticamente reducirse. La incertidumbre económica se inmiscuyó de forma repentina en las vidas de nuestro personal cuando las presiones laborales fueron más severas.

Los reporteros, fotógrafos y camarógrafos que estaban en la calle, especialmente aquellos que cubrían la información dentro de las instituciones de salud o desde las protestas en la calle, enfrentaron peligros específicos. Entre ellos estuvieron las agresiones por parte de la policía, que trataba a los periodistas como el enemigo. 

Las protestas de justicia social fueron para muchos de nuestros periodistas algo sumamente personal, especialmente para aquellos periodistas de color que han sufrido humillaciones a lo largo de sus vidas por su raza u origen étnico. 

En una perspectiva más amplia, el terreno público en el cual hacemos nuestro trabajo es simplemente tóxico. Ejercemos el periodismo en uno de los momentos más polarizados y preocupantes de la historia reciente. Realmente la polarización, a mi juicio, no describe lo suficiente lo que hemos experimentado en Estados Unidos. Estamos padeciendo de una división sectaria. Y hemos visto una violencia sectaria. 

La profunda división política actual hace que no podamos estar de acuerdo en los hechos más básicos. Aún peor, no podemos ponernos de acuerdo sobre qué constituye un hecho. Por lo general, las sociedades se basan en ciertos elementos básicos para determinar qué es un hecho. Primero, nos basamos en la educación; segundo. Y finalmente, por sobre todas, en la evidencia. Pero todos esos elementos – la educación, la experiencia y la evidencia –han sido devaluados en el ambiente en el que vivimos actualmente. En vez de inspirar seguridad y confianza, son vistos con sospechas.

Muy en particular, durante más de un año, a los principales científicos del gobierno estadounidense se les cuestionaron sus razonamientos y se burlaron de sus habilidades – a pesar de toda una vida de educación, experiencia, entrega y logros que han hecho que todos en nuestro país estemos más seguros y sanos.

 Demasiadas personas ya no desean estar informadas. Por lo contrario, desean ser confirmadas en sus pensamientos. No quieren que se les digan los hechos. Únicamente quieren que se les digan que ellos tienen la razón. Nos debemos preguntar: ¿a dónde nos lleva todo esto?

¿Vamos hacia un tribalismo extremo, donde solo creemos lo que nuestras almas gemelas ideológicas dicen? ¿nos dirigimos hacia un profundo escepticismo, donde creemos que todo el mundo miente por razones egoístas? o ¿simplemente la gente llegó a la conclusión de que nadie nunca puede realmente llegar a saber qué es cierto o qué es falso, y, por lo tanto, de nada sirve averiguar? 

Así que este es un momento de estrés y conflicto para aquellos de nosotros que trabajamos en los medios de comunicación, quienes tradicionalmente hemos sido los árbitros de la verdad en la sociedad. Una reacción al conflicto es la evasión – quedarse tranquilo, cohibirse, permitir que el miedo a la confrontación y a la difamación se adueñe de nosotros. Pero nosotros, en la prensa, tenemos responsabilidades particulares. Nunca podemos callar. Nuestros derechos a la libertad de expresión carecerían de sentido si no los ejercemos.

Este no es momento para el silencio o la timidez. Este es un momento de determinación renovada por nuestra parte. Tenemos que recordarnos a nosotros mismos qué significa ser un buen periodista. Considero que ser un buen periodista requiere tener alma y tesón. Tener alma implica que entendemos la misión fundamental del periodismo que es la búsqueda de la verdad – no solo entenderla, sino también sentir un compromiso profundo en averiguarla. Y tesón, porque nos exige tener la fuerza de voluntad para resistir los ataques más despiadados.

El propósito de nuestra profesión no es ser popular. El propósito de nuestra profesión es conseguir la verdad y difundirla. Ese es un principio fundamental en el “Washington Post”. Los principios fundamentales del Post se pueden leer en la pared de entrada de la sala de redacción y fueron creados en 1935. Comienzan diciendo lo siguiente: “El objeto primordial de un periódico es decir la verdad tanto como dicha verdad sea posible de constatar”. 

Eso reconoce que llegar a conseguir la verdad es un proceso. Y no es fácil. La verdad puede ser escurridiza e implica algo más que los hechos: también requiere contexto, énfasis y perspectiva. Además, los principios del Post también contemplan que la verdad existe. No es tan evasiva como para ser inescrutable.

Hay varias cosas que podemos decir acerca de la verdad: no tiene nada que ver con quién o qué es lo más popular. No tiene nada que ver con tu opinión o tu afiliación política. No depende de quién grita más fuerte, o de quién tiene más poder, o de quién se beneficiará. 

Los reportajes más importantes de mi carrera – en los medios de comunicación que he dirigido- enfrentaron desconfianza, críticas y repudio. A pesar de ello seguimos adelante, informando y publicando lo que sabíamos. 

Hace dos meses me jubilé del “Washington Post”. Pero no me he jubilado del periodismo.

Espero permanecer siendo una voz por el trabajo que los periodistas todos desempeñan bajo una inmensa presión y corriendo grandes riesgos.

En una democracia los ciudadanos dan por sentado que la prensa está garantizada. Y eso no debe continuar. Si no, el público va a encontrarse sin una prensa libre. Y sin una prensa libre, las personas se darán cuenta rápidamente que han perdido la libertad de expresión para sí mismos. Y sin libertad de expresión, la democracia no existe. 

De la misma manera en que el público ha dado por sentado a la prensa, nosotros en la prensa hemos dado por sentado al público. Las personas no nos entienden. Están confundidas, frustradas y algunas veces molestas acerca de la manera en cómo se ejerce el periodismo. Debemos hacer un mejor trabajo en comunicar quiénes somos, cómo hacemos nuestro trabajo y por qué hacemos lo que hacemos. 

Mi esperanza es que podré ayudar en los años por venir. Pasé a este nuevo capítulo de mi vida con inmensa gratitud por la confianza de mis colegas a esta profesión. 

(*) Mensaje en ocasión de recibir el Gran Premio Chapultepec que otorga la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) a personalidades o instituciones que se distinguen por su defensa de la libertad de expresión

Martin (Marty) Baron fue editor de “The Washington Post”. Ha sido periodista durante 45 años. Ha conducido igualmente los diarios “The Boston Globe”, “The Miami Herald”, “The New York Times” y “Los Angeles Times”, donde lideró equipos que ganaron 17 premios Pulitzer.Uno de estos trabajos fue la investigación sobre abusos de sacerdotes de la Iglesia católica en Boston, que dio lugar a la película “Spotlight”. 


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