Un hombre vaga por la Ciudad de México. Con un paso bamboleante y lento. Carga sus bolsas y en ellas su "hogar" entero. No quiere, no puede, no soporta nada más. Se llama Carlos Castañeda de la Fuente y el 5 de febrero de 1970 (a los 29 años) intentó asesinar al presidente Gustavo Díaz Ordaz. Durante meses ahorró para comprar la pistola. Disparó hacia él sin la menor puntería. La bala se estrelló en la carrocería del vehículo del General Marcelino García Barragán. No era un gatillero, era un hombre –como describe uno de los psiquiatras que estudió su expediente– imbuido de una "misión": castigar a Díaz Ordaz por la matanza de la plaza de Tlatelolco. Vengar a los heridos, a los asesinados.

Nunca fue juzgado. Lo encerraron. Lo desaparecieron. Un hombre muy católico, sus padres fueron cristeros. Fue detenido de inmediato y a los pocos días encerrado en el hospital psiquiátrico Samuel Ramírez Moreno durante 23 años. Los primeros cuatro confinado en un espacio de aislamiento conocido como "el pabellón seis" en donde se le mantuvo sin contacto humano dado su "alto grado de peligrosidad". Días, meses, años rebotando una pelota contra la pared. Trasladado después a un pabellón comunitario vivió 19 años más en cautiverio sin que nadie recordara o quisiera recordar su existencia. Su familia fue acosada por la policía: ¿para quién trabajaba Carlos? ¿quién, quiénes lo enviaron a asesinar al presidente?


En su ciclo Memorias del 68, TV UNAM presentó la semana pasada este excelente documental: El paciente interno del cineasta Alejandro Solar Luna, egresado de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y de la carrera de Dirección cinematográfica  del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC-UNAM). En abril del 2004, el periodista Gustavo Castillo García publicó un largo y minucioso reportaje en donde narraba la vida y la personalidad de Carlos Castañeda, así como fragmentos de sus respuestas a los interrogatorios a los que fue sometido: "Carlos Castañeda pensó que se convertiría en un émulo de León Toral y que su sacrificio lo convertiría en mártir".

Ese hombre, a quien Fabricio Mejía en un capítulo de su libro Salida de emergencia llamó: "El hombre borrado", fue rescatado por la entonces pasante de la carrera de Derecho Norma Ibáñez, a quien le comentaron en el hospital psiquiátrico: "el que está aquí es el hombre que intentó asesinar a Díaz Ordaz". Norma leyó atónita un expediente que no incluía ningún proceso judicial contra Castañeda. Lo declararon "enfermo mental". Lo recluyeron por 23 años. Se le administraron medicamentos experimentales. Gracias a la abogada Norma Ibañez en 1993 logró su libertad. Pasó un tiempo breve en casa de su hermano, pero no pudo con la experiencia. Se salió a vivir a la calle. Allí, por fin se sentía libre.

El cineasta Alejandro Solano quería encontrarlo, conversar con él, escucharlo, hacer un documental que le devolviera un algo de lo que le arrebataron: su nombre, un lugar en el mundo.  Pero, ¿cómo hallarlo de esquina en esquina en una ciudad  inmensa? ¿Existe acaso la casualidad? Norma, la misma abogada que luchó por su libertad y la logró se tropezó con él: pedía limosna en una banqueta. Le llamó al cineasta. Carlos Castañeda aceptó hablar. El resultado es un documental excepcional: lleno de sensibilidad, de respeto. Una denuncia  a la brutalidad policiaca. A la deshumanización. Al abuso impune que decide vidas.


Castañeda narra cómo fue sometido a distintos tipos de tortura para que "confesara". ''El comandante Nazar Haro hizo que me bajaran los pantalones y con un cordón de hilo de cáñamo me amarró los testículos y me dio un jalón muy fuerte; me dijo que rezara el credo. Pasados los años las autoridades policiacas tuvieron que reconocer que no había nadie detrás del atentado de Castañeda, que no era un hombre peligroso. Y sin embargo, lo dejaron cautivo en un psiquiátrico. Carlos Castañeda fue llevado a un albergue para que viviera bajo techo, con alimentos asegurados y atención médica. No pudo adaptarse a las reglas.

Tras tantos años de encierro y violencia su única posibilidad de negociar con la vida es la calle: duerme en las entradas de los edificios, inspecciona la basura y recupera lo que puede. Pide limosna. Una víctima más de la violencia de un Estado represor y omnipotente. En la última escena del documental vemos a don Carlos alejarse rumbo al Monumento a la Revolución. Camina con una cierta dificultad. Carga sus bolsas. Ya dijo lo que tenía que decir. La calle es inmensa, es libre, a su tan errática y desprovista manera: es suya.

Charles Aznavour

@Marteresapriego  | @OpinionLSR | @lasillarota

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