Opinión

El monstruo filantrópico: desafío para la ética en el Estado

El monstruo filantrópico recluta jóvenes para convertirlos en sicarios y desposeerlos de su propia humanidad. | Jorge Lumbreras*

  • 30/05/2020
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El narcotráfico es definido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como una amenaza mundial para la paz, la seguridad, el Estado de derecho y para el cumplimiento de los objetivos del desarrollo social y humano. Los tratados e instrumentos internacionales que México ha suscrito contra las drogas ilegales, el crimen trasnacional y en ese marco, contra el narcotráfico, coinciden en señalar que esta actividad delincuencial genera graves daños a la salud de las personas, al tejido colectivo, al tejido social e incluso a la estabilidad política y la democracia.

En otras palabras, el narcotráfico nada tiene de positivo para el desarrollo material y espiritual de una nación. Sin embargo, a fuerza de su presencia en la vida colectiva y del uso de medios financieros para penetrar instituciones, su influencia creció en diferentes países, incluido México. De ahí los esfuerzos del Estado mexicano por minar sus capacidades a través de la investigación científica del delito, de la Función Fiscal, y de la inteligencia financiera y hacendaria, propuesta distintiva de la presente administración, toda vez que la lógica de enfrentamientos sistemáticos con estos grupos no traducía una estrategia que desde lo civil pudiera asumir una problemática con tantas ramificaciones, esto es, enfrentar a la delincuencia organizada con las capacidades propias del Estado de derecho. 

Algunos de los mayores daños que provocan la delincuencia organizada, el narcotráfico y la corrupción son la pérdida de valores, la fractura del tejido social en sus prácticas de apoyo y solidaridad, así como la introducción de modos de vida deshonestos

El monstruo filantrópico durante años ha hecho gala de riquezas, poder, dinero y armas, llegando al extremo de exhibirlas por diferentes medios, y en esos ambientes y contextos donde la contradicción, la paradoja y la incongruencia reinan, también inició acciones para beneficiar a sus víctimas. El despotismo civil armado pagó la construcción de algunos caminos para traficar drogas, pero también para “beneficiar” a las comunidades; exhibió su prepotencia al “ayudar” a quienes veían trastocarse sus moldes éticos, institucionales y jurídicos, y con “generosidad” pagó los sepelios de sus propias víctimas.  

El monstruo filantrópico recluta jóvenes para convertirlos en sicarios y desposeerlos de su propia humanidad, internaliza el crimen entre las comunidades haciéndoles creer que el robo a la nación es un “derecho”, promueve modos de vida asentados en la posesión de objetos y en el trato a la mujer, también como un objeto, acendrando un machismo despreciable; ostenta recursos bajo la promesa del enriquecimiento súbito para jóvenes que “recluta”, “adoctrina” y “adiestra”, conceptos del lenguaje militar que son envilecidos por desertores y civiles, ambos criminales, que poco saben de honor, lealtad y patriotismo, y que se han puesto al servicio del crimen, deshonrando los más básicos valores de la convivencia social.

Algunos medios de comunicación por distintos motivos y bajo argumentos como que los artistas no crean la realidad sino solo la recrean, entronizan las figuras de delincuentes que dejaron vidas, familias y comunidades destruidas a su paso; otras series ensalzan la figura de homicidas, violadores, traficantes, desertores y corruptos que decidieron dar la espalda a la sociedad en pos de la riqueza más abyecta. Y abajo, en los intestinos de la criminalidad también se crean espacios de sentido donde el asesinato sádico es un mensaje, donde el horror, la violencia y la saña sobre los cuerpos de las víctimas es una expresión de “poder”. El monstruo filantrópico extiende su mano para arrojar mendrugos a personas con alguna necesidad para afirmar su “dominio territorial” y a la par hace de la violencia física, verbal y la estupidez un modo de vida.

La delincuencia organizada busca enviar mensajes sobre su presencia territorial repartiendo unas cuantas despensas en colonias y comunidades específicas, poco o nada representan esos apoyos ante la masa de recursos que las instituciones del Estado mexicano destinan a través de los programas sociales, la cual se cuenta por cientos de miles de millones, baste el ejemplo de que en el marco de la emergencia sanitaria sólo la SEDENA ha entregado 500 mil despensas en semanas; pero no deja de ser una expresión de cómo la pérdida de valores y la forma en que la criminalidad se explica a sí misma, lleva hacia acciones que provocan rechazo y una triste y lacónica expresión de desprecio; también suponen una actitud desafiante a la autoridad, no podría esperarse menos. 

La problemática profunda que genera la criminalidad es la forma en que reproduce percepciones, “valores” y representaciones donde se afirman las conductas contra la sociedad como si fueran valiosas, donde se vincula la realización personal con el pago de unos pesos a costa de la tragedia colectiva. Los mundos de sentido del crimen en su violencia crean supuestos lazos de pertenencia, identidades, espacios comunes, modos de vida, y encuentran respaldo en un mundo simbólico que convierte la realización personal en posesión de cosas, marcas y bienes suntuarios en la lógica del menor esfuerzo posible.  

En cualquier caso, se requiere la articulación del mosaico ético de la sociedad, la refundación de límites a la acción individual y colectiva, de consensos básicos sobre lo correcto y lo incorrecto, y en ese marco, una moral pública del Estado que recree las más altas aspiraciones humanas y pueda transmitirlas al todo colectivo. La regeneración ética de la sociedad es una propuesta de la presente administración, que precisa generosidades, diversidades, plataformas de trabajo y encuentros plurales más allá de la política de coyuntura. 

Unas cuantas despensas que reparten grupos relacionados a la delincuencia son una mínima, pero aleccionadora expresión del vaciamiento del sentido de la vida que se experimenta en diversos espacios. Reconocer la vileza de los actos contra la vida de otras personas, no convierte a los perpetradores en enemigos, pero sí en personas que cometieron delitos y que deben ser llevadas ante los jueces para responder ante las leyes, no más, tampoco menos.

*Dr. Jorge A. Lumbreras Castro

Académico de la FCPyS – UNAM

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