Opinión

El fruto podrido del neoliberalismo

Morena es la única fuerza política que está contra todas las reformas estructurales que al día de hoy sólo han significado mayor cobro de impuestos, salarios insuficientes y pérdida de derechos de la población.

  • 19/10/2014
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Las reformas estructurales, tanto las impulsadas por Enrique Peña Nieto como las que se aprobaron desde la época de Carlos Salinas, han sembrado la violencia en todo el país. La violencia es el fruto podrido del neoliberalismo, por eso luchar contra la privatización del petróleo es defender la paz.

 

Desde finales de los 80 los gobernantes mexicanos se han dado a la tarea de destruir las cadenas productivas nacionales públicas y privadas para beneficiar a las industrias extranjeras. Y desde entonces, las medidas que han lacerado la economía del país y sus familias son presentadas como un triunfo, como la llave mágica para acceder al primer mundo.

 

En cambio, lo que hemos obtenido es la destrucción del tejido social. Esto ha generado un repunte de la violencia, la pobreza y la impunidad. Con Peña Nieto se repite el mismo esquema.

 

La sola pretensión de privatizar el petróleo ya está provocando el aumento de impuestos  afectando a pequeños comerciantes y empresarios. Si Peña Nieto se sale con la suya y logra poner en manos privadas nacionales o extranjeras el potencial energético del país habrá más pobreza, más violencia y las instituciones serán más débiles para soportar presiones de grupos de interés de toda índole.

 

Morena es la única fuerza política que está contra todas las reformas estructurales que  al día de hoy sólo han significado mayor cobro de impuestos, salarios insuficientes y pérdida de derechos de la población. En cambio, partidos tradicionales -PRI, PAN y PRD- se aliaron para sacar adelante estas reformas que dañan al pueblo de México.

 

Fingen ignorar que con las reformas que se han introducido en las últimas tres décadas, las posibilidades de bienestar de la mayoría de la población prácticamente han desaparecido. Cada día los precios de los productos básicos son más elevados, la generación de empleos se ha mantenido por debajo de la demanda y los pocos espacios laborales disponibles son de baja calidad pues no ofrecen derechos mínimos como el acceso a la seguridad social.

 

A este escenario tenemos que sumar la violencia que se ha incrementado en el país con la implementación de esta política económica y la impunidad que ha crecido señaladamente bajo los gobiernos del PRI y el PAN de los últimos 30 años.

 

El movimiento que lucha contra la privatización de petróleo y la energía eléctrica  también busca que bajen los salarios de los gobernantes, que incrementen las percepciones de los trabajadores, que la juventud tenga acceso a la educación superior y que, en suma, haya paz en el país para que el desarrollo sea una realidad.

 

La nación puede ser diferente. Los problemas que la aquejan hoy no son eternos y superar esta situación tiene que ver con que la sociedad evite de manera pacífica que este cáncer que es el neoliberalismo continúe avanzando y destruyendo las expectativas de futuro de la gente.

 

Por eso es importante que el pueblo decida si se privatizan o no el petróleo y la energía eléctrica. Consultar a la ciudadanía sobre las decisiones de gobierno es un acto de elemental democracia que asegura un clima de paz y gobernabilidad.

 

Si se entrega el petróleo a manos privadas habrá más pobreza, desigualdad y violencia. De ahí la importancia de lograr que haya consulta, que todos podamos dar nuestra opinión sobre este tema. Nos vemos en el Zócalo el próximo domingo 26 de octubre, a las 11 de la mañana, con Andrés Manuel López Obrador para exigirle a la Suprema Corte de Justicia de la Nación que autorice la consulta. No hay argumento legal para negarle al pueblo de México el derecho a ser consultado.

 

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