Opinión

El Panteón de San Fernando (Parte II)

Espacio común de liberales y conservadores. | Cristina Tamariz*

  • 22/12/2019
  • Escuchar

Las restricciones para evitar sepulcros en iglesias y conventos serían graduales pero progresivas durante la segunda mitad del siglo. En 1833 Antonio López de Santa Ana decretó la apertura al público de los cementerios, hasta ese momento administrados por el clero. No obstante, la muerte en el siglo XIX perpetúo las diferencias sociales. Los costos funerarios en San Fernando atraían a la élite política de la época, mientras que los sectores pobres tenían otras opciones como el panteón de Los Ángeles. San Fernando continúo recibiendo a personajes ilustres de bandos irreconciliables, quienes compartían, además del silencio de los sepulcros, su pertenencia a la élite.

El declive de San Fernando se puede resumir entre los años de 1858 y 1860; tres años bastaron para consolidar la secularización de la muerte. El primer golpe a San Fernando provino de la naturaleza, un temblor de gran magnitud afectó la estructura del templo por lo que fue necesario cerrarlo al culto eventualmente. Sin reponerse de las fracturas en las cúpulas y naves del templo, en julio de 1859, el gobierno liberal decreta la Ley de secularización de cementerios y panteones que a la letra indicaba: “Cesa en toda la república la intervención que en la economía de los cementerios, camposantos, panteones y bóvedas o criptas mortuorias ha tenido hasta hoy el clero, así secular como regular”.

Los antecedentes de una disposición así de radical se adivinan en un texto de Melchor Ocampo publicado semanas después. Ocampo se pronunció a favor de esta ley para detener “los bárbaros y repugnantes abusos del clero” en materia funeraria, en tanto resultaba imposible concebir a un gobierno civil sin su respectiva necrópolis. En su argumento recordó los casos de dos insignes liberales y en su momento presidentes de México, a los que el clero les negó el sepulcro: don Valentín Gómez Farías cuyo deceso en 1858 fue motivo de debate y escándalo porque ante la negativa de la iglesia se resolvió enterrarlo en la huerta de su hija en Mixcoac. El otro liberal fue Manuel Gómez Pedraza. Esta ley según Ocampo serviría de desagravio a la memoria de ambos personajes.

Finalmente, una última disposición liberal en 1860 contribuyó al desmantelamiento del esplendor colonial de San Fernando cuando las órdenes monásticas fueron suprimidas y sus templos cerrados al culto. Desde entonces, la vida activa del templo se extendería por escasos doce años, hasta recibir a uno de los huéspedes más insignes, el Patriarca de la Patria, según lo calificó la prensa nacional: Benito Juárez.

Los funerales de Juárez serían uno de los acontecimientos que marcó la historia de la ciudad. Ante la puerta responsorial clausurada, se erige ahora una efigie del Benemérito en donde se lee una máxima que bien responde a la inscripción del lado del templo. No es difícil asumir que los liberales también tenían una religión, su propio dogma de fe según expresó Juárez: “La democracia es el destino de la humanidad futura la libertad, su indestructible arma; la perfección posible, el fin donde se dirige”.

En el Panteón de San Fernando se proyecta en los monumentos funerarios que aún se conservan, la disputa entre la élite gobernante y el clero católico. En los monumentos a Benito Juárez, Ignacio Zaragoza, Ignacio Comonfort, Francisco Zarco, José María Lafragua y el mismo militar conservador Tomás Mejía, los ángeles, las cruces, las advocaciones a los santos fueron reemplazados por los símbolos de las logias masónicas a las que pertenecían. La austeridad del mármol italiano, un reloj de arena alado que custodia los monumentos funerarios recuerda en otra forma la finitud de los hombres, liberales o conservadores: Tempus fugit.

*Cristina Tamariz, investigadora y docente especialista en diseños de investigación social. Doctora en Ciencias Sociales por El Colegio de México; maestra en Sociología Política por el Instituto Mora y licenciada en Ciencias de la Comunicación y Periodismo por la UNAM. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Conacyt. Forma parte del cuerpo docente de la Maestría en Periodismo político en la Escuela Carlos Septién García.

Para La Silla Rota es importante la participación de sus lectores a través de  comentarios sobre nuestros textos periodísticos, sean de opinión o informativos. Su participación, fundada, argumentada, con respeto y tolerancia hacia las ideas de otros, contribuye a enriquecer nuestros contenidos y a fortalecer el debate en torno a los asuntos de carácter público. Sin embargo, buscaremos bloquear los comentarios que contengan insultos y ataques personales, opiniones xenófobas, racistas, homófobas o discriminatorias. El objetivo es convivir en una discusión que puede ser fuerte, pero distanciarnos de la toxicidad.