Opinión

El Panteón de San Fernando (Parte I)

Espacio común de liberales y conservadores. | Cristina Tamariz*

  • 15/12/2019
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En la Ciudad de México hay lugares que parecen estar custodiados por espíritus impasibles. La humanidad de los que buscan refugio en la Plaza de San Fernando, con su iglesia y su panteón, se desdibuja como los relieves de los mausoleos rematando un entorno fantasmagórico. Ignoran, al igual que los paseantes distraídos, las batallas libradas en el espacio que fija los límites de la plaza; al frente, la avenida Hidalgo; a la derecha la calle Guerrero; la parte trasera, la calle de Mina y a un costado del que sería el panteón de San Fernando, Héroes es la calle.

La calidez de la iglesia de San Fernando fue disputada en otras épocas por vivos, pero sobre todo por quienes estaban ya fuera de este mundo. Fray Fidel de Jesús Chauvet registra que la primera piedra del templo de la orden misioneros franciscanos de San Fernando se colocó el 15 de octubre de 1735. Veinte años más tarde y como resultado de donativos de personajes del más alto linaje, el convento y el templo abrirían sus puertas al culto católico.

La fachada principal de la iglesia sobrevive mejor que algunos sepulcros al paso del tiempo. San Fernando III, rey de Castilla, ha sabido custodiar los nichos, el portón principal y una cruz incrustada en el muro derecho que apenas fue esbozada con piedras de color más oscuro pero sin relieve. A fines del siglo XVII, San Fernando era un vasto terreno propiedad de los franciscanos que les permitió la construcción de su templo, el convento para los religiosos, una extraordinaria biblioteca y lo que sería motivo de disputa durante el siglo XIX, su panteón.

Al templo, más que al panteón, asisten vecinos de la colonia Guerrero. Una mujer octogenaria dice que ahí la bautizaron; como ella habrá un buen número de vecinos que recibió en esta iglesia alguno de los siete sacramentos. El siglo XX le deparó al templo la asistencia regular de los habitantes de la Guerrero. La devoción barrial sobrevivió como algunos vestigios que en la actualidad dan señales de su esplendor. El brillo imponente del único retablo que sobrevive con sus nichos de cedro bañados en oro que resguardan a Cristo, a San Fernando y a la Inmaculada; la altura de su bóveda, engalanada en otros tiempos con los frescos del pintor Juan Cordero. Un mural, con la genealogía de la orden franciscana, cubre la parte lateral del templo.

Poco se habla de una pequeña puerta rústica localizada en la parte derecha de la entrada principal. No es el material lo que impone, sino la pintura que en las grietas de la madera componen una figura y una advertencia de nuestra finitud. La inscripción es contundente: “Memento Homo qua pulvis es et in pulveros revertis”, porque del polvo vienes y al polvo irás. El hombre mortal, expulsado del paraíso según el Génesis es el punto de llegada, el espacio físico que separa a los vivos de los muertos, fue también el paso del templo al panteón de San Fernando, el responsorio.

En el siglo XVIII esa puerta se abrió exclusivamente para recibir a los principales benefactores de la orden, lo mismo que a los virreyes Matías y Bernardo Gálvez y Gallardo. Desde entonces, personajes ilustres, protagonistas de las grandes revoluciones intelectuales de México cruzaron esa puerta. Cuando en la segunda mitad del siglo XIX las Leyes de Reforma limitaron la injerencia del clero católico en materia de sepulturas, la puerta responsorial se cerró definitivamente, como expresión simbólica de una frontera política. La secularización de los liberales también se manifestó en los espacios y en los usos sociales de estos.

Durante la etapa colonial y los primeros años del México independiente, la muerte o mejor dicho los difuntos eran cosa seria. Mientras las epidemias diezmaban sin previo aviso la demografía de la ciudad de México, las formas de sepultura convencionales fueron superadas por la demanda de espacios. A principios del siglo XIX los cementerios activos tenían la peculiaridad de estar en las afueras de la ciudad y de pertenecer al clero. Los más importantes fueron el de San Lázaro, el de Santa María la Redonda, el de la Santa Veracruz, el de San Fernando (estos tres últimos situados en lo que sería la colonia Guerrero), así como el del Tepeyac.

*Cristina Tamariz, investigadora y docente especialista en diseños de investigación social. Doctora en Ciencias Sociales por El Colegio de México; maestra en Sociología Política por el Instituto Mora y licenciada en Ciencias de la Comunicación y Periodismo por la UNAM. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Conacyt. Forma parte del cuerpo docente de la Maestría en Periodismo político en la Escuela Carlos Septién García.

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