Opinión

El París de Toulouse-Lautrec en Bellas Artes

“Yo no pertenezco a ninguna escuela, yo trabajo en mi rincón”. Henri de Toulouse-Lautrec.

  • 20/09/2016
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“Mi hijo no tenía ningún talento”.

Conde Alphonse-Charles-Jean-Marie de Toulouse-Lautrec Montfa.

(Y sí, su padre).

 

La Goulue, cartel de Toulouse-Lautrec para publicitar el Moulin Rouge.

 

El París de la noche en el barrio de Montmartre, ese antiguo pueblo de viñedos y molinos que se anexó a París en 1860 y que se convirtió en el centro de la bohemia de la mítica Belle Époque, hasta el estallido de la primera guerra mundial. Henri de Toulouse-Lautrec amó Montmartre y allí encontró a sus maestros, a sus amigos, a sus amantes  y a tantos de los personajes entrañables que habitan su obra. Detenidos. Eternos. Ese barrio popular del Moulin Rouge y el Moulin de la Galette  (molino en el que alguna vez se fabricaron galletas), convertidos en espacios para noctámbulos, con música, baile, cantos, vino abundante y  el baile en “cuadrilla” que más tarde se hizo célebre con el nombre de French Cancan. Mujeres como  Louise Weber (a)“La goulue” (“golosa”), famosa por su talento para bailar y levantar sus piernas tan alto, que lograba mostrar su ropa interior. ¿Qué podía haber de más disruptivo? 

 

La Golosa bailaba y bebía de mesa en mesa de las copas de sus clientes, de allí su sobrenombre. Un día – esa mujer que bailará por siempre en la obra del artista - abandonó el Moulin Rouge y eligió dedicarse a las ferias. Bailarina y después domadora de leones. En el cartel posa junto a Valentín, marchante de vinos. Cuentan que antes de morir (en la miseria) La Golosa le preguntó al sacerdote: “¿Me va a perdonar Dios? Soy La Golosa”.  La imagen de esta “pecadora” (según ella), ha recorrido los museos del mundo. Ha adornado decenas de miles de muros y está en México en el Palacio de Bellas Artes hasta el 27 de noviembre, como parte de una vasta muestra de más de cien obras de Tououse-Lautrec: dibujos, fotografías, litografías, óleos y videos, propiedad del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

 

 

Henri de Toulouse- Lautrec nació en el castillo du Bosc (1864), en una familia de la nobleza francesa, de allí la partícula “de” que antecede a su apellido. De pequeño le llamaban “petit bijou”, (“joyita”) y existen cantidad de fotos que nos llevan hacia los años de su infancia. Practicaba equitación, caza, estudió dibujo.  Su padre fue un hombre egoísta y ausente que prefería sobre todo la caza, famoso por excéntrico y que al parecer no fue capaz de crear un vínculo con su hijo mayor, tan frágil y propenso a las enfermedades. Henri creció con su madre y en constantes visitas a su abuela.

 

Todo parecía mostrar que seguiría una vida de “distinguida y cultivada ociosidad”, recorriendo sus campos a caballo. Nada más remoto de la vida que eligió. A los trece años y después de dos accidentes  sin demasiada importancia y que en él resultaron graves, descubrieron que padecía una enfermedad en los huesos. Tuvo que abandonar la equitación. Sus piernas dejaron de crecer.  

 

Montaje de Maurice Guibert (1900) “Henri de Toulouse-Lautrec como artista y como modelo”.

 

En el castillo de su infancia su familia solía marcar rayitas en los muros (como hacemos tantas familias) para recordar  los avances de su crecimiento y el de sus primos. Henri dejó de crecer al alcanzar 1.52. “Cuando pienso que nunca hubiera sido pintor de haber sido mis piernas un poco más largas”. Como un quiebre entre esa vida a la que parecía destinado y  la que eligió. En sus largos periodos de inmovilidad el dibujo y la pintura se convirtieron en su compañía y su sostén. “Joyita” descubrió su vocación y se fugó de la vida de castillos. Su cotidianidad estaba de manera definitiva en otro lado: los barrios populares, las bailarinas, los bebedores, las lavanderas, las modistas, las actrices, los payasos. Los artistas. La noche. El cognac y la absenta.

 

En el taller de Fernand Cormon (cercano al Moulin Rouge) conoció a Manet, Degas, Van Gogh y Renoir. Fue amigo de Bonnard y un apasionado de las estampas japonesas. La ley francesa del 29 de julio de 1881 decretó la “libertad de prensa” y la libertad de colocar carteles en lugares públicos. En 1891 Toulouse-Lautrec creó el cartel del Moulin Rouge. Comenzó a trabajar el cartel y la litografía. “Trabajo hasta que se me caen las manos”. Creó carteles para ediciones de libros. Anuncios para novelas por entregas que aparecieron en revistas, anuncios de obras de teatro, una papelería londinense o una marca de bicicletas.  El ciclismo (que no podía practicar) y los velódromos fueron también una pasión en su vida.

 

“El beso en la cama”.

 

Pero lo suyo - con una fascinación enorme - fue: “colocar lo marginal en el centro”, como escribió Carlos Monsiváis refiriéndose a Salvador Novo. “No quiero pintar bello, sino verdadero”. En Montmarte encontró la efervescencia de los movimientos artísticos de su época. La Bella Época. Lo fascinaron los impresionistas. Frecuentó y capturó  la vida de las casas de citas, con sus inseparables hojas de papel, pincel y lápiz. Los rostros de los obreros buscando alegría en Montmartre. Los rostros de los burgueses y aristócratas que visitaban los centros nocturnos de los barrios populares a la búsqueda de diversidad y rupturas.  Un más allá de sus guantes y sus sombreros de copa. 

 

La noche. Y las bellezas de la intimidad femenina de noche y de día como en “El baño”, esa obra bellísima que nos recuerda tanto los encantos de Degas. Una casa de citas, una trabajadora de espaldas con sus medias negras aún puestas. Al borde del desnudo en una escena de suavidad, de pudor y de silencio.  “Dos amigas”, la escena de mujeres que conversan en una cama. “El beso en la cama”. “La cama” en la que duermen un hombre y una mujer. La intimidad que se espía y se devela. La ternura en una casa de citas. El pacto de amor entre Toulouse- Lautrec y las trabajadoras sexuales. Tan secreto y tan público.

 

Henri de Toulouse- Lautrec trabajó muchísimo y bebió muchísimo. Cuentan que el bastón que lo ayudaba a caminar estaba siempre lleno de alcohol.  Sus limitaciones físicas fueron su desgracia y el detonador de una obra por momentos tan brutal y por momentos tan suave.  Murió el 9 de septiembre de 1901 a los casi 37 años. El aristócrata que eligió desclasarse, que encontró en los personajes de la noche, en su marginalidad, en sus desamparos, el cobijo para su propio desamparo. El que nunca quiso “pintar bello”, sino “verdadero”.  Allí nada más, tan cerquita: en Bellas Artes.

 

Para antes o después de la visita a la exposición, la película del director John Huston: “Moulin Rouge” (1952), la vida de Henri de Tououse-Lautrec.

(No la encontré con subtítulos en castellano).