Opinión

El lenguaje inclusivo como acto político

Contra una ridícula necesidad de economizar palabras | Alejandra Collado

  • 03/03/2018
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Hemos leído sin cesar los debates referentes al uso del lenguaje incluyente: que si es una tontería, que si es poco elegante, que si destroza la belleza del lenguaje, que si no se entiende el mensaje, que es confuso, y claro, el argumento favorito: hay que economizar palabras. Algunas otras explicaciones detractoras de este tipo de lenguaje, a manera de burla, señalan que la igualdad no se va a conseguir llamando arquitectas a las arquitectas, pues las palabras son insignificantes. Lo cierto es que hay una resistencia casi generalizada a utilizar cualquiera de las diversas formas en las que puede usarse el lenguaje incluyente, y no sólo resistencia, sino rechazo.

Las explicaciones que dicen que “lo que no se nombra no existe” pasan desapercibidas. Parece que lo que alcanza a entenderse es que el lenguaje inclusivo es un ejercicio de visibilización. No es un plan mágico para terminar definitivamente con la desigualdad, la discriminación y el sexismo, como no lo son tampoco las medidas de las cuotas mínimas de género, o la separación de vagones en el metro.

Tanto el lenguaje incluyente como las medidas aquí mencionadas son acciones encaminadas a trabajar en conjunto omisiones y discriminaciones que pueden culminar en violencias.

Así que cuando dicen: “que me llamen jueza no va a terminar con la desigualdad”, tienen toda la razón. Lo que se logra con esta insignificante acción es visibilizar la existencia de las mujeres en un mundo en el que, hasta no hace mucho tiempo, han predominado los jueces. Lo mismo podemos decir de muchas otras profesiones y oficios: es simplemente el acto de nombrarnos.

¿Y para qué sirve nombrarnos en un mundo en el que ya sabemos que existen las juezas?

Mujeres profesionistas

Imagine usted que es una niña, y que en su mundo sólo existen los doctores, psicólogos, maestros y demás profesionistas, en cambio, hay otras ocupaciones como trabajadora del hogar, recepcionista, secretaria, cocinera (porque a los hombres se les dice chefs, por cierto) que generalmente están nombradas en femenino. ¿Qué cree usted que querría ser “de grande”? ¿Cuáles consideraría que son sus posibilidades?

No es casual que las niñas de cierta edad, hasta hace algunas generaciones, habitualmente referían querer ser enfermeras, maestras, secretarias, mamás, amas de casa o secretarias, y los niños doctores, bomberos, constructores o futbolistas.

Es verdad que los tiempos han cambiado, y que cada vez hay más niñas que quieren ser científicas, fotógrafas, futbolistas, viajeras o aviadoras. ¿Pero sabe por qué es así ahora? Porque durante su crecimiento tuvieron algún referente que les hizo saber que existen las científicas, fotógrafas, futbolistas, viajeras o aviadoras. Si nadie las hubiera nombrado en su contexto es probable que no lo hubieran podido imaginar, a menos que tuviera una vocación muy fuerte producto de alguna otra influencia particular de su contexto.

Imagine lo difícil que fue para las primeras mujeres universitarias entrar en ese ambiente, porque simplemente no era algo “normal”, porque a esos hombres les costaba trabajo incorporar esa nueva experiencia social a su vida universitaria, era incómodo y les parecía innecesario porque su mundo, como lo conocían hasta ese momento, siempre había sido así, ¿por qué cambiarlo?

El lenguaje inclusivo no pretende cambiar el mundo sólo cambiando palabras. Es una estrategia de visibilización.

Aunque el mundo ya sepa que hay doctoras, arquitectas y juezas, es importante que se nombre y que se normalice en el vocabulario de las personas, por tanto, en su imaginario. Eso evitará que cuando vaya a un taller mecánico, a un estudio de tatuajes, se suba a un taxi o sepa que va a ser sometido a una operación quirúrgica realizada por una mujer, se sorprenda de que sea una mujer la que lo haga y desconfíe de la capacidad de esta para realizarlo bien.

Visibilización

Ciertamente existen diversas formas de lenguaje sexista, por ejemplo, están las palabras y expresiones sexistas que la eminente Real Academia de la Lengua Española dice que son correctas, y que tienen una connotación discriminatoria y humillante, como la palabra “fácil”, que para la RAE significa:

Dicho especialmente de una mujer: Que se presta sin problemas a mantener relaciones sexuales”


Estas mismas personas son las que argumentan, en referencia al lenguaje incluyente, que “este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico”. Tiene lógica.

Por supuesto que no todas las personas tienen la obligación de utilizar el lenguaje incluyente, mucho menos las mujeres que dicen que no se sienten omitidas en dichos discursos, que les parece un exceso decir “compañeras y compañeros”, porque vaya flojera escribir unas palabras más, o peor aún, decirlas. Vaya pérdida de segundos al hablar. Es comprensible que

muchas personas no se sientan omitidas porque están acostumbradas a no ser nombradas, y ya ni siquiera les molesta, les parece muy normal que nadie las mencione, o se sienten parte de una “generalidad” que no las nombra, ni incluye, de un lenguaje con una marcada perspectiva androcéntrica que escuda su resistencia al cambio en la afirmación general sobre los seres humanos.

El mismo concepto de humanidad, en su origen, no incluía a las mujeres, los menores de edad y los animales, por ejemplo. Pero qué bueno que se sientan parte y que se ahorren dos segundos con tal de no nombrarse.

Las personas que estamos a favor del lenguaje incluyente, no estamos interesadas en que nuestros argumentos sean aprobados por la gran RAE, ni que las instituciones nos den permiso o no de nombrarnos.


Por otro lado, parece que existe una falta de creatividad o de conocimiento en el uso del lenguaje, pues se tiene la creencia de que el lenguaje incluyente sólo se puede ejercer diciendo niñas/niños, maestras/maestros, cuando existe una variedad de opciones para incluirnos y nombrarnos. Es pura flojera y apatía disfrazada de una superioridad moral que enorgullece a las personas que no sólo se oponen, sino que se burlan de esta práctica.

El lenguaje es performativo, nos construye, conforma nuestras mentes e ideas, se convierte en acciones, no son sólo palabras. Desde el feminismo el lenguaje es un acto político que se apropia del escarnio, que se ríe de lo correcto, lo permitido y lo elegante. Utilizaremos la “x” y el “@”, diremos “novies”, “amiguis”, “cuerpas”, personas, y seremos tan reiterativas como creamos necesario, porque si algo buscamos es salir de estas estructuras que quieren hacernos creer que nombrarnos no es necesario. Porque si algo buscamos es elaborar un lenguaje distinto al que nos invisibiliza, queremos construir un lenguaje del que nos sintamos parte.

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