El futuro del PRI

Tanto se habló de la estrepitosa derrota del PRI en el pasado proceso electoral, que parecería ocioso hablar de su futuro en un contexto en el que sus posiciones en el Congreso de la Unión son apenas unas cuantas frente a la mayoría sólida que goza Morena, tanto en congreso federal como en congresos estatales. Sin embargo, el factor del PRI puede pesar en la primera mitad del gobierno de Andrés Manuel López Obrador y, por ello, el resultado que se dé en la dirigencia nacional que será renovada a mediados de este año, es relevante.

Primero, porque el PRI sigue gobernando 12 estados en el país y eso importa en muchos sentidos; en primera instancia en operación política, pero también en la percepción de los resultados del gobierno federal: no olvidemos que lo que hacen los gobiernos locales (municipales y estatales) es lo que más resienten los ciudadanos, pues tiene que ver con servicios públicos y seguridad pública.

Segundo, porque es claro que las circunstancias de falta de articulación en el PAN se agravaron tras el fallecimiento de Rafael Moreno Valle que podría haber fungido como un eje de negociación/choque con Morena. Además, es claro que en las posiciones ideológicas y las discordias entre Morena y el PAN hay mucho más conflicto que con el PRI.

En la medida en que muchas de las apuestas del gobierno sí están pasando por reformas constitucionales sin tener mayoría absoluta en el Congreso, es importante para López Obrador y los coordinadores parlamentarios de Morena tener alianzas estables que permitan contar con los votos que les faltan en ambas Cámaras y poder mantener el acelerado paso que llevan en sus objetivos legislativos.

Esto es particularmente importante con el paso del tiempo y el desgaste propio de los gobiernos y las alianzas, y también ahora que el PES ha perdido su registro, pues no sería descabellado que, frente a algunas propuestas de reforma incompatibles con sus principios, los legisladores que sí pertenecen al PES empiecen a moverse. Eso mismo podría suceder en los estados ya que, si bien la coalición encabezada por Morena logró mayoría en 19 estados, en varios de ellos, estas mayorías dependen de sus partidos aliados: PES y PT. Por ello, la dinámica local con los gobernadores todavía es significativa.

No es desconocido que, en varios sexenios, los partidos en el gobierno han buscado influir en los resultados de las dirigencias de los partidos de oposición y no sería descabellado pensar que López Obrador y Morena busquen influir en el resultado del PRI. Por ejemplo, se sabe de relaciones de cercanía entre quienes buscan contender por la dirigencia nacional del Revolucionario Institucional y personas muy cercanas al actual gobierno, como también se sabe de fuertes conflictos entre contendientes a la dirigencia y los coordinadores parlamentarios del PRI.

El resultado definirá, en buena medida, el rumbo que tomen las negociaciones en el Congreso y las rupturas al interior del Revolucionario Institucional, que le debilitarían aún más.

Lo que resulta revelador en este contexto es la reiterada imposibilidad del PRI para presentar y darles movilidad a nuevos perfiles que puedan generar discursos potentes y creíbles, frente a un liderazgo con la fuerza de López Obrador que, incluso, se ha dado el lujo de aconsejar a la oposición.

Estos factores apuntarían a que quien sea que gane estaría atado al gobierno -ya sea por sobrevivencia personal o de grupo, por ser francamente poco atractivos para la sociedad, o por ambas razones-. En cualquier caso, parecería que estos próximos dos años y medio podrían terminar de cerrarle cualquier posibilidad de fortalecerse y por llevarlo de lleno hacia el nuevo gran partido, lo cual, aunque parezca lejano, podría garantizarle la mayoría legislativa a Morena en 2021.

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@Fer_SalazarM | @OpinionLSR | @lasillarota


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