Opinión

El jefe quiere esquiar hoy

El verdadero pecado en la burocracia pública y privada es la autocrítica y la resistencia al mandato omnímodo del jefe/a. | Teresa Incháustegui

  • 20/06/2021
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La frase que da título a esta columna, refiere una anécdota en la que un coordinador de asesores le dice a su equipo de colaboradores que su superior, el titular de la cartera ministerial X, le indica que sin importar las exigencias técnicas, administrativas, presupuestales o, aún, las condiciones materiales para la realización de alguna obra o proyecto, sus imperativos políticos están por encima y las cosas deben hacerse a su parecer y tiempos. De modo que metafóricamente el coordinador les dice que deben todos ponerse a correr y a tirar como perros de trineo al jefe subido en esquís, como si viniera pendiente abajo en una montaña de nieve. Imposible decirle que no, o señalar que es material y humanamente imposible, que los tiempos, procedimientos y requisitos no son arbitrarios, que obedecen a límites y exigencias indispensables.

La anécdota no es excepcional. Por el contrario, dibuja con mucha claridad los modos en que se expresa y concreta el ejercicio del poder en nuestras organizaciones públicas y privadas, y cómo los subalternos de cualquier poderoso/a, se pliegan a ese voluntarismo de los/as que mandan, haciendo caso omiso de las exigencias administrativas, materiales, o, técnicas, en términos de procedimientos, requisitos, tiempos de maduración y logísticas, con tal de cumplir las expectativas y complacer a sus jefes/as.

Y en ese cometido en el que compiten los subalternos entre sí (a ver quién es el más expedito, eficiente o ubicuo en el cumplimiento de sus deseos, incluso adivinándolos) se atropellan las principios, las normas, se adulteran los procedimientos y se obvian requisitos, a veces incluso rebasando las capacidades humanas para cumplir el deseo y la voluntad superior. Los efectos y resultados a veces solo quedan en el papel, pero en otros quedan en las obras.    

Este modelo de ejercicio de poder es omnipresente. Se advierte en todos los niveles de poder, en todas las organizaciones, es independiente del sexo y el género de quién lo ejerce y también del origen político ideológico de quienes gobiernan. Podríamos agregar que tampoco es nuevo. Este voluntarismo omnímodo y autoritario de los mandantes mexicanos, lacayuna y obsecuentemente seguido por parte de los subalternos, se atribuye a Porfirio Díaz (–¿Qué horas son?: Las que usted diga Sr. presidente) pero también a Ruíz Cortines, Díaz Ordaz, Felipe Calderón y hoy, al presidente López Obrador. Aun cuando sin duda es más un modelo de poder-sumisión que algo anecdótico.  

De hecho, cuando una/o llega a cualquier pináculo de poder burocrático por muy modesto que sea, siempre se encuentra a alguien puesto/a y dispuesto/a cumplir los deseos y la voluntad del /la mandante en turno. Con la lisonja y la obsecuencia lacayuna a flor de piel. Creo también que estando en esas, entre el corifeo de las/los “que usted quiera jefe/a” y las atribuciones del puesto, es difícil o costoso emocional e incluso políticamente, sostenerse en la vertical y no treparse al tabique. Porque quien no ejerce el poder omnímodo que otorga la posición se vuelve sospecho/a de debilidad y deja abiertas varias rendijas donde no pocos de sus allegados atisban oportunidades para jugar de ventrílocuos y hacer decir al jefe/a cosas que no dijo, para inclinar decisiones a su favor. Ya que, entre el grupo de corifeo de obsecuentes, que lisonjean todo el día a su superior y los que están escalones abajo y son la verdaderas ruedas de las organizaciones o instituciones se abre un vacío de comunicación. Un laberinto de espejos donde el/la titular ve replicada su imagen y todos los ecos repiten su nombre, pero no sabe lo que dicen las voces. Los corifeos lo aíslan, lo enceguecen, lo aturden, lo marean.

Si quien manda no sucumbe y se amarra como ciego al timón, más allá de lo que logra vislumbrar en la tormenta de acontecimientos, en la catarata de eventos de inauguración, salutaciones, fotos, desayunos, foros, viajes y reuniones con pares y entre pares, donde todos se celebran y reconocen entre sí; si logra anteponer su reserva de crédito y se baja dos escalones, es posible que escuche las voces de abajo y ponga los pies sobre la tierra. Que se reconozca en los otros desempoderados y camine entre ellos, sin sentirse como un dios perdido entre los humanos. Y que se de cuenta que los otros/otras viven y sobreviven sin y a pesar de lo que el/ella cree que hacen por todes.  El estado está tan lejos de nosotros y tan cerca de los políticos y de los que viven de la política, que es un verdadero milagro el esfuerzo cotidiano de la población para sobrevivirlos. 

Si todo está sujeto a las voluntades, deseos, exigencias o prioridades políticas de quienes acceden al poder y si los subalternos se placen y complacen en interpretarlos, anticiparlos y llevarlos a la práctica, ¿de qué podremos quejarnos al descubrir programas sin beneficiarios, políticas sin rumbo, servicios sin eficiencia; columnas sin varillas, cemento sin cal, trabes sin pernos, puentes derrumbados, autopistas socavadas, hospitales o edificios colapsados; minas socavadas?. Los vimos vena abierta en el sismo de 1985, en 2017 y los seguimos presenciando en los asuntos públicos y en los negocios privados. Pero la costumbre de obedecer, de secundar, de encumbrar y ensordecer… sigue tan campante.  Entre nosotros el verdadero pecado en la burocracia pública y privada es la autocrítica y la resistencia al mandato omnímodo del jefe/a

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