Una de las palabras que ha estado en boga en los últimos años es el anglicismo (todavía no reconocido por la RAE) mindfulness. Ha habido un boom global de la también llamada atención plena, que se ha colado a la televisión, libros, videos en Youtube, cursos universitarios, clases en gimnasios, dinámicas en oficinas y hasta terapias en hospitales y prisiones.

La palabra mindfulness se ha envilecido al ser usada tanto y para referirse a tan variadas cosas. Así, no es de extrañarse que algunas personas que la vemos buenos ojos, hayamos optado por no promover tanto esta tendencia en nuestro círculo cercano.

Lo anterior, siguiendo además esa máxima de la vida que más o menos reza: “A nadie le cae bien el familiar o amigo que te quiere vender un seguro a fuerza, convencerte de unirte a su nuevo culto o religión, invitarte a un negocio piramidal o persuadirte a tratar una nueva tendencia que te cambiará la vida”. (Bonus: tampoco cae bien el amigo o familiar que te regala un libro de Paulo Coelho o un disco de Ricardo Arjona).

No obstante lo anterior, decidí violar dicha máxima e incluso me animé a escribir del tema ya que cada vez me convenzo más en que el mindfulness es justo lo que el mundo necesita en tiempos de la llamada sociedad de la información y sus Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC).

Las TIC nos han sometido gradualmente. Ahora es casi imposible pasar 24 horas sin ellas, conocer a alguien que no tenga un smartphone por decisión, o que teniéndolo, lo apague al estar en presencia de alguien más. Se han filtrado lentamente en casi todo lo que hacemos.

Que no se me malentienda, en innumerables ocasiones he defendido a ultranza las grandes aportaciones de las TIC al mundo (empezando por haber democratizado al conocimiento). Sin embargo, es innegable que no hemos sabido dosificar su uso y nos hemos hecho adictos a ellas y sus mandrágoras; las redes sociales.

Dicha adicción ha acarreado muchas y muy severas consecuencias que apenas están saliendo a relucir por lo nuevo que es el tema. Una de ellas, es la pobre concentración que tenemos en nuestros quehaceres diarios.

Según un estudio de Microsoft Corp, en el año 2000 una persona perdía su concentración en 12 segundos mientras que hoy en día la pierde en 8 segundos. Esto, a causa de la llamada revolución móvil o de los celulares. Como si no fuera lo suficientemente aterrador, el mismo estudio apunta que un pez goldfish tiene un segundo más de attention span que una persona.

Ahora bien, no todo está perdido y la solución no recae en botar a la basura a nuestros smartphones ni aislarnos en el yermo a lo Captain Fantastic (aunque quizá no sería mala idea). El revulsivo, según apuntan varios expertos, radica en graduar el uso de las TIC y hacer cambios en nuestra rutina diaria. Dentro de dichos cambios, destaca el mindfulness como un efectivo remedio contra la crisis colectiva de atención que ha generado la llegada de la Era de las Pantallas.

Algunos de los pilares en los que se funda este relativamente nuevo concepto son: (i) estar presente en el ahora, (ii) concentrarse en un determinado quehacer, y (iii) hacer todo esto sin emitir juicios de valor. Esto, ya que como dice una elegante frase popular: “Si tienes un pie en el pasado y otro pie en el futuro, te estás orinando en el presente”.

Aunque estas premisas fueron occidentalizadas recientemente, en realidad son milenarias y se fundan en partes de la enseñanza budista (aunque el mindfulness no tenga un trasfondo religioso). Existen muchos expertos en el tema entre los que destaco a Jon Kabat-Zinn, Joseph Goldstein y Sharon Salzberg.

Es preciso señalar que para practicar la atención plena no es necesario meditar (aunque es muy aconsejable). Se puede comer, ejercitar, ver una película o incluso trabajar de manera mindful. El punto es contemplar cada momento como si no hubiera nada más importante en ese instante. Así, lentamente buscar apaciguar el revoloteo de pensamientos que nos subyugan. Una especie de detox emocional que desarticula esa idea que nos vendimos a nosotros mismos que hacer muchas cosas a la vez es bueno.

Ahora bien, el mindfulness tampoco es la panacea. El budista Matthieu Ricard (a quien algunos llaman “el hombre más feliz del mundo”) ha advertido de la atención plena amoral y los riesgos que conlleva el únicamente concentrarnos en algo con total desapego. Incluso ejemplificó con un abstraído francotirador mindful que puede convertirse en una especie de Terminator capaz de asesinar sin sentir emoción alguna al hacerlo.

Por ello, es fundamental que el mindfulness no implique un desapego a la realidad sino una concentración en el ahora que ayude a poner nuestros pensamientos en orden. Y qué mejor que venga acompañado de meditaciones que inviten a sentimientos de empatía, bondad y compasión (practiquemos o no una religión determinada).

Termino aclarando que siempre he detestado todo lo relacionado al mundo de la autoayuda. Me molesta que se lucre con la ingenuidad humana de querer ser mejor o ser más feliz con productos milagro one size fits all. Sin embargo, pronto cumpliré los dos años de haber caído en las garras del mindfulness y la meditación, y debo reconocer que –aunque tengo mucho camino por recorrer para dejar de ser ese zombi del teléfono al que le canta León Larregui- para mí han funcionado y mucho. A tal grado, que me han convertido en el molesto amigo o familiar que buscará persuadir a quien se deje, de comenzar por hacer estos cambios en sus vidas.

Hay que aprender a vivir el presente sin las cargas del pasado y la incertidumbre del futuro. Podemos comenzar por separar momentos del día para un determinado quehacer al que le prestemos toda nuestra atención. Será difícil dejar de ser bombardeados por pensamientos, notificaciones, correos electrónicos, llamadas y noticias, pero podemos prepararnos para reaccionar mejor frente a ellos. Como dice Jon Kabat Zinn: “No puedes detener las olas pero sí aprender a surfear”. Después de todo, quizá el mindfulness sea esa cosa que necesitamos para alcanzar al mentado goldfish. No perdemos nada en tratar.

Nota: Si te interesa conocer más sobre el mindfulness y/o la meditación te recomiendo echarle un vistazo a los artículos de la página mindful.org También te invito a leer mi artículosobre cómo aprendí a meditar. Y si ya andas con la mindfulness fever a todo lo que da, puedes comprar los libros Real Love de Sharon Salzberg y Mindfulness: A Practical Guide to Awakening de Joseph Goldstein. Por último, te recomiendo bajar la aplicación móvil (vaya paradoja) Headspace, cuyas meditaciones guiadas pueden resultarte útiles en los primeros meses que empieces a meditar.

@alejandrobasave




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