Opinión

El “Movimiento Santuario” en los Estados Unidos. Movimientos sociales y derechos humanos

Uno tras otro se abrían iglesias y templos en un llamado al pueblo estadounidense: ¿Acaso no somos una tierra de asilo?

  • 07/02/2017
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“Acabaremos con las 'Ciudades Santuario'. Las que se opongan a colaborar con las autoridades federales no recibirán más dinero de los impuestos".

Donald Trump.

 

“No preguntéis su nombre a quien os pide asilo. Precisamente quien más necesidad tiene de asilo, es el que tiene más dificultad en decir su nombre".

“Los miserables”, Víctor Hugo.

 

“California no da marcha atrás, ni ahora ni nunca…y déjenme ser claro: defenderemos a todos, a cada hombre, a cada mujer, a cada niño que haya llegado aquí buscando una mejor vida y haya contribuido al bienestar de nuestro Estado”.

Jerry Brown, Gobernador de California.

 

 

Es una escena impresionante en la novela “Nuestra Señora de París” de Víctor Hugo. Las autoridades de la ciudad llaman a la caza del pueblo gitano. Redadas. Acoso. Detenciones. Se les acusaba de robar, mentir, violar. Conocemos la historia, la gitana Esmeralda le da a beber agua a Quasimodo cuando lo torturan y se burlan de él. Quasimodo llegado el momento, la salva. Víctor Hugo lo narra así: “Se le vio luego correr hacia los dos verdugos con la velocidad de un gato caído de un tejado, derribarles con sus enormes puños, coger a la gitana de una mano, como una niña coge una muñeca y de un solo salto llegar hasta la iglesia, alzando a la joven sobre su cabeza y gritando con voz estentórea:

 

— ¡Asilo!

 

— ¡Asilo! ¡Asilo! —repitió la muchedumbre y diez mil aplausos hicieron refulgir de alegría y de orgullo el único ojo de Quasimodo.

 

La sacudida hizo volver en sí a la condenada, que abrió los ojos y al ver a Quasimodo volvió a cerrarlos súbitamente como asustada de su salvador.

 

Charmoule y los verdugos y toda la escolta se quedaron atónitos. En el recinto de Notre Dame, la condenada era, en efecto, inviolable, pues la catedral era un lugar de asilo y toda la justicia humana expiraba en sus umbrales”.

 

Vuelvo a Víctor Hugo, porque en esa escena leída a los doce o trece años, escuché por primera vez hablar de algo que parecía llamarse: “El derecho de asilo”. Hablaba de un espacio “inviolable” dentro del cual una persona podía solicitar refugio y asegurar su sobrevivencia. Ante la persecución, la injusticia, la guerra. ¿Cuántas veces hemos visto las imágenes de decenas, centenas, miles de personas solicitando refugio en las representaciones diplomáticas extranjeras – cuyas puertas no pueden ser violadas-cuando son perseguidos o sus países están en guerra?

 

El terrible viaje del barco St. Louis -1933- con 933 judíos alemanes, de Europa del este y apátridas a bordo, rogando por un asilo en su huida del Tercer Reich. Las barcazas llenas de seres humanos, adultos y niños solicitando una apertura de fronteras. Los cuerpos flotando en el mar. En la arena. “El Mediterráneo convertido en un cementerio”. El derecho de asilo. El derecho a la vida. El derecho de santuario.

 

 

The Sanctuary Movement

 

En julio de 1980, 26 migrantes salvadoreños fueron abandonados en medio del desierto sin agua y sin alimentos, 13 de ellos sobrevivieron bajo el sol ardiente de Arizona. Ante la brutalidad de los hechos, una iglesia en Tucson abrió las puertas a los sobrevivientes y les ofreció un techo, alimentos, apoyo psicológico y protección. Salidos de un horror para internarse en otro (el engaño y el abandono del coyote al que contrataron), una vez que pudieron alcanzar un poco de seguridad, los sobrevivientes comenzaron a narrar la cotidianidad de El Salvador en guerra. Y el mundo comenzó a escuchar sus voces.

 

El gobierno salvadoreño perseguía a sus ciudadanos con lujo de violencia  extrema: desapariciones forzadas, torturas, escuadrones de la muerte. Los religiosos rescatistas fueron notificados por las autoridades: los 13 sobrevivientes serían enviados de regreso a su país de origen. Pero para entonces, ya habían escuchado y entendido a través de los minuciosos testimonios: permitir que se los llevaran era el equivalente a condenarlos a muerte. No se trataba sólo de El Salvador, también de la destrucción de comunidades indígenas en Guatemala. Los refugiados tocaban a la puerta. Para el Concilio Ecuménico de Tucson no cupo la menor duda: su deber era protegerlos e impedir la deportación a toda costa. ¿Cómo, si no, podrían hablar de “amor al prójimo”?

 

No podían hacerlo solos. Con la Biblia en la mano pidieron el derecho de asilo y comenzaron a crear redes de apoyo para los indocumentados. Washington, Nueva York, Chicago y Boston se unieron en la lucha. Se necesitaba apoyo legal, psicológico, recursos económicos. Cada vez más comunidades se fueron sumando, cada vez más personas llegaban  a las fronteras solicitando refugio. La administración de Regan endureció las políticas anti-inmigratorias, subió de manera considerable el pago de las fianzas para liberar a los detenidos, si la fianza no se pagaba, la persona detenida era deportada de inmediato. Las redes del Movimiento crecieron a lo largo de las fronteras.

 

 

James Corbett, uno de los “padres” del Sanctuary Movement, pasó una parte de su infancia en una reservación india, quizá de allí esa consciencia, esa empatía ante la discriminación y la exclusión,  que lo llevaron a rebelarse contra las leyes migratorias y la negación reiterada del derecho de asilo, junto con el reverendo John Fife, concluyó que era indispensable impedir que los refugiados fueran atrapados en la frontera, es decir, actuar ellos, antes que los oficiales del Servicio de Inmigración. Se comunicó con las comunidades religiosas que apoyaban a los centroamericanos en México para crear acuerdos que les permitieran ofrecerles una entrada más segura a Estados Unidos. En 1982 Fife declaró públicamente que la iglesia Presbiteriana de la que era responsable, se convertía en espacio de asilo para los indocumentados centroamericanos.

 

Después de él, otros líderes religiosos hicieron pública su decisión de apoyar el derecho de asilo. Uno tras otro se abrían iglesias y templos en un llamado al pueblo estadounidense: ¿Acaso no somos una tierra de asilo? ¿Acaso no hemos sido un país construido por migrantes? ¿Ya lo olvidamos? Al hacerse público el trabajo del Movimiento Santuario, sus activistas buscaban proteger a los migrantes y hacer presión para un cambio de políticas en las fronteras, pero también aumentaron sus riesgos. Fueron sometidos a vigilancia, y así los Servicios de Inmigración y Naturalización supieron cuándo y dónde detener a una religiosa católica, Stacey Lynn, que junto a una periodista, transportaba a tres ciudadanos guatemaltecos que entraron al país ilegalmente. La religiosa fue acusada de cometer un “Crimen de Estado”.

 

La opinión pública comenzó a despertar, ¿una monja detenida y acusada de un “crimen” tan grave, por cumplir con lo que ella consideraba un deber moral hacia sus “hermanos”? Al mismo tiempo se infiltraron espías en el Movimiento con la encomienda de grabar las reuniones y armar así un expediente judicial contra los líderes. 16 activistas fueron detenidos en Tucson y acusados de conspiración: apoyaron la entrada de “personas clandestinas”, los transportaron ilegalmente y las escondieron en sus refugios. Parecía que los Servicios de Inmigración y Naturalización habían ganado, pero la indignación de la opinión pública arreció. ¿Ahora perseguían a pastores, sacerdotes y monjas? El Movimiento lo estaba logrando: crear consciencia de aquello que consideraban “los derechos de las personas”, en una sociedad adormecida, y en buena parte decidida a ignorar lo que ocurría más allá de sus fronteras. En 1986 los activistas fueron llevados a juicio en lo que se conoció como los “Juicios de Santuario”.

 

Más y más personas indignadas ante la arbitrariedad de las detenciones y los cargos comenzaron a sumarse al Movimiento. Ciudades enteras, organizaciones religiosas y laicas, personalidades públicas. Nuevo México se declaró “Tierra de asilo”, “Estado santuario”. La noción de “Santuario”, nos regresa a la escena en la novela de Víctor Hugo: si una persona se refugiaba en un espacio religioso en donde tuvieran lugar ceremonias consideradas sagradas, tenía derecho a permanecer allí bajo la protección religiosa, hasta que tuviera lugar un juicio justo.  Los espacios laicos, también se fueron convirtiendo en santuarios. En ese momento en Estados Unidos el debate era: ¿Refugiados económicos o refugiados políticos? El gobierno decía: “Son ‘sólo’ refugiados económicos, que se vayan de regreso”. El Movimiento clamaba: “Sus vidas están en peligro y no podemos abandonarlos a su suerte, va en contra de todos nuestros principios y Estados Unidos ha sido cómplice de su situación, puesto que ha sostenido los regímenes que los persiguen”.

 

 

El argumento fundamental de los grupos religiosos: Tenemos el deber de responder al llamado de personas en situación de peligro, el del gobierno: Tenemos que proteger nuestras fronteras de una migración que constituye una amenaza para nuestra economía y nuestra seguridad. Las ciudades oficialmente santuario existen (no es una categoría legal), tanto como las que lo son sin nombrarse, ya sin importar de qué tipo de inmigración se trata. Política, económica, o ambas, lo que se defiende es de una manera más extensa, el derecho de una persona a buscar no sólo salvar su integridad física -sino cuando ese no es el caso-  a aspirar a una vida en condiciones de bienestar a las que no puede acceder en su país de origen.

 

“Si son de Polonia, de Pakistán, de la India, de Irlanda, de Israel, de México o de Moldavia, son bienvenidos a Chicago… Vamos a continuar siendo una ciudad santuario. No hay extraños entre nosotros. Le damos la bienvenida a la gente", declaró Rahm Emanuel, alcalde de Chicago, como respuesta al decreto firmado por Donald Trump para retirar los fondos federales a las  “ciudades santuario” que protegen los derechos de los migrantes. Desde hace más de dos años, en Boston, por ejemplo, la policía no puede pedirle a nadie sus papeles, a menos que haya cometido un delito.

 

Bill de Blasio, el alcalde de Nueva York, anunció que destinará un fondo de la ciudad para compensar – de ser necesario- los millones de dólares que se le retirarían de la ayuda federal si no acepta “cooperar” con las medidas migratorias. Eric Garcetti, el alcalde de Los Ángeles, aseguró que la policía de la ciudad no colaborará con las medidas anunciadas por Trump, y que no se prestara a las deportaciones: “Mi compromiso es hacer todo lo posible para asegurar que todos los viajeros que están por entrar en nuestra ciudad, cuenten con los recursos y el apoyo que necesitan para sentirse seguros y aceptados en Los Ángeles ”.  Como en una oleada se levantan las voces en defensa de los Derechos Humanos y la “Tradición de asilo”.

Recuerdo esa extraordinaria película del escritor Elia Kazan, “América, América”, (tomada de su libro), donde narra el largo viaje de su tío Stavros desde Anatolia, hasta Nueva York.  Después, apenas fue pudiendo,  Stavros hizo venir a toda su familia y los salvó de la guerra. Al principio de la película se escucha una voz en off  (La de Kazan) que nos dice: “Mi nombre es Elia Kazan, soy griego por sangre,  turco por nacimiento, y ‘americano’ porque mi tío caminó una larga jornada…”  Ese Estados Unidos que no votó por Trump, defiende los Derechos humanos y la riqueza de su “melting-pot”.

 

 

@Marteresapriego

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