Opinión

El más corrupto

La confrontación electoral mexicana de 2018 nos rebela a un país enfermo de corrupción, impunidad y mal gobierno. | Joel Hernández Santiago

  • 20/06/2018
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Aquí ya no se trata de saber quién es el más prístino, el más transparente, el más dotado, capaz y honorable para ser presidente de México, o gobernador o los cientos de aspirantes a presidir municipios o ser legisladores nacionales o estatales y que suman 3,400. Aquí se trata de saber quién es el menos corrupto de ellos o, por lo menos, quien tiene menos cola que le pisen…

La confrontación electoral mexicana de 2018 nos rebela a un país enfermo de corrupción, impunidad y mal gobierno. Pero sobre todo de políticos corruptos. Y ninguno de los candidatos parece poder demostrar que de su paso por la política nacional han salido rechinando de limpios. Estamos frente a una exposición descarnada del ente político y del sistema político mexicano.

Nuestros políticos siguen siendo los mismos

El proceso electoral ha sido eterno, dañino, enfermizo y aleccionador. Esto es porque los mexicanos somos testigos de que al final de cuentas nuestros políticos no dejan de ser de otro modo los mismos que durante tantos años gobernaron a nuestro país.

Comenzando con Álvaro Obregón que fue presidente en 1920-24, y que había luchado en la Revolución Mexicana por el “sufragio efectivo, no reelección” y lo primero que hizo en 1928 es buscar su propia reelección.

Luego el famoso Maximato, en donde Plutarco Elías Calles da forma al famoso Partido Nacional Revolucionario (1929, abuelo del PRI) para aglutinar a las fuerzas políticas dispersas en el país, aunque al final se sirvió con la cuchara grande del poder y dio origen al famoso “Maximato-dedazo” elector, por encima de cualquier consideración democrática.

Desde ese dedo flamígero surgieron presidentes como Emilio Portes Gil, presidente interino 1928 a 1930; Pascual Ortiz Rubio, de 1930 a 1932; Abelardo L. Rodríguez, de 1932 a 1934 y Lázaro Cárdenas del Rio que inicia en 1934 y que amplío su mandato de 4 a seis años, hasta 1940.

Durante años el sistema político mexicano se nutrió de sus propios hombres, y decir sistema político mexicano era decir PNR-PRM-PRI y sus hombres; todos ellos beneficiarios de una Revolución que nunca fue y que sí se apropió de consignas que sirvieron para lo electoral pero nunca para los hechos concretos. (Acaso sí, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, pero al final todo tomó su cauce insano con Manuel Ávila Camacho en 1940).

Y baste hacer un recorrido histórico por los hombres del poder político en México, y su enriquecimiento enloquecido y, con excepciones, sin medida.

El gobierno mexicano ha sido botín de muchos, en tantos años, que no miraron por la Nación ni por sus electores –si los hubiera por entonces–, aunque sí por sus propios intereses… Y si hubo desarrollo en el país, no ha sido gracias a gobiernos bien avenidos, sino en gran medida por la inercia mundial que obligaba a ponerse al día a menos que perdiera posición de gobierno en el concierto mundial, así como en lo económico… y así.

La herencia está ahí

La enfermedad está ahí. Y todos conocen la enfermedad y juran y perjuran que habrán de atacarla: todos ellos, los hoy candidatos, dicen que, a su modo, combatirán “el flagelo” de la corrupción, aunque no dicen ni cómo ni cuándo… Combatir no significa curar.

Ahí está Andrés Manuel López Obrador, quien ha permitido el acceso a puestos políticos privilegiados a gente mal averiguada, no ha dado respuesta a las acusaciones de Ricardo Anaya, de Por México al Frente, de haber dado concesiones especiales al Grupo Rioboo por 171 millones de pesos para la construcción del segundo piso del periférico, durante su gestión como jefe de gobierno del Distrito Federal… Segundo piso del que reservó los datos económicos por veinte años y que es un paso de paga muy alta…

Y ni qué decir del mismo Ricardo Anaya que es acusado de presunta triangulación de recursos mal habidos, de tráfico de influencias y de más pecados capitales. A lo largo de los meses ha dicho que “esta es una campaña orquestada por Enrique Peña Nieto” y de quien dice que, de llegar a la presidencia de México, lo someterá a juicio y si se prueba corrupción “irá a la cárcel”… Pero eso sí: nunca ha demostrado inocencia. Nunca ha entrado al detalle de los señalamientos para demostrar con hechos incuestionables que no es verdad lo que se ha señalado. Además, carga con un negro historial de traición política aun entre sus compañeros de partido.

Y José Antonio Meade, que durante sus gestiones como burócrata de altura en Relaciones Exteriores, pero sobre todo en la Secretaría de Hacienda, dice no haber visto nada de nada, de todos esos casos de corrupción de gobernadores que hoy están en capilla y protegidos, y cuyos manejos financieros pudieron pasar en su nariz. Él dice que no, no y no… Difícil de creer.

Y luego el tema de los ‘gasolinazos’ y Odebrecht, del que no da pruebas de no saber qué pasó ahí, además de que Por México al Frente presentó una demanda ante la Procuraduría General de la República por un complejo procedimiento en beneficio de la empresa Braskem-Idesa y que pudo haber sido firmado por Meade como presidente del Consejo de Administración de Pemex.

Ciertas o no todas estas acusaciones, lo que sí es verdad es que ninguno de los principales candidatos (el señor “Bronco” no existe, es producto de nuestra imaginación), ninguno escapa a este tipo de acusaciones, y ninguno da pruebas de su inocencia: concluyen en que es parte de “la guerra sucia”.

En todo caso lo sano sería que cada uno probara inocencia a tiempo y antes de la fecha convenida por todos para decidir quién será el nuevo presidente mexicano, y los puestos de elección popular. ¿Hay tiempo?

Gooooool, electoral

@joelhsantiago  | @OpinionLSR | @lasillarota

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