Opinión

El nido no estará “vacío”, sino distintamente habitado

Ese intento materno de regresar a la infancia.

  • 19/07/2016
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También para la mamá de Chelita.

Porque ella sabe.

Y a la luminosa llegada de Emma.

 

Me dicen que se llama “el síndrome del nido vacío” esa cantidad de emociones encontradas que vivo ahora que mis tres hijos se van fuera de México, y por mucho tiempo. Seguro que la expresión tiene que ver con que – como los pájaros - abren las alas y vuelan. Por alguna razón esa expresión no me gusta naditita, me provoca susto peludo y barrigón, me suena a desesperanza, precipicio, abismo, hoyo negro. Madre/padre desvencijada/o que se arranca los cabellos. Y es otra cosa, ¿no es cierto? (Aunque una/o por momentos se arranque los cabellos), este quiebre interior, esta fisura, este hogar tan lleno de ellos que se queda sin sus presencias cotidianas.

 

El regalo que me hizo ayer mi hijo Diego: él y sus hermanos en sus camitas de infancia.

 

¿Estaré negando mis emociones? ¿Querré jugar a la chipocluda? Es posible,  pero también creo que considerar el espacio como “vacío”, no honra a nadie: ni a los hijos, ni a la madre/el padre, ni a la vida. No sé qué hacer con mis emociones, eso es cierto. Voy a aprender a lijar madera y a pintarla para cambiar el color de los muebles de la cocina. Voy a aprender a pintar las paredes, quiero hacerlo yo misma. Quiero reencontrar cada espacio de nuestro hogar, como si a través de esos milímetros y milímetros que están aquí afuera, trabajara cada espacio en mi interior.

 

Así: mosaiquito por mosaiquito. Si no hubiera preferido estudiar Letras, lo mío era la decoración de interiores. Pasado el tiempo descubrí que estudiar y hacer un psicoanálisis ha sido otra manera de aprender a restaurar y decorar interiores. Las distintas maneras, las de cada una/o de habitarse y de construir un hogar lo más amable posible adentro suyo, y permitirse - a través de este trabajo- el ser un poco más capaz de ofrecer un hogar amable para las personas a las que una ama. Es un trabajo de toda la vida y hasta el último segundo: acompañarse, para ser capaz de acompañar. Abrazarse, para abrazar.

 

Creo que mis tres hijos (como la mayoría de los hijos que se van en condiciones de amor y no de huida),  aprendieron a trabajar su interior, creo que traen un hogar lleno de luces adentro suyo. Creo que aprendieron a manejar sus zonas oscuras y a intentar iluminarlas, a veces con lámparas poderosas y a veces con una lamparita de mano o con velitas. A como se va pudiendo, así es la vida. Creo que mirarlos ir – con nuestro corazón apachurrado- tiene también su lado de fiesta y de gratitud con la vida: se van y se llevan en sus maletas, en sus mochilas, nuestro voto de absoluta confianza en sus elecciones de vida, y nuestro amor incondicional.

 

Ese intento materno de regresar a la infancia

 

 Anoche soñé que estaba en una esquina en Villahermosa e intentaba regresar a la casa de mis padres. No podía. El sueño se fue convirtiendo en una pesadilla. Un camino era peligrosísimo y oscuro, el otro (el más seguro) no lo encontraba. Detenía a las personas: “¿por dónde queda el Parque de los Pajaritos”. Ese parque existe en Villa, y está a unas cuadras de la casa de mis padres, pero creo que no es causalidad este asunto del “nido vacío” que me explican, y las palabras en el sueño: “los pajaritos”. Si me indicaban por dónde estaba el parque, yo sabía que encontraba a salvo el camino de regreso a la casa.

 

Nadie me dijo cómo. Me desperté llena de miedo y sudando. La casa de la que una va y viene, de la que una se ausenta y a la que una regresa cada vez, es una casa interior. Está hecha de bienvenidas y despedidas, de encuentros y de pérdidas, de amores y desamores, de gratitud por cada segundo de bienestar y de amor y de creatividad y de esperanza. Está llena de palabras que nombran. Me desperté sudando porque en el sueño me ganaba la pérdida, porque quería encontrar mi certidumbre en el pasado y no en el presente y en el futuro.

 

Porque quería aferrarme a esa casa de mis padres que yo misma dejé cuando era muy joven. Es la ley de la vida. Porque en el momento en que mi maternidad toma una distancia física con sus objetos de amor, lo único que se me ocurrió –en ese sueño- fue volver a ser hija, a la manera de antes. ¿Y ahora qué hago, papá, para despedirlos como tú me despediste, con el abrazo cerrado y la frente en alto? Y luego recordé a mi mamá: “Pase lo que pase, tú derechita y con dignidad”. ¡Eso! Sobre todo cuando lo que pasa, es tan bueno para cada uno de ellos.

 

Creo que sudé muchísimo porque al despertarme en la madrugada tuve pánico de mi misma: soñar con un parque (que me conducía hacia la certidumbre y la seguridad), en el que los pajaritos están atrapados en una jaula. ¿Qué tal el egoísmo inconsciente? ¿Qué tal?

 

Sebastián y Esteban después de una comida de despedida en nuestra casita.

 

Las aves y sus nidos          

 

Entre los arbolitos del balcón de mi recámara, muchas veces, las palomas han hecho sus nidos. Observo a la paloma, sus pequeños huevos. Un día ya están allí los cuerpecitos. Las aves se van. Punto. Una se asoma y ya el nido es una laboriosa construcción abandonada por todos. Dado que no hablan, no nos es dado conocer con detalle las emociones de la señora pájara, el lugar de un don pájaro en su vida, las razones por las que ella misma abandona su nido. Una vez que los pajaritos se van, ¿ella los sueña? ¿Le mandan mensajitos de alguna manera? ¿Sabe que los va a reencontrar y que se van a separar de nuevo y que llega un momento con los hijos en que así es ya la vida? Más allá de volar y reproducirse, ¿doña pajarita en qué trabaja?

 

¿La pájara sufre, o está biológicamente preparada para que cada quien agite sus alas en distintas direcciones? ¿La pájara sabe que sus hijos están construyendo su libertad? ¿Saben que aman y son amados –también- allá afuera y que con sólo saberlo nuestro hogar a distancia se llena –también- de sus vidas? Quizá “deshumanizo” la vida de los pájaros desde mi ignorancia antropomórfica. No conozco las emociones de las palomas que han sido madres a unos metros de mi computadora, apenas aparezca la próxima voy a intentar interrogarla. Hasta donde sé, esos animalitos no viven en familia por largo tiempo y aunque vuelan en bandadas, no estoy segura de que tengan amigos con quienes platicar y tomarse un vinito. Si sufren las palomas, ¿quién les ofrece contención? “No te me desbordes, querida, que aquí estoy”.

 

Y una recibe esa contención de tantísimas maneras. Sería tan ingrato (y espeluznante) decir: “mi nido está vacío”, cuando en realidad nuestro/mi hogar (en el sentido más amplio) está lleno de amor y de compañía y de ternura, y de palabras para escribir y conversar, sólo que bajo este techo, en esta ciudad, en este país, ya no estarán ellos. Por mucho tiempo. Ayer comimos juntos y Diego - mi hijo mayor-  me ofreció ese regalo maravilloso: las tres pequeñas camitas de la foto con sus tres personajes, su tocadorcito, sus burós, las maquinitas de coser Singer y las planchas viejitas que colecciono. “Acá estamos mamá, en nuestras camas, la cama más grande es la de Sebastián, (porque el más chiquito de los tres es el más largo), acá está Santiago, acá, yo”. Yo sé que se refiere a la casita interior.

 

Es cierto, acá están, en donde abrazo la historia de nuestro amor y nuestra fuerza juntos. Y allá van, y todas/os –aunque ahora me sienta catatónica- construimos futuro. Allá van cada uno por su lado con ese cariño tan intenso que se tienen entre hermanos. Son libres porque se saben amados. Soy libre porque me aman. Nada de certidumbres que se encuentran en las jaulas, ¡pero qué barbaridad mi inconsciente! Tan atolondrado y tan miserable. Tengo que trabajarlo muchísimo, porque me estorba y me avergüenza.  ¿Ya les dije que voy a aprender a pintar las paredes? Y la casa se seguirá llenando de palabras siempre nuevas, y de sus vidas y de mi vida. Y acomodaré mis nostalgias. Me gusta muchísimo la decoración, que cada objeto encuentre su lugar exacto. Diego, Santiago, Sebastián. Didito, Santorini, Chevy.  La casa distintamente habitada.

 

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