Opinión

El Joker y su madre

¿De qué estaría hecha la historia de Penny Flake? Abandono y desamparo vividos como absoluto. Intensa precariedad emocional y quizá material. | María Teresa Priego

  • 22/10/2019
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Ya no me queda nada más que perder, ya nada puede herirme”. –Joker.

Nunca lo escuché llorar. Siempre ha sido un niño tan feliz”. –Penny Fleck (madre de Joker).

Sabemos poquísimo de Penny Flake, para cuando la película comienza padece un estado de inmovilidad, vive con su hijo quien se ocupa de sus cuidados, baño incluido. Estuvo enamorada de quien fuera su jefe y, –afirma– tuvo a su hijo con él. Después nos enteramos (al mismo tiempo que el Joker ante un expediente) que padeció psicosis delirante y estuvo internada en un hospital. Fue culpable de permitir maltrato severo hacia su hijo pequeño y hacía ella misma. Arthur (Joker) no es su hijo biológico. Nada más. No hay en la película dato alguno de su historia.

Nada acerca de su infancia, ni de su adolescencia. Nada de sus padres. Un inmenso hoyo negro. Es, sin embargo, en su historia, en su genealogía, en donde comienza la historia de Joker. ¿De qué estaría hecha la historia de Penny? Abandono y desamparo vividos como absoluto. Intensa precariedad emocional y quizá material. Abuso. Violencia. Fleck significa rotura, marca, mancha, fragmento. Una mujer rota. Entre la realidad y el delirio. Una mujer fragmentada. ¿Quién estuvo allí para Penny? La psiquiatría, en algún momento. Penny arrancada de sí misma, aislada, perdida en sus fantasías, le ofrece a su hijo lo que ella tuvo: su infinita desgracia. Parte de su delirio: ella es la madre de un hijo muy feliz. Tan feliz, que le da por llamarlo “Happy” (feliz). Su hijo padece un síntoma particularmente disruptivo: la risa incontrolable. El Joker se ríe, por decreto materno, con esa risa desquiciada tan cercana al sollozo. Ninguno de los dos lo sabe, que es un decreto.

Penny es una sobreviviente. La madre de un sobreviviente. Entre la madre y el hijo hay dos figuras masculinas de ficción –en sus distintas maneras– dos hombres socialmente reconocidos, con un nombre público: Thomas Wayne, (el supuesto padre) y Murray Franklin, el presentador de televisión. Penny adoptó esas figuras masculinas para sostenerse a sí misma, y se las legó a su hijo. Convencida, como sucede en la psicosis, de la veracidad de sus delirios. Un día Wayne llegará a salvarlos, por eso le escribe cartas “Oh, Happy, dice la madre. “No he sido feliz un solo día de mi entera jodida vida”. Hay tres mujeres en la vida de Joker: su madre en la realidad, la terapeuta obligada a “abandonarlo” y su vecina –enamorada de él, solidaria– en sus alucinaciones. Las tres en su manera de aprehender el mundo, lo traicionan.

La película sucede a una velocidad en dos tiempos: uno más lento, el de la violencia contra Joker. Y uno agitado y mucho más veloz, el de su propia violencia ya desatada y la violencia que él –a su vez– desata en la mascarada criminal. Adentro suyo todas las “condiciones” estaban dadas. También afuera en la miseria y la desesperanza de Ciudad Gótica. La precariedad moral los habita, a él y a la ciudad. Cuando destruir a otro ya no importa (sus tres primeros asesinatos), la escalada continúa: cuando destruir a otro se convierte en un acto más que disfrutable. Una manera de existir. A la manera de un dios implacable. “Fue como que nunca nadie me vio... en toda mi vida ni siquiera supe si realmente existía. Pero, existo, y la gente está comenzando a darse cuenta”.

El trauma de infancia que conoceremos a la mitad de la película. La ruptura interior. No es sólo la maldad del mundo. La fusión con su madre, la terapia y los medicamentos, la fantasía materna que él recoge: ser el hijo de Thomas Wayne. La posibilidad de un trabajo en el que haga reír. Sus alucinaciones amorosas con su joven vecina, son los diques que de alguna manera lo contienen dentro de ciertos límites. Los diques que impiden que la violencia interior se desborde. A pesar de su frase: “Espero que mi muerte tenga más sentido que mi vida”, todavía existen vínculos con una forma de vida que, a su abyecta manera, guarda fragmentos de esperanza. Todavía existe un anhelo de construir vínculos. Aunque nunca haya aprendido cómo.

Un día descubre que no hay tal padre y el “engaño de la madre”. Joker confronta a su supuesto padre: “Mi nombre es Arthur. Penny Fleck es mi madre... me lo dijo todo y tengo que hablar con usted”. “Yo no soy tu padre”. “Creo que sí lo eres”. “Es imposible, porque tú fuiste adoptado, y yo nunca ‘dormí’ con tu madre...fue arrestada y confinada al hospital psiquiátrico de Arkham cuando eras pequeño”. “No necesito que me mientas... no sé por qué, papá, yo sólo quiero un poquito de jodida decencia. ¿Qué les pasa a ustedes?”. “Ella está loca”. Después seguimos a Joker y a esos movimientos suyos estrafalarios, esa danza siniestra en la que gira su cuerpo. La escena con Thomas Wayne y la de Joker en el hospital psiquiátrico leyendo el registro de Penny, son el centro de la historia. El detonador del abismo.

“Diagnosticada por el Dr. Benjamin Stoner. La paciente sufre de psicosis delirante, y desorden narcisista de la personalidad. La encontramos culpable de poner en peligro el bienestar de su propio hijo”. Flash back: El psiquiatra: “Ya revisamos esto antes, Penny, usted lo adoptó. Tenemos aquí todos los documentos”. “No es cierto. Thomas y yo lo hicimos, fue nuestro secreto”. “Usted se quedó cuando uno de sus novios abusaba de su hijo adoptivo de manera repetida y la golpeaba... su hijo fue encontrado atado a un radiador en un departamento inmundo, desnutrido, con contusiones múltiples en el cuerpo y trauma severo en su cabeza”. “Nunca lo escuché llorar. Siempre ha sido un niño tan feliz”.

Joker había olvidado. Esa ofrenda a la madre. Esa borradura de la memoria de la crueldad que es una borradura de él mismo. Ese olvido que es un acto de complicidad con la madre y una manera de salvarse. El corte de tajo que permite que el pequeño Arthur edite de su memoria consciente la violencia ejercida, para poder seguir viviendo. Para poder seguir amando a la única persona que lo sostiene vivo de esa manera ajena, aislada, delirante en la que él puede estarlo. Joker llega al hospital y tras una breve conversación –con una almohada– asfixia a su madre.

Ríe a carcajadas. Ya está en el psiquiátrico, el mismo en el que vivió su madre. Sembró la destrucción y el Estado –por fin– reconoció su existencia. La psiquiatría lo acogió de nuevo. Se ríe por una escena que está en su memoria: la de un niño de pie –inmóvil en un callejón oscuro– entre el cadáver de su padre y el de su madre. Ese niño, que, si la historia de Penny fuera verdadera, sería su hermanito menor. Hijos del mismo padre. Un niño ahora huérfano, víctima de la violencia más brutal, como Joker mismo. Como Penny Fleck. Como las centenas de payasos que tomaron las calles e incendiaron Ciudad Gótica. El estallido adentro. El estallido afuera. Esta vez Joker no se ríe a carcajadas porque padece un síndrome incontrolable. Se ríe porque el horror infligido al pequeño Bruce le parece divertidísimo.

Su resarcimiento. Su venganza. Ahora ambos están en las mismas circunstancias: dos huérfanos. Hay un guiño de ojo en el nombre y el apellido del pequeño –por supuesto– que tiene que ver con el comic y con las películas anteriores: ese niño un día será Batman, su peor enemigo. Es muy posible que la saga versión Todd Phillips continúe. Joker danza. Estira las comisuras de sus labios y con su sangre, se dibuja su sonrisa de payaso.